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domingo, 3 de mayo de 2026

La anomalía Samosbor

El terror analógico se ha puesto de moda, pero los creepypastas siempre serán los favoritos de muchos. Clásicos como Jeff de Killer o modernos como Siren Head. Hay creepypastas de muchos estilos pero el que protagoniza el presente artículo es muy poco sonado, pero de igual modo maravilloso, curioso e interesante. Se trata de un complejo creepypasta ruso que ha escalado tanto que pareciera el escenario de algún videojuego contemporáneo o la atmósfera de algún futuro post-apocalíptico sin esperanza de avance. Aquí te contaré un creepypasta que va en aumento de reconocimiento, llamado Samosbor.

Antes que nada, definamos la palabra Samosbor (Самосбор), un término del terror psicológico ruso, que se traduce aproximadamente como una anomalía del "autoensamblaje" o "construcción repetitiva". Para representar ese término y llevarlo de manera gráfica, se habla de la Gigaestructura (Gigahrushchevka) o Edificio sin fin, un inmenso y colosal complejo, casi infinito, compuesto por bloques residenciales, fábricas y otras infraestructuras. Se asemeja a los antiguos bloques soviéticos "Khrushchyovkas"; edificios de apartamentos prefabricados y económicos con paneles de hormigón construidos en la década de 1960, diseñados como urbanismos colectivos para solucionar rápidamente la crisis de vivienda, caracterizados por su diseño funcional. El Samosbor resulta ser tan mortal como anomalía que afecta completamente a la Gigaestructura y por ende, todo lo que está en su alrededor e interior.

El complejo de arquitectura brutalista es inmensamente grande y funciona de forma autónoma, sin entradas ni salidas accesibles para sus residentes, pero si posee ventanas, que dan hacia otros sectores similares del conjunto residencial, por lo que ninguno de sus habitantes han visto la Gigaestructura desde afura. El colosal sitio es el lugar de residencia permanente de sus habitantes, quienes han pasado al menos cuatro generaciones allí, donde la vida no cambia y están convecidos de que el lugar es infinito, donde no existe nada más en el mundo aparte de este complejo. 

Una de tantas cosas inquietantes que posee el sitio, es que se desconoce el número de niveles que tiene, así como lo ancho, alto y longitud. Se sabe que el lugar se extiende tanto hacia arriba como hacia abajo, teniendo además niveles subterráneos. Sus residentes, que según el último censo de la comisión especial, realizada durante el año corriente son 605 mil millones de personas, viven en condiciones deficientes y con derechos limitados, por lo general sufren de depresión profunda, tendencias suicidas y están a la espectativa de un futuro incierto, viéndose obligados a vivir acosados por la opresión física y moral del ambiente general de la Gigaestructura. 

Los niveles se conectan por medio de escaleras y ascensores que, al ser un lugar tan colosal, parecen accesos interminables en el gran complejo. Las escaleras como elementos del lugar, se extienden interminablemente de escaleras de hormigón hacia arriba y hacia abajo, creando una interesante imagen de un abismo infinito desprovisto de iluminación debido a los bombillos fundidos, lo que lo convierte en un lugar desagradable.

Las fábricas e institutos de investigación suelen ocupar niveles enteros y no están cercanos a los bloques residenciales. Allí, los principales productos son suministros en forma de concentrados de bebidas, nitratos y nitritos, alimentos artificiales, ropa de baja calidad, servicios de reparación, productos de ingeniería mecánica, maquinaria y producción metalúrgica. Entre los institutos de investigación, el más famoso es el llamado "Instituto del Limo" (cuyo nombre no es oficial), que investiga las consecuencias del autoensamblaje y el autoensamblaje mismo, cuya influencia invariable perjudica la salud de cualquier ser vivo. 

En algunos sectores del lugar, sean niveles que posean bloques residenciales o no, el autoensamblaje afecta temporalmente pasillos y escaleras. Hasta donde se sabe, los bloques residenciales, fábricas y otras infraestructuras que estan pobladas, alcanzan un total de 21.202.825.313 (veintiún mil doscientos dos millones ochocientos veinticinco mil trescientos trece), pero dicen los especialistas de la estructura que hay más de 100 mil millones de bloques.

Por esa razón (y por otras más siniestras), se han colocado puertas herméticas en cada pasillo de los bloques residenciales y de algunos otros, diseñadas para contener o contrarrestar el efecto de la mencionada anomalía. Si alguna persona queda atrapada en las zonas afectadas durante el autoensamblaje fuera de una habitación sellada no tiene ninguna posibilidad de sobrevivir. Cabe señalar que una puerta hermética no garantiza protección ni completa seguridad, ya que si una puerta hermética no está sellada, o está significativamente dañada o deformada, el autoensamblaje puede alcanzar a quienes estén detrás de la puerta comprometida.

El autoensamblaje reacciona como una anomalía viva y cuando inicia, se activa una sirena de alarma que dura entre tres y cinco minutos en todas las plantas del complejo de la Gigaestructura, advirtiendo a los residentes del evento inminente. Durante este lapso de tiempo, los residentes deben dejar todo lo que estén haciendo y correr a sus bloques residenciales para evitar ser sorprendidos por el autoensamblaje. 

El autoensamblaje puede oírse y su sonido es característico; desde chirridos y crujidos metálicos hasta gritos espeluznantes, explosiones que se asemejan a la fusión de un reactor nuclear, derrumbes de edificios y voces de seres queridos que, aterrorizados, suplican que se les abra la puerta y se les deje entrar. El tipo de sonido depende de la "fuerza" del autoensamblaje, una medida formal de la gravedad del evento. 

La duración del autoensamblaje puede variar de varios minutos a varias horas, aunque puede que nunca termine. El intervalo de "calma" entre eventos de autoensamblaje es completamente aleatorio, y varía desde múltiples ocurrencias en un minuto hasta dos o tres por ciclo. En promedio, el autoensamblaje ocurre de dos a tres veces por semana. El punto que posee más vulnerabilidad durante el autoensamblaje son las esclares, debido a su conexión directa con los pasillos donde se ubica.

