domingo, 15 de febrero de 2026

Marisol Solís - La mujer que murió por tener relaciones con 4 burros

ANTES DE COMENZAR A LEER LES INDICO QUE LA SIGUIENTE PUBLICACIÓN TIENE COMO TEMÁTICA CENTRAL, UN ASUNTO DELICADO QUE ES CONSIDERADO DESDE MÚLTIPLES PERSPECTIVAS (LEGAL, ÉTICA, PSICOLÓGICA Y SOCIAL), COMO UN TABÚ DE RECHAZO Y CONDENA. DESDE EL MALTRATO ANIMAL Y LAS PARAFÍLIAS, HASTA ABOMINACIONES Y RIESGO SANITARIO. EL CONTENIDO DEL ARTÍCULO PUEDE AFECTAR LA SENSIBILIDAD DEL LECTOR. ÉSTA DIRIGIDO A MENTES ABIERTAS Y MADURAS, SE RECOMIENDA DISCRECIÓN.

No es la primera vez que se toca este polémico tema en el Blog. En su oportunidad, se publicó el artículo titulado Claudine de Culam y Kenneth Pinyan - Dos casos polémicos de zoofilia, donde se dio una introducción al tema. Como se mencionó en la mencionada publicación, la cuestión de relaciones entre humanos y animales no es algo nuevo y se pueden encontrar rastros de esa inclinación del ser humano en copular con bestias desde tiempos inmemoriales. Esas personas que mantienen relaciones sexuales con animales, ya sea con penetración o sexo oral, se conocen como zoófilicos. Según el tipo de actividad, hay dos tipos de zoofilia; la atracción sexual, que incluye prácticas menores como masaje de genitales, uso de la lengua para la excitación de ambos, etc. Y el bestialismo, que es cuando hay acto de penetración.

Año 1961. En San Miguel Canoa, una junta auxiliar de Puebla, en México, ubicado a una distancia de doce kilómetros al noreste de la ciudad de Puebla de Zaragoza, capital del Estado, se encontraban las tierras de la familia Solís; Don Bernardo Solís, su esposa Marisol Solís y sus tres hijos. La región estaba llena de campos de maíz y albergaba un establo que tenía cuatro burros de carga, animales fuertes y saludables que utilizaban para transportar mercancía entre Puebla y los pueblos cercanos. Don Bernardo, al ser un comerciante que pasaba semanas enteras fuera del pueblo, le pedía a su vecino de parcela, Don Esteban Ramírez, un campesino de 62 años, que pasara de vez en cuando por el establo para velar que todo fuera bien.

Terminando la madrugada de un día del mes de marzo. Cuando el viento soplaba con fuerza y la tierra húmeda cubría los campos de maíz, Don Esteban Ramírez caminaba de regreso a su parcela cuando algo llamó su atención. Notó que la puerta del establo de los Solís estaba entreabierta. Con precaución, Ramírez se acercó a la puerta con pasos lentos, con su machete colgando de su cinturón. Aunque no era raro que estuviera así, lo sospechoso era el silencio que reinaba. Allí, donde los burros normalmente eran ruidosos llegando al amanecer, se encontraban en calma y sigilo. Estaban, con escalofrío, se acercó lentamente al interior del establo y vio algo que lo hizo enmudecer. Entre una montaña mediana de paja y estiércol de animal, se encontraba el cuerpo de Marisol Solís.

Don Esteban, horrorizado, vomitó de inmediato y corrió al pueblo gritando por ayuda. Regresó pronto junto al padre Juventino, padre de la iglesia local y el doctor Morales, el médico del pueblo, quien revisaría el cuerpo sin vida de Marisol. Para ese momento ya se había congregado una pequeña multitud alrededor del establo. De inmediato, el sacerdote ordenó a los presentes que se alejaran un poco de la zona mientras el médico revisaba el cuerpo. Los burros se encontraban inquietos y nerviosos, no dejaban de relinchar mientras el doctor comenzaba a examinar el cuerpo. El cadáver presentaba lesiones internas masivas que el doctor no sabía cómo explicar. Sin embargo, lo más perturbador de todo no eran las heridas en sí, sino su naturaleza que había detrás de ellas. Al revisar a uno de los burros, un macho de pelaje gris llamado Cenizo, observaron que mostraba marcas de rasguños en el lomo y los flancos, que correspondía a las uñas de Marisol. Dentro de la mujer había rastros biológicos, evidencia parecía indicar algo que desbordaba la comprensión de todos, indicios de algo tan aberrante que la comunidad profundamente católica no estaría dispuesta a aceptar ni comprender.

El doctor Morales había atendido partos difíciles, accidentes con maquinaria agrícola, incluso un caso de violación años atrás, pero lo que tenía delante de él era algo bizarro. Mientras tanto, los burros permanecían inquietos en su comportamiento, relinchando nerviosamente cada vez que alguien se acercaba al cuerpo de la mujer. El doctor Morales escribió en el certificado de defunción que Marisol había muerto de hemorragia interna causada por una caída. Los burros fueron sacrificados esa misma noche y sus cuerpos enterrados en una fosa común lejos del cementerio. 

Bernardo Solís llegó al pueblo dos días después. El telegrama de lo sucedido lo había alcanzado en la ciudad de Tehuacán, al sureste de Puebla, donde negociaba la venta de artesanías. Cuando le explicaron las circunstancias de la muerte de su esposa, el hombre se desplomó. No de tristeza, sino de vergüenza. La vergüenza de saber que todo el pueblo, toda la región conocería pronto la depravación que había ocurrido bajo su propio techo. Marisol Solís, su esposa, madre de sus tres hijos, había muerto. Ella tenía 34 años de edad.

El alcalde, presionado por la comunidad y por la iglesia, decidió que el caso debía manejarse con discreción. No podían permitir que esta historia llegara a los periódicos de la capital. Pero pronto, la noticia se dio a conocer y se extendió por todo San Miguel Canoa como un incendio en temporada de sequía. Las mujeres se persignaban y susurraban oraciones mientras los hombres se reunían en las cantinas para hablar de semejante situación. Hasta el punto en que secretos comenzaron a salir a la luz, como el hecho de que Marisol había sido vista a horas inadecuadas entrando al establo, siempre cuando Bernardo estaba fuera por negocios, o que había ido a ver a Doña Refugio, la partera del Pueblo, unos meses antes del suceso por una infección vaginal, preguntando por remedios, pero sin querer dar explicación de la causa del malestar. La verdad, como una herida abierta, había comenzado a sangrar y los comentarios sobre el caso se escuchaban en todas partes. 

Tres semanas después del entierro de Marisol Solís, llegó al pueblo una mujer que nadie conocía ni había visto antes. Su nombre era Eulalia Cortés y se presentó como prima lejana de Marisol, venida desde la ciudad de Oaxaca para presentar sus respetos. Ella traía consigo una caja de repleta de cartas, correspondencia que Marisol le había enviado durante los últimos dos años. Dichas cartas revelaban el estado de una mente fracturada, un alma destruida por años de abuso y soledad. El padre Juventino la conoció y accedió a reunirse con Eulalia en la rectoría. Lo que ella le mostró al hombre religioso le hizo cuestionar su fe y su comprensión de la naturaleza humana. Las cartas no eran simplemente las confesiones de una mujer perturbada, eran el testimonio de un descenso gradual hacia la locura, una crónica meticulosa de como el aislamiento y la desesperación pueden corroer el alma hasta dejarla irreconocible.

La primera carta estaba fechada de abril de 1959, y en ella Marisol describía su matrimonio con Bernardo Solís, un comerciante exitoso que tenía quince años mayor que ella, pero que era frío y distante, que la trataba como un objeto de su propiedad. Bernardo pasaba semanas enteras fuera del pueblo, dejándola sola en esa casa alejada del centro, con tres niños pequeños y una suegra que la culpaba de todo lo que salía mal en el hogar. Cada carta posterior se iba volviendo más sombría. Marisol hablaba de los golpes, de las noches en que Bernardo llegaba borracho y la obligaba a cumplir con sus deberes conyugales, sin importar si ella estaba enferma o exhausta. Describía que, después del nacimiento de su tercer hijo, Bernardo dejó de tocarla por completo, como si hubiera perdido total interés en ella como mujer. Pero aun así, la trataba como si nada más fuera una sirvienta en su propia casa. 

Fue en las cartas de mediados del año 1960 cuando apareció la primera mención a los burros. Mencionaba que los fuertes animales de carga parecían ser los únicos que la escuchaban, comprendían y no la juzgaban. Podía pasar horas nocturnas con ellos en el establo sin represión. Así continuaron las cartas haciendo más mención a los burros y mostrando un sentimiento cada vez más carnal.

Las tres últimas cartas fueron reveladoras; en la primera, Marisol manifestaba que en dos noches acabaría con ese deseo que le hacía tener esos animales de gran falo y que comenzaría a estar con Cenizo, uno de los burros de pelaje gris. Que estaba cansada de esperar a Bernardo y ser tratada como migajas. La segunda, que tenía tres semanas de diferencia, Marisol se mostraba eufórica contando su experiencia con dos de los burros en un momento de intimidad en la madrugada de días anteriores. Decía que el placer estaba ligado con un dolor intenso en su interior pero que era soportable y placentero. La tercera carta, que tenía una fecha cercana a su muerte, fue catalogada como la más vulgar y bestial de todas, en donde mencionaba que había alcanzado su clímax, que ya no le importaba su esposo o su suegra, solo sus hijos, pero que su felicidad estaba al lado de los animales de carga, los burros, a los que en menos de una semana le entregaría su cuerpo a los cuatro. La mujer había desafiado las leyes de la naturaleza y la naturaleza había pasado factura.