Una vez finalizado el autoensamblaje, miembros especializados de su organización política, llegan para limpiar los pisos afectados de uno a seis por cada nivel. Estos individuos se conocen como Liquidadores, y son los responsables de eliminar las consecuencias del autoensamblaje. Tras desalojar los niveles, los Liquidadores, que siempre usan máscaras de gas para su protección sanitaria, inspeccionan los bloques residenciales y sino encuentran consecuencias en el lugar, abandonan el piso. Es importante destacar que ningún residente vivo de la Gigaestructura ha presenciado ni aprendido lo que sucede en los pisos durante el autoensamblaje. Dicen que es imposible descubrir qué es el autoensamblaje sin morir en el proceso. Las puertas herméticas no tienen mirillas, y quienes intentaron instalarlas improvisadamente no lograron sobrevivir. 

El colosal complejo es controlado por una organización política llamada "El Partido", único tipo de gobierno presente en el lugar y está a cargo de los Liquidadores. Parecen tener afiliación a la extinta URSS (Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas), pero no hay nada confirmado. Muchas paredes del complejo poseen carteles de propaganda política, desde los pasillos hasta el interior de muchos bloques residenciales con mensajes como: "¡El Partido de la Gigaestructura se enorgullece de sus hijos e hijas!" o "¡No hay mayor deber que servir al Partido y al pueblo!". Ahora bien, los Liquidadores, que son una organización legal de carácter militar, tienen la ocupación de eliminar las consecuencias del autoensamblaje, su predominio es alto en todo el hábitat y trabajan ante el eslogan de: "¡El Pueblo y el Ejército son uno solo!". Sus miembros, enlistados de forma voluntaria, son leales y reportan diariamente al Partido. Su ocupación tiene varias funciones y van desde limpiar los niveles que tengan consecuencias del autoensamblaje, patrullar las niveles (tanto de bloques residenciales como de fábricas y institutos de investigación), también identificar espías, mantener el orden público y actuar como autoridad ejecutiva. 

Para combatir las consecuencias del autoensamblaje y restablecer el orden en los pisos, los Liquidadores pueden usar una amplia gama de armas que varían según la situación en cada nivel. Normalmente, los Liquidadores están armados con fusiles de asalto, ametralladoras, carabinas, escopetas y pistolas. Sin embargo, existe una clasificación condicional de las armas de los Liquidadores según la tecnología que las sustenta. Hay grupos que poseen lanzallamas, que son ideales para los espacios reducidos y confinados de la Gigaestructura, utilizándose tanto para causar daños directos como para limpiar niveles con consecuencias de autoensamblaje, incluyendo la desinfección. 

También hay otras que sirven como armas cuerpo a cuerpo; como las pistolas aturdidoras, utilizadas principalmente para someter a los rebeldes en lugar de eliminar las consecuencias de anomalías. El arsenal incluye explosivos como lo son las granadas de mano, minas y otros artefactos explosivos. En ese renglón en particular, se encuentran las granadas de espuma, dispositivos que contienen hormigón celular a alta presión. Al activarse, llenan inmediatamente el espacio circundante con hormigón celular de rápido endurecimiento. Se utilizan para el hormigonado de emergencia de bloques y pasillos residenciales, y su potencia varía según el tipo y la cantidad de hormigón celular contenido en el cilindro. 

Pero sin lugar a dudas, las armas más poderosas y letales utilizadas por los Liquidadores son las conocidas como las llamadas Muelas (Измельчители), armas basadas en el principio de infligir daño físico masivo. Pueden ser un conjunto de cuchillas giratorias similares a una sierra eléctrica, o las aterradores Muelas de Gravedad (Грави-шлифовальные машины), dispositivos que alteran la gravedad a la distancia de disparo. Cabe destacar que esas armas poderosas y letales aparecieron en la Gigaestructura con alguna otra función desconocida, pero los investigadores de los institutos, con apoyo de las fábricas, hicieron posible la creación de esa armas con ese uso en particular.

En párrafos anteriores se indicó que por la reacción de la anomalía vida, se habían colocado puertas herméticas en cada pasillo de los bloques residenciales y de algunos otros, con el fin de contener o contrarestar el efecto de la mencionada anomalía, además de por otras razones más siniestras. Las mencionadas armas no son solo para las consecuencias de las anomalías sino también para aquellas cosas que las acompañan. Algunos opinan que las criaturas están presentes en cada autoensamblaje, otros opinan que son solamente consecuencias de la misma. Las criaturas son horribles mutantes que suelen aparecer de manera aleatoria después del evento, no siempre. Dichas criaturas suelen ser agresivas con los residentes de la Gigaestructura, hasta el punto de querer devorarlos. Muchos Liquidadores han acabado con algunas de ellas, pero parecen ser infinitas. Sus cuerpos son recuperados luego de ser exterminadas y llevados a los niveles de investigación, donde son estudiados en los institutos especializados. 

Como aún no se ha logrado comprender el autoensamblaje ni los efectos exactos en los seres vivos, surgen las teorías que señalan que las criaturas son habitantes de la Gigaestructura que fueron afectados por la anomalía en cualquier punto de tiempo y suelen aparecer con el evento del autoensamblaje en cualquier punto de la línea de tiempo y espacio, pudiendo ser en el pasado, presente o futuro. Hay muchas "especies" de criaturas y se dicen que tratar de identificarlas es imposible por su variedad. Una teoría que ha tomado fuerza entre los investigadores manifiesta que una persona alcanzada por el autoensamblaje puede ser convertida en moho, lodo, ser enviada a un lugar desconocido en el espacio o el tiempo, convertirte en una masa incomprensible o en un mutante. Hasta han señalado que las personas alcanzadas por la anomalía, podrían convertirse en parte externa de la propia Gigaestructura.

Pero, ¿por qué en lodo o moho? Bueno, el lodo es una de las consecuencias más comunes del automontaje. Se deposita en grandes cantidades en suelos y paredes, y los Liquidadores lo limpian durante el proceso de saneamiento del suelo. Su color suele variar desde un marrón claro al morado oscuro. Al igual que otras consecuencias del autoensamblaje, se estudia en institutos de investigación. La textura de dicho lodo es viscosa, como si respirara además, pero si una persona pisa accidentalmente el lodo poco después de ensamblarse (entre cinco y diez minutos), puede ocasionar mutaciones en las piernas. Por ejemplo, zonas de las piernas o pies con contacto directo, adquieren la apariencia de la piel de una animal, mayormente reptiles, moluscos o insectos; también un ligero aumento de la resistencia y muchos otros posibles efectos.