"Me siento como un animal enjaulado... Ni siquiera los animales del establo están tan solos como yo. Estoy sola y he sufrido. Soy una mujer y necesito ser amada." 

Marisol Solís

domingo, 8 de febrero de 2026

La muerte de Lacey Ellen Fletcher

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Hay historias que nos obligan a detenernos y preguntarnos cómo es posible que, en un mundo tan conectado, alguien pueda llegar a ser completamente invisible. El caso de Lacey Ellen Fletcher es un recordatorio desgarrador de lo que sucede cuando la oscuridad se instala en el lugar donde más seguros deberíamos estar: nuestro hogar. Aquí, te contaré uno de los casos que, cuando la noticia salió a la luz, no solo conmocionó a los vecinos de un pequeño pueblo en Luisiana, sino que sacudió los cimientos de toda una nación, debido al nivel de negligencia al que fue sometida una persona. Lo que las autoridades encontraron al entrar en aquella casa superaba cualquier guion de terror.

Lacey Ellen Fletcher nació el 25 de noviembre de 1985 en la ciudad de Baton Rouge, en Luisiana, Estados Unidos. Lacey, hija única de la pareja Sheila y Clay Fletcher, se crio en una familia aparentemente normal. Sus primeros años estuvieron llenos de las mismas alegrías y desafíos que muchos niños experimentan y era conocida por ser una niña brillante y creativa. Sin embargo, al entrar en la adolescencia, comenzaron a surgir indicios de problemas de salud mental.

La dinámica familiar y las presiones de la adolescencia contribuyeron a sus dificultades, llevándola a aislarse de las interacciones sociales. Pronto, además de las dificultades en la interacción social, sumado a la comunicación, comportamientos repetitivos e intereses restringidos, se manifestó el autismo o trastorno del espectro autista (TEA) en la vida de Lacey, donde poco después comenzó a sufrir acoso escolar en la escuela secundaria. Sus padres tomaron la decisión de retirarla de la escuela para que estudiara en casa. 

A partir de los 24 años de edad, Lacey fue diagnosticada con Síndrome de Enclaustramiento, una enfermedad neurológica rara que paraliza por completo a la persona, excepto por los músculos que controlan los movimientos oculares. Si bien su mente estaba intacta, su cuerpo no le permitía llevar una vida independiente. El deterioro de su salud cognitiva empeoró rápidamente y le impidió salir de casa. Lacey Ellen quedó confinada en el sofá de cuero en la sala de la familia. Sheila y Clay no querían ser cuidadores de su hija, cuando se convirtieron en padres. Su estilo de vida era salir y divertirse, vivir de sus aventuras como pareja. 

Ellos colocaban toallas junto a Ellen para que les fuera más fácil limpiar sus heces y orina estando en el sofá. Solían pasar algunos días y el resto de la casa se mantenía limpia, excepto el sofá, donde Lacey no podía moverse sola. Con el pasar del tiempo, la ropa ya no le quedaba bien, simplemente colgaba de su cuerpo ya que no se alimentaba como debía ser.

Cierto día del mes de noviembre de 2021, Clay y Sheila idearon hacer un viaje juntos sin la presencia de su hija. Dichas vacaciones pautadas para mediados de diciembre tendrían una duración de varios días, quizás unas dos semanas. Ellos no querían ya cuidar a Lacey Ellen, así que se fueron y la dejaron morir de hambre. Los músculos de Lacey se atrofiaron y las alimañas comenzaron a devorar sus extremidades debajo del sofá, dejando excrementos de ratón y gusanos que proliferaban en el espacio. 

Antes de morir, había estado intentando levantarse del sofá para evitar el dolor, pero no logró hacerlo debido a la desnutrición severa y la atrofia de los músculos de sus piernas. Su cuerpo se fundió con los cojines de cuero del sofá, cubierta de orina y heces, además de gusanos que vivían en su cabello y su interior y úlceras que exponían sus huesos. Sufrió inanición e infecciones óseas, lo que finalmente le provocó una sepsis que le causó la muerte. 

El lunes 3 de enero de 2022, Sheila llamó al 911 y declaró haber encontrado a Lacey muerta en su sofá. El operador del 911 guio a los Fletcher mientras presuntamente le practicaban RCP. Los servicios de emergencia y el forense llegaron a la casa y encontraron el cuerpo de Lacey, muerto, parcialmente vestido y desnutrido, teniendo un peso de de 43 kilogramos, fundido en el sofá de cuero de la familia, con claros signos de abandono. Se determinó que Lacey llevaba muerta uno o dos días antes de que Sheila finalmente decidiera llamar al 911.