Aquellos residentes que tienen contacto con el lodo, el moho o cualquier otra consecuencia del autoensamblaje son catalogados "Infectados" (Инфицированные), ya que se han visto afectado de una forma u otra. Estas personas se infectan por partículas de lodo que se introducen en los bloques residenciales o por la eliminación inadecuada de las consecuencias en ciertas plantas. Al comenzar la infección, los residentes comienzan a presentar síntomas aleatorios que no se pueden atribuir a ninguna enfermedad conocida. Uno de estos síntomas es la secreción de una espesa saliva negra por todos los orificios del cuerpo. Cuando eso ocurre, de inmediatos los mismos infectados o conocidos, informan a los Liquidadores, quienes someten a la persona enferma, llevándola a un nivel inferior, siendo desconocido por todos los residentes. O en casos muy delicados, son eliminadas y sus cuerpos son llevados a los niveles de investigación. A pesar de los estudios, no se ha confirmado como esa saliva negra afecta al cuerpo del infectado ni si es un efecto secundario de la infección.

Los casos delicados en los residentes infectados es la aparición de tentáculos verdes o morados que salen de su espina dorsal o cuando se convierten en "Imitadores" (Имитаторы). Aquellos infectados que se convierten en imitadores comienzan a cambiar de voz, imitando a las personas cercanas y conocidas sin control alguno. Cuando eso ocurre, son eliminadas de inmediato pero cuando no ocurre a tiempo, sus cuerpos comienzan a cambiar de manera horrible y acelerada. Se desconoce su aspecto final, pero según algunas versiones, al principio comienzan a adquirir características físicas de aquellas personas que imitan. En casos más agresivos, le arrancan la piel a la persona y las atacan con tentáculos y, ocasionalmente, con saliva ácida que llegan a desarrollar.

Otro problema, especialmente para los Liquidadores, son los Devoradores de Concreto (Пожиратели бетона), un tipo de enorme fauna mutada que es una consecuencia directa de la anomalía. Se han llegado a observar diferentes morfotipos de estas entidades, y se desconoce si todos pertenecen a la misma especie o si constituyen un grupo polifilético de organismos. Por lo general, no tienen un tamaño definido: si bien las larvas antes de su primera metamorfosis no son más grandes que la mano de un adulto, la masa y la longitud de un Devorador de Concreto adulto no tienen límites. Existe información clasificada sobre faunas colosales capaces de consumir bloques enteros. En cualquier caso, el tamaño de un Devorador de Concreto solo está limitado por su capacidad de movimiento.

Este tipo de fauna no desarrolla órganos visuales, sino que dependen del oído, perciben las vibraciones en el hormigón mediante cerdas y poseen pequeños orificios en la superficie de su cuerpo con receptores para diversos tipos de estímulos, además, poseen una saliva que es extremadamente peligrosa si entra en contacto con la piel o las mucosas sin protecciónCualquier residente puede detectar su aproximación por el leve temblor del hormigón, el sonido de una gran bola de concreto rodando o la observación directa, lo cual debe reportarse inmediatamente al servicio de los Liquidadores. Las estaciones sismográficas que rastrean los movimientos de los Devoradores de Hormigón abordan sistemáticamente este problema.

Representan una amenaza, ya que buscan zonas con grandes cantidades de biomasa (incluidas aquellas con alta densidad de población), pero no cazan activamente a los humanos debido a su baja velocidad y a su ineficiencia energética. Es importante indicar que cada cierto número de ciclos, los Devoradores de Concreto experimentan lo que se conoce como una "etapa de celo", que es un aumento repentino del comportamiento sexual, durante el cual recorren miles de bloques en busca de los de su especie y se vuelven agresivos.

Pero allí no acaba lo perturbador. Ya en este punto, pareciera que toda la situación llevara las de perder. El escenario se torna desalentador en cada detalle que se mire y cada aspecto es sombrío, deprimente y trágico. Se cuenta que algunos científicos de los niveles de investigación se encuentran fugitivos por los niveles superiores, escondidos por los descubrimientos que han realizado. Y es que han encontrado análisis de radiocarbono en algunos dispositivos como las mencionadas Muelas de Gravedad (Грави-шлифовальные машины), además de muestras de núcleos de hormigón. Dichos análisis sugieren que la Gigaestuctura ha estado habitada por humanos durante aproximadamente ciento treinta a ciento cincuenta ciclos en el formato de tiempo lineal. La simple idea de que el gran poblado conocido de los bloques residenciales solo es la representación de una milésima parte de la Gigaestructura y que no se tiene la más remota idea del tamaño aproximado real del complejo, es algo que a los científicos les cuesta asimilar. 

Incluso, algunos de los más mayores sostienen que la colosal estructura no es otra que la mismísima "Torre de Babel", que en sus inicios y en esa realidad alternativa, pudo ser construida hasta llegar al cielo. La idea funcionó y unificó a la humanidad al edificar una estructura tan alta que llegara hasta el firmamento, pero el mismo Dios castigó divinamente a todos dentro de la estructura para que jamás pudieran salir de allí, solo pudiendo construir de dentro hacia afuera. Y si alguna persona, tuviera la intención de salir por cualquier medio, en la oscuridad del exterior lo esperarían una serie de horribles demonios que lo arrastrarían a aun infierno infinito de realidades de dolor. Esa idea se sostiene al establecer que la Gigaestructura por fuera no se ve absolutamente nada por las ventanas, solamente se observa un supervacío peculiar sin ningún sonido. Otros opinan que la anomalía del autoensamblaje solamente es un proceso antiguo de un efecto rotatorio de la misma estructura, cambiando la forma y la extensión del colosal lugar y, al ser tan gigantesco, los residentes no se dan cuenta de esos cambios estructurales.

Al tocar esa base religiosa como explicación de la formación de la Gigaestructura, se formaron los Cultos de los Adoradores del Concreto (Культы поклонников бетона)una red de organizaciones religiosas parafísicas unidas por la fe en el llamado Vórtice de Hormigón (Бетонный вихрь)una reacción en cadena interminable que destruirá para siempre la estructura interna de la gigaestructura. Estos cultos no tienen líderes ni gobierno centralizado, pero sus sectas pueden coordinar sus acciones de maneras que solo ellos conocen, pasándo desapercibidos en la sociedad, evitando llamar la atención.

Como organización, son una entidad cultural y filosófica única y distintiva, desarrollada en condiciones de vida cualitativamente diferentes a las que conocemos. Su creencia es en base a documentos clasificados y desclasificados que hay en relación a la Gigaestructura, su anomalía y consecuencias, además, ponen en práctica el uso de manipulaciones y alteraciones espaciales parafísica de una manera extraña mediante la ejecución de numerosos rituales complejos, que para muchos son inexplicables desde el punto de vista científico. Muchos los evitan para darles más poder a su energía, ya que las prácticas prohibidas están ligadas a invocar entidades de la cosmología propia de la fe del Vórtice de Hormigón. 

Su finalidad es despertar (o traer a su realidad), mediante prácticas prohibidas, a una entidad o un evento particular que trasciende el tiempo y el espacio. Dicha formación masiva es vista para ellos como un acto simultáneo de creación, apocalipsis, ascensión y transformación perpetua. En términos sencillos, es un suceso sensible que está en todas partes y en ninguna, que existe y no existe simultáneamente, similar al pasado, el presente o el futuro. Es su peculiar concepto de comprensión del orden universal y cósmico. 

Para los residentes y hasta para algunos científicos, las continuas prácticas de los miembros de los cultos, han ocasionado desde la antigüedad, la aparición de las criaturas que acechan fuera (y dentro) de la Gigaestructura, hasta las mismas consecuencias de la anomalía vida que ha afectado a todo y a todos. Siendo ellos los responsables de la fatídica situación en la que toda esa civilización vive,incluyendo el daño en la integridad de la colosal estructura y las constantes fundamentales de la anomalía.

Según vaya expandiendose el universo del creepypasta, habrán más temas por tratar, pero como puede verse, hay mucha tela para cortar sobre el asunto. Ahora, ¿qué opinas sobre el tema? ¿Fue de tu agrado? Dame tu opinión al respecto.

domingo, 12 de octubre de 2025

2° ESPECIAL DE HALLOWEEN 2025: El Proyecto Abigail

ATENCIÓN: La presente publicación es la segunda de cuatro Especiales de Halloween. ¡Disfrútenla!

En los rincones más secretos de la historia, donde la ciencia se mezcla con la ambición y el miedo, nacen relatos que parecen advertencias, siendo el Proyecto Abigail, uno de ellos. No importa si fue real o no: lo que importa es lo que revela sobre nosotros como especie, lo cruel que podemos llegar a ser por ir más allá, por una obsesión. Esta reveladora historia contará como nació un monstruo, no de la naturaleza sino de la crueldad humana.

Se cuenta que después de la Segunda Guerra Mundial y en pleno inicio de la Guerra Fría, los científicos a cargo de algunos experimentos en ambos bloques en disputa; Estados Unidos y la Unión Soviética se obsesionaron por dar los mejores resultados para que ganara su nación. Entre el enfrentamiento social, ideológico, militar y propagandístico, los investigadores de Norteamérica continuaron con uno de los proyectos secretos que en medio de la Segunda Gran Guerra quedó engavetado, y fue la creación de personas súper poderosas a nivel bélico. Para ello, fueron reunidos muchos científicos de varias nacionalidades, y eso incluía a académicos nazis que se pusieron a la orden de los Estados Unidos con el fin de ser indultados a cambio de ofrecer sus servicios y descubrimientos a la poderosa nación.

Entre ellos, se encontraba el científico noruego llamado Albert Western, un hombre conocido por ir más allá en sus proyectos y que decían en informes oficiales, que poseía poca humanidad, si se trataba de experimentar con animales, incluso humanos cuando aportaba sus conocimientos en ayuda a la organización paramilitar nazi Schutzstaffel. Sus experimentos con la genética podrían funcionar en lo que se buscaba, en los campos de la nueva tecnología. El objetivo militar era probar los límites del cuerpo humano en condiciones extremas, buscando crear una especie de súper soldado o entender la resistencia biológica más allá de lo natural. Albert se lo tomó como siempre, de manera personal. Debía ser el primero en hacer que el objetivo se alcanzara y más aún, que se tomara en cuenta su nombre finalmente por el logro de algo asombroso y famoso. Así pues, llegó al escenario su hija: Abigail Western, la cual sería la protagonista en su proyecto personal.

Abigail era una joven chica rubia de 20 años, de ojos azulados y piel caucásica que vestía ropa elegante y poseía gustos refinados para la cocina y la confección. Le tenía gran respeto y amor a su padre, más no sabía los turbios experimentos y resultados que hacía su padre Albert a nivel científico. Ella vivía en Noruega junto con su madre Hilda desde antes que iniciara la Segunda Guerra Mundial, pero solían vivir en Alemania, donde sus padres se conocieron. Ella había ido desde su Noruega natal hasta los Estados Unidos para visitar a su padre, el cual le había indicado que tenía un nuevo trabajo, uno de gran importancia para la nación norteamericana. El encuentro entre ambos fue en pleno desierto de Nevada, en la base militar estadounidense utilizada como un campo de pruebas para desarrollar tecnología avanzada: la mismísima Área 51. Allí, Abigail comenzó a ver los informes y experimentos que su padre tenía comenzó a cuestionarlo, desde los experimentos con fetos humanos y mujeres embarazadas, hasta el ritmo espantoso y acelerado de hermanos siameses. Albert se dio cuenta que su hija, lo que más amaba en el mundo, no lo perdonaría jamás pero al mismo tiempo, ella sería su impulso para lograr lo que finalmente quería.

Albert secuestró a su hija y la llevó hasta los cubículos de experimentación en niveles subterráneos para prepararla. El científico tenía a su disposición, un grupo de quince personas, que incluía a técnicos y otros doctores que anotarían el proceso pero que no debían de mencionar nada de lo que se vería en el cubículo, sería un proyecto secreto donde Albert estaría a cargo y en total control de todo. Abigail fue expuesta a dosis de radiación y recibía inyecciones químicas cada dieciséis horas. Las posteriores pruebas a las que fue puesta fueron tan crueles que deformaron su mente y su cuerpo. La ausencia de efectos adversos durante los primeros meses terminaría transformando más tarde a la joven en una criatura salvaje, agresiva y puramente primitiva. Su piel se volvió irreconocible, su comportamiento dejó de ser humano y, poco a poco, se convirtió en una criatura monstruosa, incapaz de volver a la vida normal. Albert ya no podía comunicarse con su hija pero sabía que, de alguna manera, la ahora criatura, mantenía un odio terrible y palpable hacía él.