Sheila y Clay mintieron a la policía, diciendo que Lacey había decidido vivir en esas condiciones durante 12 años. La autopsia la realizó el forense Ewell Bickham, quien dictaminó que la muerte fue un homicidio por negligencia. Su cuerpo tenía heces y restos de cojines de sofá tanto bajo las uñas como en el contenido de su estómago, lo que demuestra que intentó salvarse comiendo lo que le rodeaba antes de morir en el sofá. Los investigadores declararon que no pudieron dormir ni comer después de investigar el asesinato debido a la angustia mental que les causó la naturaleza espantosa del caso. 

Para el mes de mayo de 2022, Sheila y Clay Fletcher fueron arrestados y acusados ​​del asesinato en segundo grado de Lacey. Posteriormente, fueron puestos en libertad bajo fianza. Un juez desestimó los cargos, pero Sheila y Clay fueron acusados ​​nuevamente de asesinato por un gran jurado en junio de 2023. Cabe destacar que el mencionado forense de Lacey, facilitó una galería de fotos clínicas gráficas de la autopsia de Lacey para que fueran mostradas al público del tribunal, lo que provocó muecas de disgusto en algunos rostros de la sala, pero era necesario para establecer la gravedad del asunto y la sentencia. En esa oportunidad, se descubrió que los Fletcher habían descuidado a Lacey al menos durante 12 años, justamente algunos meses después que fue diagnosticada con síndrome de enclaustramiento. También se supo que Lacey había desarrollado fobias y ansiedades que la llevaron a rechazar cualquier tipo de interacción social, y que no había atendida por un médico desde su diagnóstico, y antes de ello, no había sido llevada al médico desde el año 2002, cuando tenía solo 17 años.

El 6 de febrero de 2024, Sheila y Clay se declararon no culpables a cambio de que el cargo se redujera a homicidio involuntario, es decir, una condena menor. De ser declarados culpables de asesinato en segundo grado, habrían enfrentado una pena obligatoria de cadena perpetua sin posibilidad de libertad condicional. La fiscalía declaró su intención de solicitar la pena máxima por homicidio involuntario, 40 años de prisión, en un intento de lograr una cadena perpetua de facto para Sheila y Clay. El 20 de marzo de 2024, la Justicia comprobó que Sheila y Clay mantuvieron a Lacey en condiciones deplorables durante años y fueron sentenciados a la máxima sentencia posible, por el Tribunal del Distrito 20 de la ciudad de Clinton, Estados Unidos, a 40 años de prisión por homicidio involuntario, aunque 20 de esos años fueron suspendidos, con una condena condicional supervisada consecutiva de 20 años. Una condena que no fue suficiente para ellos por su negligencia y crueldad.

Durante el juicio, el fiscal Sam D’Aquilla expresó su indignación, ya que quedó comprobado que la pareja abandonó a Lacey en varias ocasiones para irse de vacaciones, lo que implicó dejarla sin comida ni atención por varios días. "Ni a un animal se le trata de ese modo. Esto es simplemente, una crueldad que desafía toda explicación", dijo el funcionario.

Uno de los aspectos más desgarradores de la historia de Lacey es el abandono que sufrió en sus últimos años. Sus problemas de salud mental, agravados por la falta de apoyo, la llevaron a aislarse del mundo. Este abandono no solo fue emocional, sino también físico, lo que finalmente condujo a su trágico fallecimiento. 

domingo, 1 de febrero de 2026

La cruel jugada del destino para Lara Roxx

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A veces, la vida nos pone frente a caminos que parecen la salida fácil o el inicio de una gran aventura, sin advertirnos que un solo paso en falso puede cambiarlo todo. A veces, una sola decisión puede cambiar el rumbo de una vida para siempre, y en el caso de Lara Roxx, esa decisión la llevó a vivir una pesadilla que nadie imaginó. El caso de Lara Roxx es, posiblemente, uno de los ejemplos más impactantes de cómo el destino puede dar un giro violento en cuestión de días. Ella llegó a una ciudad nueva, con la maleta llena de planes y la intención de probar suerte en una industria que promete dinero y fama rápida. Sin embargo, lo que encontró fue una realidad muy distinta que la marcó para siempre. Esta no es solo la crónica de un sueño que salió mal; es una mirada a lo frágil que puede ser nuestra estabilidad y a lo cruel que puede llegar a ser el azar cuando decide jugarnos una mala pasada. Aquí descubriras la historia de una joven que, buscando un futuro mejor, terminó enfrentándose a un desafío que nadie está preparado para asumir.

Lara Roxx, cuyo verdadero nombre es Pascale Andrée Abitbol, nació en la ciudad de Laval, Quebec, en Canadá, el 12 de diciembre de 1982. Al alcanzar la mayoría de edad en Canadá, los 19 años, comenzó a trabajar como stripper en diversos clubes de Montreal, pasando más tarde a modelar en sitios web para adultos de su país. Al cumplir los 21 años de edad, se trasladó a Los Ángeles, California, en Estados Unidos, en la primavera del año 2004 para incursionar en la industria del cine para adultos. 

Apenas dos meses después de grabar su primera escena, en marzo, Pascale, ahora con su nuevo nombre artístico de Lara Roxx, ya había grabado 14 escenas para diversos videos sexual y se preparaba para otra, esta vez de doble penetración anal para una escena de la cinta Split That Booty 2, con los actores Mark Anthony y Darren James

A pesar de que la doble penetración anal le habría causado un desgarro severo del revestimiento anal y dolor a Lara Roxx, todo fue relativamente normal para la película, pero hubo un incidente posterior, varias personas se contagiaron de VIH al realizar algunas escenas en la cinta. 

El actor Darren James había dado positivo a un examen de VIH y reconoció haberse contagiado durante unas grabaciones en Río de Janeiro, Brasil, en el rodaje de una de las escenas para la película con la actriz Bianca Biaggi (la actriz que sale en la portada de la carátula de la cinta). El VIH tarda hasta dos semanas en aparecer en el sistema, por lo que Darren no comenzó a mostrar síntomas hasta dos o tres semanas después de la escena de sexo con Bianca Biaggi. Anteriormente, había dicho en una entrevista que confiaba en los estándares que la industria pornográfica utilizaba para garantizar la higiene y seguridad de sus actores y actrices. De inmediato, se inició una búsqueda urgente de otros artistas potencialmente infectados, descubriéndose que tres actrices que habían trabajado con James poco después de su regreso a Estados Unidos también se habían infectado. Estas eran la española Mariesa "Miss" Arroyo, la checa Jessica Dee y la canadiense Lara Roxx.

El segmento heterosexual de la industria del porno cerró voluntariamente durante 30 días (originalmente se anunció una moratoria es una suspensión temporal de 60 días, pero se levantó antes de tiempo) mientras intentaba lidiar con la situación. A Darren James, Jessica Dee y Lara Roxx se les prohibió seguir produciendo contenido sexualmente explícito y fueron excluidos de cualquier producción en los Estados Unidos. A unos sesenta actores que habían tenido contacto con James o Roxx se les prohibió trabajar hasta que se completaran las pruebas de VIH y se les declarara VIH negativos. Se estima que otros ciento treinta actores que habían tenido contacto con James se hicieron la prueba y recibieron un resultado VIH negativo. Un total de cinco actores fueron diagnosticados con el virus al final de la moratoria: un hombre y cuatro mujeres, incluida una mujer transgénero llamada Jennifer. Esta misiva no fue exigida a todas las empresas y productoras del sector. Sin embargo, un tribunal californiano multó a la productora con 30.000 dólares por no proteger adecuadamente a sus empleados en el trabajo.

Después del anuncio provisional del caso, la película por la que se conoció el caso se estrenó sin emitir dicha escena. Aunque algunos dicen que todas las escenas fueron mantenidas en la cinta sin ningún tipo de problemas. Quizás para llamar la atención en el morbo del caso. 

"Me hizo darme cuenta totalmente de cómo confío en este sistema que no era confiable en absoluto, porque obviamente no funciona. Pensé que los actores pornográficos eran las personas más limpias del mundo..." Hizo saber públicamente Lara Roxx, indignada y decepcionada.

Para Darren James, su diagnóstico y la divulgación pública del mismo (que fue como su familia se enteró de su carrera pornográfica) lo dejaron tan angustiado que intentó suicidarse poco después. Tras su recuperación, demandó a la Fundación para el Cuidado Médico de la Salud de la Industria para Adultos por revelar públicamente su condición. La demanda se resolvió extrajudicialmente, con términos confidenciales. James consiguió empleo como guardia de seguridad y se ha mostrado muy abierto respecto al incidente y a que los cineastas para adultos sigan con sus hábitos habituales. Es un firme defensor del uso obligatorio de preservativos en los sets de rodaje de películas pornográficas para proteger a los actores del VIH.

En el caso de Lara Roxx, tras su salida de la industria, trabajó en varios proyectos relacionados con los eventos del año 2004, con una fundación que lleva su nombre que busca comprometer a los jóvenes y al público consumidor de cine para adultos en la educación y prevención de la propagación del VIH y de diversas enfermedades de transmisión sexual. En el año 2011, protagonizó el documental biográfico llamado Inside Lara Roxx, dirigido por la cineasta canadiense Mia Donovan, que exploró la infección por VIH de Roxx en 2004 y la siguió durante todo su tiempo hasta el momento del rodaje, debatiendo sobre su cobertura mediática.