Pronto, oficiales y personal médico, como también analistas y personal gubernamental, comenzaron a ver cosas terroríficas dentro del complejo subterráneo. Desde sombras y gruñidos, hasta grandes rasguños en las puertas blindadas y desapariciones de los miembros de la plantilla de servicio. La situación llegó a su punto más alto dos años después, cuando Albert, intentando llevar a Abigail a niveles más profundos para mantenerla oculta y evitar más desapariciones de su parte, la criatura se liberó con tanta facilidad y salvajismo que no le quedó más remedio al infame científico que huir a los niveles superiores. En los pasillos del complejo fue la primera vez que pudieron ver a Abigail, los oficiales quedaron espantados con tan horrorosa aparición y las balas de las armas parecían no hacerle daño. Treinta y siete oficiales terminaron sin vida en el enfrentamiento. Algunos triturados y destazados, otros devorados. Albert Western decidió suicidarse, no sin antes, haber dejado una carta suplicando que no acabaran con la vida de su hija Abigail, sino que pudieran devolverle su humanidad al curarla.

Durante décadas, exmilitares, científicos y trabajadores afirman haber visto una horrible aparición entre las zonas más alejadas del complejo que van desde sombras y gruñidos hasta gritos de desesperación y sonidos guturales en los largos túneles de ventilación. Algunos relatos aseguran que fue encerrada en una gran jaula electrificada creada con aleaciones de varios metales fuertes en las profundidades del Área 51, alimentada en secreto durante años, hasta que finalmente murió. Otros sostienen que aún en la actualidad, vaga en los pasillos subterráneos, un recordatorio viviente de lo que ocurre cuando la ciencia se convierte en obsesión.

Sin embargo, el ejército estadounidense dejó de alimentar al monstruo salvaje al inicio del milenio, esperando que terminase muriendo de hambre ya que su presencia ponía en peligro al personal, al material que albergaba el complejo y los experimentos que allí habían. La sorpresa para todos fue cuando en octubre del año 2003, la criatura que antes fue una bella chica, escapó de su gran jaula, destruyó una gran pared de las instalaciones y excavó hasta fuera del Área 51, perdiéndose en el desierto de Nevada. A las pocas semanas, campesinos y conductores de la ruta de la zona comenzaron a manifestar que habían visto una sombra enorme corriendo por las rocas acompañada de aullidos escalofriantes.

Hay un testimonio recuperado de uno de los encuentros de Abigail con oficiales y técnicos del complejo. Algunos sabían a que le hacían frente, pero otros desconocían que se encontraba allí abajo con ellos:

Nunca olvidaré el olor. No era solo el hedor metálico de los pasillos del Área 51, ni el aire seco del desierto que se filtraba por las compuertas. Era algo más denso, más vivo… como si la podredumbre respirara conmigo. Yo estaba allí. No como científico principal, ni como soldado de alto rango. Era un técnico, un engranaje más en la maquinaria del secreto. Mi trabajo era sencillo, debía vigilar los monitores, registrar los signos vitales, y no hacer preguntas. Pero en el fondo sabía que lo que ocurría en la sala de contención no era ciencia, era un sacrificio.  

Todos sabíamos quién era. Abigail Wester, la hija del doctor a cargo del proyecto. La primera vez que la vi, estaba sentada en una camilla, con los ojos perdidos y la piel pálida bajo la luz fluorescente. No parecía una voluntaria. Parecía una víctima. El doctor hablaba de avances, de resistencia humana, de un futuro donde el cuerpo sería indestructible. Pero cada día que pasaba, Abigail se alejaba más de lo humano. Su piel se agrietaba, sus huesos parecían retorcerse bajo la carne, y su voz… su voz se convirtió en un gruñido que helaba la sangre. 

La sala donde la mantenían era fría, reforzada con acero y muy por debajo de los niveles subterráneos. Yo debía observarla a través del cristal. A veces, cuando creía que nadie me miraba, ella se acercaba lentamente y apoyaba la frente contra el vidrio. Sus ojos, deformes y enrojecidos, me buscaban. No pedían ayuda. Pedían fin. Una noche, mientras registraba los datos, escuché un golpe seco. Luego otro. El vidrio temblaba. Abigail estaba allí, golpeando con una fuerza que no podía pertenecer a un cuerpo humano. Los guardias corrieron, las alarmas sonaron, y yo… yo no pude moverme. La vi sonreír. Una sonrisa rota, llena de dientes que ya no eran suyos.  

No escapó, pero si me fui y hui del proyecto. Entregué mis notas y no dije nada al respecto. No debía, no podía. En relación a Abigail, dicen que murió y que su cuerpo fue incinerado en algún horno subterráneo. Que el proyecto fue cancelado. Pero yo sé la verdad. Nadie me lo contó: lo vi con mis propios ojos. La puerta de acero nunca se abrió. Nadie entró a "retirar los restos". Abigail sigue allí abajo. Respirando.

domingo, 31 de agosto de 2025

La desaparición viral de Sara Jenkins

Diariamente, en alguna zona del planeta, miles de vidas se desvanecen sin dejar rastro. No son cifras abstractas: son rostros, nombres, historias interrumpidas. Según estimaciones internacionales, más de 8 millones de niños desaparecen cada año, unos 22.000 cada día, lo que convierte a la infancia en el grupo más vulnerable y mayoritario dentro de esta tragedia global. Desde las calles de ciudades industrializadas hasta aldeas remotas, las causas se entrelazan: secuestros, conflictos armados, migraciones forzadas, explotación, violencia doméstica o simples fugas que nunca encuentran retorno. En este océano de ausencias, hay historias que, de no ser por la era digital, se habrían perdido para siempre. Como la de Sheila Fox, una joven británica que desapareció en 1972, a los 16 años, en la ciudad de Coventry, en Inglaterra. Durante más de cinco décadas, su caso permaneció archivado, sostenido apenas por conjeturas y un par de fotografías antiguas. Hasta que, en diciembre de 2024, la policía publicó una de esas imágenes en redes sociales. La foto se viralizó y, en cuestión de horas, llegaron pistas que permitieron localizarla con vida, 52 años después. Sin esa ola de solidaridad digital, su nombre habría seguido sepultado en el polvo de los expedientes olvidados. Del mismo modo, hoy te traigo la historia de Sara Jenkins, otro caso de una joven desaparecida.

Todo comenzó en el verano de 2005. Sara Jenkins, una chica de 24 años, originaria de Columbus, Ohio, que antes de sumergirse en la vida adulta con un trabajo de oficina y una hipoteca, decidió cumplir el sueño que la había acompañado desde niña: recorrer sola una extensa parte del sendero de los Apalaches. Ella estaba recién graduada en periodismo y tenía un blog de viajes llamado Sara Sees the World, donde regstraba sus pequeños viajes por el país como una excusionista más. En su espacio se dejaba ver que no era una excursionista profesional pero, para esta nueva aventura se preparó un poco más. Pasó meses investigando rutas, leyendo relatos de viajeros experimentados, comprando equipo especializado. 