El documental relata su historia y muestra sus cinco años de lucha para reconstruir su vida tras el incidente y encontrar esperanza tras su pasado. Sí, esa decisión fue la pornografía, pero la cinta no trata sobre el cine para adultos ni sobre la industria del porno. Trata sobre las decisiones que tomó una joven y las consecuencias de esas decisiones. Y nunca juzga a Lara por ellas. Es el retrato de una chica que podría ser la vecina de al lado, una conocida o incluso, una familiar. El recorrido del documental es una montaña rusa emocional con altibajos, mientras Lara lidia no solo con la enfermedad, aceptándola y luego no, sino también con los efectos secundarios de los medicamentos para tratarla y las drogas ilegales que consume para, aparentemente, sobrellevar el día. Es una película con un tema delicado pero necesario. Un llamado a la reflexión, y un grito para que los jóvenes se informen sobre la salud sexual y las enfermedades de transmisión.

domingo, 25 de enero de 2026

El oscuro descubrimiento de Dylan Redwine

ANTES DE COMENZAR A LEER LES INDICO QUE LA SIGUIENTE PUBLICACIÓN CONTIENE IMÁGENES CRUDAS SIN CENSURA Y DETALLES SOBRE UN CRIMEN, QUE PUDIERAN AFECTAR LA SENSIBILIDAD DE ALGUNOS LECTORES. ÉSTA DIRIGIDO A MENTES ABIERTAS Y MADURAS, SE RECOMIENDA DISCRECIÓN.

Dice que uno nunca termina de conocer a las personas. La gente tiene una máscara que no vemos y nos la muestran cada día, quitándosela solamente cuando están solos. Muchos llaman esta dualidad que tiene la humanidad como dos vidas: una que se deja ver al mundo y otra que ocurre a puerta cerrada. Debajo de una superficie amable y hasta predecible, puede haber un laberinto de pensamientos inconfesables, deseos profundos y secretos similares a tesoros oscuros. Hay una parte de cada ser humano que permanece siempre en la sombra, un rincón místico donde la luz de los demás no llega. Es una verdad un poco siniestra, pero fascinante, como dije al inicio del párrafo: uno nunca termina de conocer a las personas.

Mark Redwine y Elaine Hall eran una pareja incompatible de Estados Unidos. Juntos tenía dos hijos: Cory, quien nació en 1991, y Dylan que lo hizo el 6 de febrero de 1999. Al no congeniar más y no lograr reconciliación, el breve matrimonio se separó. Su divorcio fue conflictivo y extenso, más aún por la custodia de los hijos, que ambos padres discutían por obtener. Como Cory le llevaba casi ochos años a Dylan, se convirtió en una figura casi paterna para él, quien muchas veces lo buscaba en sus actividades de baseball o fútbol. 

Finalmente, la custodia la ganó Elaine en el año 2009, con el divorcio formal y un régimen de visitas establecido. Mark los vería en las vacaciones y visitas pactadas, pero él se mudó lejos, tomando un trabajo como conductor de camiones en la comunidad de Vallecito, en Colorado, Estados Unidos. Los acuerdos de la corte continuaron para estipular los tiempos que debía de pasar el menor de los hijos para que compartiera con su padre. En el caso de Cory no, ya que tenía 21 años y ya para agosto de 2012 decidió irse a vivir solo y hacer su vida, mientras que Elaine volvió a casarse en 2011 y todo marchó bien en su familia. A finales del año 2012, por medio de un acuerdo de custodia ordenado por la corte, el menor de los hijos: Dylan Redwine, de 13 años de edad, visitaría a su padre, por el día de Acción de Gracias (Thanksgiving).

Mark fue a buscar a su hijo menor el 18 de noviembre de ese año, al aeropuerto Durango-La Plata, en el estado de Colorado, Estados Unidos. Dylan viajaba con desgano porque su padre vivía en Vallecito, un poco alejado de la ciudad de Durango. Aunque la casa de madera era muy linda y acogedora, además de que estaba en medio del bosque, el wifi no siempre funcionaba bien y el lugar era algo aislado. Para un chico de su edad eso suele ser un drama. Pero no solo eso, también andaba disgustado con su padre por cómo él solía tratar a su madre. Para entretenerse Dylan había metido en su morral, junto a un buzo con capucha y algo de ropa, su celular, un Ipad y sus auriculares. Cabe destacar que las cámaras del aeropuerto grabaron a Dylan cuando llegó a Durango vestido con una franela, bermudas y zapatos deportivos negros. Esa fue su última imagen.

La estancia del primer día fue incómoda ya que Mark se mostraba despreocupado por la presencia de su hijo en casa, más aún porque estaba de parte de su madre Elaine. Fue una tarde -noche pesada, donde Mark se tornó a la defensiva, haciendo que Dylan no le prestara más atención y solo usara su Ipad y sus auriculares. Lo que Mark no sabía era que su hijo Dylan lo confrontaría con algo, algo delicado, privado y nauseabundo que había descubierto y compartido con su hermano un año antes.