Sara era conocida por ser de caracter fuerte y decidida, rebosaba de entusiasmo y de firmes decisiones. Por algo estudió periodismo, ya que siempre conseguía lo que quería. Para su nueva aventura, su plan era documentar cada paso de su travesía con textos, fotografías y videos que compartiría en redes sociales. Así pues, a principios del mes de junio, se despidió de su familia y tomó un vuelo al estado de Georgia, donde comenzaría su aventura. Las primeras semanas fueron como las había imaginado: caminaba hacia el norte, atravesando bosques espesos, escalando picos solitarios, y encontrando otros viajeros que compartían su pasión. Su blog crecía rápidamente, y sus publicaciones transmitían una mezcla de asombro y libertad.

Pero un día, el silencio cayó como un balde de agua fría. De la noche a la mañana, ya no hubo más actualizaciones, tampoco respondió más mensajes. Al parecer su teléfono se encontraba apagado. Sus seguidores y su propia familia, se comunicaron con miembros de la policía y estos, en un tiempo prudencial, también hablaron con guardabosques de las zonas más cercanas para peinar la zona. No se halló nada, ni huellas ni restos de las cosas de Sara. Parecía que la chica había desaparecido así sin más. Su madre cayó en profunda depresión diciendo que su hija había sido devorada por los Apalaches, su padre si se negó a rendirse.

El hombre, recorrió solo los senderos que quizás su hija camino. Durante dos años lo hizo aferrado a la esperanza de encontrarla. Su recorrido lo llevó hasta el estado de Virginia, a 584.8 millas (927 kilómetros). Allí se detuvo conversar con un granjero local en medio de un camino rural. Pero había algo más allí que llamó su atención: era un extraño espantapájaros. Se encontraba en el medio de un vasto maizal y tenía una gorra que le resultaba dolorosamente familiar. Le dijo al granjero que se acercaría a verificar algo, así que se aproximó y fue allí, frente al frente del espantapájaros que descubrió algo que lo dejo sin habla.

No se trataba de una simple figura de paja, sino que el espantapájaros estaba relleno por un esqueleto humano, con mechones de cabello largo y oscuro, y la misma gorra que Sara llevaba el día que desapareció. Su cuerpo estaba atado a una cruz de madera, entrelazado con paja podrida, expuesto al sol y al viento como si fuera parte del paisaje. La policía fue alertada de inmediato. Tras múltiples análisis forenses, se confirmó con horror que los restos pertenecían a Sara Jenkins, la excursionista desaparecida.

El caso no simplemente trata sobre la naturaleza salvaje del sendero de los Apalaches y sus peligros, sino también sobre un monstruo con apariencia humana que vivía a la vista de todos, saludando a los automóviles que pasaban y a los propios vecinos, conocidos, familia y citadinos que pasaban por su granja, mirando también fijamente cada día su horrible creación: un extraño espantapájaros que tenía restos humanos en su interior.

Recientemente, las redes sociales comenzaron a circular de manera masiva, la historia y caso de Sara Jenkins. Indicando que la chica quizás había desaparecido por falta de experiencia o porque fue víctima de un desalmado asesino serial. Para muchos se trata de un caso real, para otros es solamente una leyenda urbana más, difundida como un creepypasta moderno. El caso ganó notoriedad en internet con narraciones en video, blogs de horror y publicaciones virales. Sin embargo, medios verificaron la información y concluyeron que no existe registro oficial de una persona con ese nombre vinculada a estos hechos. Autoridades de Estados Unidos tampoco reportaron desapariciones con esas características. ¿De qué se trata? ¿Una desaparición formal que se trató de ocultar o simplemente una historia de creepypasta para alimentar el asombro por las historias de terror

Expertos en comunicación digital advierten que este tipo de relatos combinan elementos de películas de terror, como Jeepers Creepers, con recursos de ficción para ganar viralidad. Al no haber fuentes confiables ni documentos oficiales, la historia de Sara Jenkins es considerada una invención que circula únicamente en páginas sensacionalistas y perfiles de entretenimiento. El fenómeno refleja cómo los mitos en redes sociales se convierten en supuestas noticias y logran alcanzar audiencias masivas. La narrativa macabra del espantapájaros, un símbolo frecuente en el género de horror, generó debate entre usuarios que dudaron sobre la autenticidad del caso.se propagan con la velocidad de un latido en redes sociales, alimentando el miedo, la confusión y, a veces, desviando la atención de las búsquedas reales. Un rumor sin fundamento puede arruinar reputaciones, sembrar pánico colectivo o incluso incitar a la violencia. 

domingo, 3 de agosto de 2025

El Vampiro de la Línea 7

El metro... un sistema de transporte tan cotidiano se convierte en el principal escenario de esta leyenda urbana de la vasta Ciudad de México. Durante el día es la forma de viaje de cientos de usuarios que se desplazan a sus hogares y lugares de trabajo pero de noche, se transforma en un espacio de terror donde convergen historias y mitos. Desde las estaciones solitarias al apagarse la luz del sol hasta los silenciosos túneles del metro, todo se transmuta en corredores oscuros que son ideales para la creación de relatos que juegan con los miedos más profundos de sus pasajeros. 

En el Sistema de Transporte Colectivo (STC) Metro de la Ciudad de México, hay una de sus estaciones que es muy infame por sus aterradoras leyendas, se trata de Barranca del Muerto, una terminal ubicada en la Línea 7, a cuarenta metros bajo tierra. Su nombre, que por sí solo evoca un sentimiento de inquietud y misticismo, pero no tiene relación a ningún hecho paranormal, sino que se debe a que en la zona de los alrededores había una barranca que en los tiempos de la Revolución hacía de fosa común. Ese punto ha sido el origen de muchas historias, sin embargo, ninguna es tan perturbadora como la del Vampiro de Barranca del Muerto.

Se cuenta que una noche oscura del mes de noviembre, los trenes estaban casi vacíos y recorrían su última vuelta antes de que el servicio se detuviera hasta el día siguiente. Como Barranca del Muerto es terminal, los trenes que llegaban ya estaban en resguardo por ser el último punto de la línea. Allí, se encontraba un joven llamado José que, exhausto después de una larga jornada laboral, tomó el último tren del día y con cansancio, no pudo mantenerse despierto y cesó ante el sueño. Pronto, el hombre despertó de manera abrupta en medio del vagón, el tren no se movía y él había pasado de largo su estación. No había luces, no había sonido y lo único que lo rodeaba era una densa oscuridad. Confundido y algo inquieto, se incorporó y se dio cuenta que el tren se encontraba detenido en el túnel. Ya era medianoche.

Pensó solo en esperar en la penumbra a que el servicio del metro reanudara sus actividades en la mañana pero algo lo sobresalto. Comenzó con algo suave como un siseo en la oscuridad pero luego los sonidos inquietantes se hicieron presente hasta que se escuchó un gemido, un gemido que al parecer provenía de uno de los extremos del vagón. El miedo lo invadió y sus manos comenzaron a temblar. Con el corazón palpitándole fuerte, sacó de su bolsillo un encendedor y al iluminar la pequeña zona donde se encontraba, se despejó un poco la oscuridad y observó con horror, una escena bizarra que no olvidaría jamás. 

Justo al final de ese mismo vagón, se encontraba una extraña figura, de piel de un tono amarillo pálido, alta y muy delgada, de casi de dos metros de altura que se movía con movimientos erráticos y antinaturales. La extraña forma se encontraba encorvada sobre lo que parecía ser otra persona, un indigente con exactitud. El hombre observó con horror que la criatura tenía uñas bastante largas y afiladas, además de tener ojos con un tono rojo que brillaban cuando le daban pequeños roces de luz, hasta la luz del pequeño encendedor. Al mirar con atención, el joven vio que la bestia clavaba sus colmillos en el cuello de su víctima, como si se tratara de un depredador que acabara de atrapar a su presa.

De inmediato, el joven quedó congelado del miedo y no pudo evitar soltar un pequeño jadeo. El leve sonido atrajo la atención de la criatura y sus ojos rojos se posaron directamente en su nueva y potencial víctima. Sin pensarlo dos veces, el joven lanzó su encendedor al piso y se aproximó con rapidez a una de las ventanas de emergencia del vagón. Con desespero, rompió el vidrio y se deslizó hacia el oscuro túnel. El miedo lo acompañaba pero sus piernas no se detuvieron. Con el corazón queriéndose salirse del pecho, podía escuchar a poca distancia como se iba acercando a pasos rápidos la criatura. 

El rasguño de sus garras contra las paredes del túnel y sus movimientos erráticos, dejaban ver que sus intenciones eran de perseguirlo y atacarlo. La estación estaba cerca pero el eco desesperante de los sonidos, hacía pensar que estaba a punto de ser atrapado en cualquier instante. Cuando la respiración estaba a punto de fallarle, vio las luces de la estación Barranca del Muerto, donde corrió con todas sus fuerzas.

El joven con desespero, saltó desde el túnel a la plataforma, cayendo torpemente. Al mirar hacia atrás, el sonido de la criatura se desvaneció en la oscuridad, como también sus ojos rojos en el túnel. Estaba a salvo, al menos por el momento. Pensó que hubiera pensado si esa criatura lo hubiera atrapado antes de llegar a la plataforma. Aturdido y cubierto de sudor frío, apenas tuvo tiempo de recomponerse cuando el personal de seguridad de la estación lo interceptó. El joven, con el rostro desencajado, intentó explicar lo que acababa de suceder, pero los guardias lo miraron con escepticismo. Ninguno de ellos creyó su historia, excepto una mujer de mediana edad, que se encontraba en la estación y había notado el estado de shock del joven.

La mujer interceptó al personal de seguridad y les indicó que el joven actuaba como si estuviera desesperado escapando de algo que le generó extremo terror, ellos solamente le indicaron que realizarían una investigación. Intrigada, la mujer decidió investigar por su cuenta. Armándose de valor, se dirigió hacia el tren que se encontraba a mitad del túnel. Para su sorpresa, una de las ventanas de emergencia estaba rota, tal como lo había descrito el hombre. Al entrar al vagón, no vio ninguna criatura, pero lo que sí encontró fue un charco de sangre fresca en el suelo, un rastro silencioso de la espeluznante verdad que se escondía en las profundidades del metro.

Desde ese día surgió la leyenda del Vampiro de Barranca del Muerto, una historia que ha recorrido la ciudad, contada en susurros por los pasajeros más supersticiosos y mencionada en los programas de radio locales dedicados a lo paranormal. Algunos aseguran haber visto a la criatura merodeando por los túneles a hasta horas de la noche, como si buscara a alguna persona en particular.

Recientemente, salió un cortometraje en YouTube llamado Vampiro, inspirada en la oscura leyenda. Fue dirigido por Luisan Cortes

Dicha leyenda se inspira a su vez en el cuento corto "No se duerma en el metro" del escritor Mario Mendez Acostapublicado en el año 1994 por la Revista de Revistas. Sino lo has leído, te lo dejo a continuación:

Hay cosas en la vida, y eso incluye a esta Cd de México, que más vale que nunca averigüemos. La ignorancia nos permite dormir con placidez en la noche, y concentrarnos en nuestros respectivos trabajos. Por ejemplo: ¿Se ha preguntado usted qué les sucede a las personas que se quedan dormidas en el Metro, cuando éste llega a la Terminal de una línea, lo que causa que no escuchen la advertencia que les pide abandonar el vagón y sigan adelante en el mismo, adentrándose en un profundo túnel oscuro que aparentemente no lleva a ninguna parte? 

La verdad es que esa es una de esas cosas que en realidad no nos conviene averiguar, si es que queremos mantener la ilusión de que vivimos en un universo racional.

Sin embargo, no está de más tomar algunas precauciones sencillas, que bien pueden evitarnos experiencias en verdad lamentables. Una de ellas es la de no dormirnos nunca en el Metro; en especial, después de la puesta del sol. Para Arturo Marquina, periodista ya no tan joven, y autor ocasional de relatos de ficción científica, cuentos de horror y novelitas policiacas, ese descuido le produjo un extraño desarreglo que sus amigos califican casi de locura. Se niega Arturo, quien es una persona sensata, racional y de buen humor, a acercarse siquiera a las entradas al Metro. 

Se niega también a pasar por encima de las ventilas o registros del sistema de Transporte Colectivo de esta capital. En eso puede ponerse hasta agresivo y desagradable. Marquina se niega a hablar de esa extraña fobia que lo aqueja. Siempre logra desviar la conversación cuando se le interroga al respecto. Sólo una vez, en una cantina de Bucareli, después de varias horas de consumo y animada conversación, llegó un momento en que se puso serio e hizo una advertencia a uno de los amigos, que le dijo que usaba a el Metro cotidianamente y en especial a muy altas horas de la noche. 