En el año 2011, Mark, como parte del acuerdo de custodia de compartir con sus hijos y verlos en vacaciones y visitas pautadas, invitó a Cory y Dylan a un viaje por la ruta para festejar el día del padre, haciendo una larga travesía hacia Kansas, Iowa, Ohio y Michigan. Cory tenía en ese entonces 20 años y Dylan 12. Una noche, estando los tres alojados en un hotel, mientras Mark dormía, Dylan usó su laptop para jugar. De pronto, descubrió algo oscuro y perturbador: unas fotos sucias y embarazosas. En las imágenes, Mark Redwine aparecía vestido con lencería femenina y comiendo materia fecal de un pañal y usando un pañal manchado con excrementos, lo cual era parte de su fetiche como coprófago.

Dylan le dijo Cory que quería mostrarle algo, se metieron juntos en el baño con la laptop y cerraron la puerta con seguro. Dylan le enseñó las fotos que había visto. Cory, en medio del shock, sacó fotos de la pantalla con su propio celular. El hecho hizo que la relación se deteriorara con rapidez. Varias veces los hermanos enfrentaron a su padre por estas fotografías. La relación se volvió tensa pero siguieron viéndose. En agosto de 2012, Cory pasó la noche en casa de su padre con una novia y dejó unas botellas de cerveza tiradas. Mark se enojó mucho y Dylan se lo comentó a Cory, quien enojado le dijo a su padre por mensaje de texto que él poseía también las fotos, insultándolo, además. Dylan también quería confrontar a su padre con lo que había hallado ese mes de noviembre de 2012.

Así pues, Dylan confrontó a su padre sobre las fotos, lo que originó una discusión que fue escalando al punto de llegar a la cúspide cuando amenazó en irse y contarle todo a su madre Elaine. Temiendo lo peor, Mark decidió terminar con la vida de su hijo menor. Tomó un martillo y lo atacó, dándole un golpe mortal en la cabeza, donde dos impactos le ocasionaron una fractura arriba de su ojo izquierdo. Luego de que el Dylan falleciera de manera inmediata tras la brutal embestida, Mark tomó un cuchillo enorme y filoso e hizo lo impensable: separó el cráneo de su hijo del cuerpo, cortando huesos, ligamentos y los músculos superficiales, suprahioideos y los vertebrales profundos del cuello. De inmediato, en plena noche, Mark salió con el cráneo de su hijo en su camión y lo escondió bajo tierra en un sendero lejano a tres kilómetros. Luego, cambió de ruta hacia el Lago Vallecito, a unos dieciséis kilómetros de su casa, para depositar el resto del cuerpo de Dylan.

Al día siguiente, Mark se comunicó con Elaine para preguntarle si sabía algo de Dylan, al haber una negativa, la madre del niño le indicó al sujeto que contactara a la policía para reportar la desaparición. Elaine junto a una amiga de la familia, decidieron ir a Colorado para ayudar en la búsqueda. Según el relato paterno a la policía, la mañana posterior a la llegada de su hijo, Mark había salido al centro de la ciudad para hacer unas compras. Al volver a eso de las 12 ya no lo había encontrado en la casa. Solo había hallado un bowl de cereales sin comer sobre la mesa de la cocina y la televisión sintonizada en el canal Nickelodeon. No pensó nada grave, supuso que estaría por ahí. El hombre durmió una siesta de media hora ya que no estaba preocupado en ese momento. Al no saber nada de Dylan, pensó que podría haber salido y caído en manos de algún extraño que lo hubiera lastimado o, también, podría haber sido atacado por algún animal salvaje de la zona donde viven osos, lobos, zorros y alces.

La desaparición desató una búsqueda masiva por las montañas del suroeste de Colorado. Las autoridades peinaron los bosques buscando algo que indicara qué podría haber pasado con el adolescente. Revisaron la casa de Redwine y miraron que no hubiese rastros de sangre ni algo raro. Todo lucía normal. Pasaron semanas y luego meses, en los que Mark siguió empujando a las autoridades, como un padre sumamente preocupado, para que la búsqueda continuara activa. Él mismo viajó a distintos lugares donde pegó afiches con la cara de su hijo en los camiones. Y dio varias entrevistas televisivas, entre las que se incluía la revista norteamericana People donde declaró: "Tengo una misión y es la de nacionalizar la búsqueda de Dylan. Mantengo la esperanza de que lo volveré a ver."