“¿Llegas a alguna terminal a esas horas?, preguntó Arturo. Ante la respuesta afirmativa, nuestro amigo abandonó su discreción. “¿Tú has sabido qué le ocurre a las personas que se quedan dormidas en los vagones que siguen avanzando después de la última estación?-“La verdad, no”-repuso su compañero. “Yo sí lo sé”, continuó Arturo.”Esto que te voy a contar no es un cuento, te pido que me lo creas, por tu bien. Nunca lo repetiré ante ustedes”.

Fue hace justo un año. Serían cerca de las once de la noche y salía yo del trabajo después de un día durísimo. Tomé el Metro en la estación Hidalgo, y me dirigí hacia Tacaba. Ahí transbordé hacia Barranca del Muerto. Ya a esa hora, el Metro va casi vacío. Cerca de Tacubaya me quedé dormido. El tren llegó sin duda a la Terminal, sin que yo despertara. No oí la distorsionada voz de advertencia que sale del sistema del sonido, ni el insistente pitido del silbato electrónico que anuncia las paradas. 

Después, unos segundos después, cuando ya el vagón se dirigía hacia el inquietante túnel que continúa el trayecto, alcancé a ver el letrero y la insignia de mi estación de destino la cual quedaba atrás. Con preocupación y fastidio, pude ver que no iba solo. Unos asientos más adelante iba un tipo viejo y desastrado, en evidente estado de ebriedad que seguía dormido y cabeceaba con cierto ritmo. Pensé que quizá este tren cambiaría de vía y regresaría por el mismo trayecto en unos momento más. Pero no fue así.

“El vagón siguió adelante, se desvió hacia la derecha y después de avanzar varias decenas de metros, hizo alto en un lugar totalmente oscuro. El motor se detuvo y lo mismo la ventilación. El silencio más absoluto cayó sobre nosotros. Fue entonces cuando las luces se apagaron. Ahí, empecé a sentir algo de miedo. Había un poco de claridad, proveniente de la parte posteior del túnel. Por fortuna, traía mi linterna de bolsillo y además ésta tenía pilas. Me paré y me dirigí a mi aún dormido compañero de tribulación. Me acerqué a él y lo sacudí por el hombro. Me preguntó qué pasaba y rápidamente le expliqué nuestra situación. 

Respondió con una imprecación y puso su rostro contra la ventana para tratar de ver dónde nos hallábamos. Me di cuenta que este vagón se quedaría ahí toda la noche, por lo que me dispuse a tratar de forzar una de las puertas. Era inútil, me convencí que sólo saltando a través de una de las ventanas podríamos salir del carro. Fue entonces cuando oí un ruido en el techo. Algo cayó encima del vagón y recorría el techo. De pronto, se escuchó otro ruido en el extremo opuesto del carro. Dirigí el haz de mi linterna y pude ver una sombra que caía al suelo después de haber entrado por laventana. 

“¡Vaya, al fin!… ¡Oiga, necesitamos que nos ayude a salir!” No hubo respuesta. El borracho fue más directo. Avanzó hacia el intruso y lo tomó por las ropas. “¡Sáquenos de aquí! ¡Esto es un atropello, malditos burócratas!”. El extraño no respondió, sólo levantó una mano.

“A la luz de mi linterna pude ver que era blanca como la harina, delgada y fibrosa, y con unas larguísimas uñas que semejaban garras. Como un rayo, esa mano rasgó la garganta del pobre vagabundo. Fue entonces cuando vi el rostro del ser que tenía enfrente. Pálido, calvo, con enormes ojos amarillos, orejas largas, una nariz grotescamente respingada con dos protuberancias carnosas en la punta. Vi como abrió la boca llena de dispares y puntiagudos dientes, que pronto recibió el borbotón de sangre que salía del desafortunado pasajero.

Fue en esos momentos cuando recibieron mis narices la patada del nauseabundo olor que despedía esa criatura. El espectáculo y el olor me hicieron de inmediato vomitar. En medio de las arcas de la basca, escuché otro ruido metálico detrás de mí. ¡Alguien más entraba al vagón por otra ventana! No esperé un segundo más. Me lancé hacia el primer intruso, que aún se cebaba en su víctima, y derribándolos a ambos llegué a la ventana por donde había penetrado el primer monstruo. 

Escuché un forcejeo detrás de mí, con el que sin duda el invisible perseguidor se abría paso también entre la pareja víctima-victimario que se interponía entre nosotros. Salté fuera del vagón y logré caer en el suelo sin dislocarme siquiera un tobillo. Emprendí la huída, como un poseso, hacia el extremo iluminado del túnel. Detrás de mí se dejaba oír un jadeo que acompañaba rítmicamente a un penetrante chillido.

“La luz aumentaba poco a poco. Sentía que mi perseguidor rápidamente iba descontando ventaja. Decidí voltear la cabeza… y quizá eso sea lo que más me ha desgraciado la vida de toda esa experiencia. Vi a un ser similar al que había despedazado al pobre ebrio en el vagón, nada más que éste mostraba una regocijada sonrisa idiota. En la penumbra del túnel veía su tez, amarillo limón, y su larga frente con que se relamía con anticipación. Por fortuna, de frente llegaba otro tren de vagones del Metro. Salté a su paso y alcancé la parte central del túnel. Mi perseguidor no quiso hacer lo propio. Recorrí los últimos metros que me separaban ya de la iluminada estación. Al llegar a ella, subí al andén. Justo a tiempo. Unos metros atrás la criatura, que se había desplazado por el techo del túnel, asida de sus largas garras, tanto de manos como de pies, cayó detrás de mí y alcanzó a lanzarme un zarpazo a la pantorrilla”.

Arturo nos mostró una cicatriz, que aún dejaba ver las huellas de una prolongada infección que apenas había sido dominada.

“Ya en el andén, emprendí la carrera hacia la calle. No me detuve hasta llegar a mi departamento, donde atranqué la puerta y me refugié en un garrafón de mezcal.

“Me expliqué por qué en los talleres del Metro se trapea y se friega con tanto esmero el piso de los vagones todas las mañanas. ¡No se duerman en el Metro! Si lo hacen, corren el peligro de, por lo menos, no volver a dormir nunca más con tranquilidad”..