En febrero de 2013, casi tres meses después de la "desaparición", Mark y Elaine fueron juntos al famoso programa de televisión Dr. Phil. Allí terminaron discutiendo a gritos y con acusaciones cruzadas. El conductor del programa le propuso a Mark sentarse frente a un detector de mentiras, pero él se negó rotundamente. Muchos sintieron sospechas y ya lo miraban con desconfianza. En el mes de junio de 2013, cuando se cumplían siete meses de la desaparición de Dylan, Mark recibió una llamada de la policía. En ese momento, Mark estaba trabajando con su camión a 2.250 kilómetros de distancia y tuvo que manejar unas treinta horas para regresar. Los investigadores le mostraron una serie de fotos tomadas de cinco huesos humanos hallados en el Lago Vallecito. 

Los peritajes forenses determinaron con estudios de ADN que pertenecían a Dylan. La policía le comunicó que posiblemente, el resto del cuerpo del menor había sido mutilado por animales salvajes. Los agentes pensaban en realidad que el lugar del hallazgo era un sitio inaccesible para que alguien de la edad de Dylan llegara por casualidad. Junto a los restos que habían encontrado también había un calzoncillo, unos auriculares Kicker, un zapato deportivo Nike Air Jordan, una media Fila y una franela blanca con inscripciones. Todos los objetos fueron reconocidos por su madre Elaine. La desaparición se había vuelto ahora una investigación criminal.

A principios del año 2014, la policía analizó una vez más la casa de Mark en busca de pruebas. Esa vez usaron luminol (un compuesto químico que demuestra la presencia de sangre). Encontraron rastros hemáticos diminutos en distintos lugares de la casa, como debajo de la alfombra en la sala de estar, en una punta de un almohadón, en el borde de una mesa de madera. Todo parecía indicar un pequeño sangrado itinerante por el ambiente. El perro especializado en búsqueda de cadáveres olfateó algo cerca del lavarropas, en la cocina y en la ropa que había usado Mark ese día. Otro de los perros siguió el rastro hasta el camión del padre. No habían pruebas suficientes para incriminar con certeza a Mark Redwine quien era el principal sospechoso, además de que continuó colaborando con la policía, indicando que quería darle a su hijo un funeral decente. En ese momento, Mark estaba en la mira de los detectives de homicidios y era considerado una "persona de interés" en el caso. Los investigadores no entendían por qué no estaba el cráneo junto a los huesos.

En el mes de noviembre de 2015, durante un recorrido deportivo, dos senderistas encontraron un cráneo en un camino de ruta. De inmediato comunicaron su descubrimiento a la policía, que lo mandó a analizar con los peritos forenses y se comprobó que era la cabeza perdida de Dylan. Los impactos que tenía el cráneo no pudieron haber sido provocados por acciones de un animal salvaje. Además, los expertos aseguraron que no existía ningún tipo de animal de la zona que pudiera transportar un cráneo tan lejos del cuerpo. Ya en este punto, el hombre era el animal que debían de tener en cuenta. Cory, el hermano mayor de Dylan se sumó a la investigación, indicando un indicio claro para el caso: lo acontecido en el descubrimiento de las fotos en la laptop de su padre. Él siempre sospechó que el responsable había sido su padre.

Ya para el año 2017, todos estaban convencidos de la culpabilidad de Mark Redwine en el crimen de su hijo, pero aún el caso estaba basado en evidencia circunstancial. Los fiscales decidieron seguir adelante y lo presentaron ante un gran jurado para ver si tenían suficiente prueba para ir a juicio. El caso fue admitido y Mark Redwine fue arrestado dos días después en Bellingham, Washington. El hombre estaba acusado de haber asesinado a su hijo Dylan. El proceso judicial estuvo lleno de retrasos sobre todo por la pandemia del COVID-19. El juicio terminó llevándose a cabo entre junio y julio del año 2021. El fiscal Fred Johnson presentó los hechos y explicó que la tensión familiar, después de los comprometedores hallazgos de Dylan, había sido intensa. El contenido explícito de la conducta desviada de su padre había impactado demasiado en los hijos.

La acusación sostuvo que el móvil del acusado había sido acallar al menor. En un momento de furia y desesperación, Mark le habría dado brutales golpes en la cabeza con una herramienta y, una vez muerto, le habría cortado la cabeza. Luego se habría deshecho de ambas partes en sitios diferentes. Sin embargo, la defensa del acusado argumentó que los rastros hallados de sangre eran insignificantemente pequeños y que podría deberse a cualquier sangrado accidental de alguien que viviera en la casa. Y descalificaron la tarea de los perros especialistas en detectar cadáveres.

Después de un juicio de cinco semanas con docenas de testigos y centenas de piezas de evidencia, Mark Redwine, de 60 años de edad, fue declarado culpable por el jurado, de asesinato en segundo grado y abuso de un menor que resultó en su muerte. En el mes de octubre de 2021, fue condenado a pasar cuarenta y ocho años en prisión.