Imagina a una persona caminando en una calurosa tarde de verano. Una mujer que, con paso tranquilo y sintiendo el peso de una vida que crece en su vientre, recorre la ruta sin prisa, pero a buen ritmo. Cruza la calle para encontrarse con un amigo de toda la vida, en un lugar ubicado a escasos metros de distancia. Las cámaras de seguridad del barrio graban a la chica caminando y doblando por las esquinas y, en cuestión de segundos, simplemente desaparece. No hay gritos, no hay forcejeos, no hay testigos. La mujer se convierte en un fantasma a plena luz del día. Esto fue lo que mantuvo a un país entero pegado a la pantalla del televisor durante casi 500 días, buscando a una joven que parecía haber sido tragada por la tierra. Lo que nadie sabía en ese momento era que la respuesta a este enigma no estaba lejos, ni en otro territorio, sino que estaba ubicada en el lugar más cercano y perturbador posible.
La pesadilla comenzó el 10 de febrero del año 2018 en la comuna de Conchalí, un barrio de Santiago de Chile. Fernanda Maciel tenía 21 años y estaba embarazada de siete meses. Esperaba una niña a la que ya había decidido llamar Josefa. Era un sábado por la tarde cuando Fernanda salió de su casa usando un vestido ligero. Su destino era una vieja bodega a tan solo media cuadra de distancia, un lugar que funcionaba como taller y donde trabajaba un vecino cercano. Una cámara de vigilancia de la calle captó el momento exacto en que Fernanda caminaba hacia allá. En el video se le ve relajada, confiada en el entorno que conocía desde niña. Sin embargo, ese pequeño y borroso fragmento de grabación se convirtió en la última imagen que el mundo tendría de ella. Pasaron las horas, cayó la noche y Fernanda no regresó. Su teléfono dejó de sonar. Su familia comenzó a desesperarse, también Luis Petersen, su novio y padre de su bebé.
Lo que siguió a la desaparición fue uno de los misterios más mediáticos, extraños y frustrantes en la historia del país. Durante 499 días, la incertidumbre devoró a su familia. La policía no se topó con pistas y desde el principio fue caminar a ciegas. En lugar de enfocarse a fondo en el último punto donde fue vista, la investigación se desvió por caminos insólitos. Se corrieron rumores de que Fernanda había huido por miedo, de posibles vínculos oscuros con grupos ilícitos del barrio, e incluso la policía extendió la búsqueda hasta Bariloche, en Argentina. La televisión nacional se llenó de supuestos videntes y adivinos que daban información falsa y macabra, asegurando que la veían en montañas, en ríos o secuestrada por redes criminales. Todo esto solo sirvió para crear confusión y prolongar la agonía de la familia. Y mientras el país entero miraba hacia las fronteras y los cerros, el verdadero monstruo estaba sentado en la misma cuadra, observando cómo todos buscaban a su víctima.
Felipe Rojas no era un extraño. Era un vecino de toda la vida, un joven con el que Fernanda había compartido desde la infancia. Él era precisamente la persona que trabajaba en la bodega hacia la cual se dirigía la joven ese día. Cuando las autoridades y la familia le preguntaron, Felipe se mostró increíblemente tranquilo y cooperativo. Su versión era simple y, al principio, convincente: dijo que efectivamente la había invitado a la bodega, pero que ella nunca llegó. Para darle más credibilidad a su mentira, Felipe mostró su teléfono celular. Ese 10 de febrero, le había enviado un mensaje de texto a Fernanda que decía: "Te esperé cualquier rato, pero no llegaste. Yo ando cleteando (andando en bicicleta)". Durante un año y medio, Felipe Rojas dio entrevistas, vio a la madre de Fernanda y al novio de esta última, Peter, llorar de desesperación frente a las cámaras, y actuó como un vecino preocupado más, ocultando un secreto asqueroso detrás de su mirada gélida.
A pesar de todas las distracciones de la policía, la familia de Fernanda siempre tuvo un presentimiento muy oscuro sobre esa bodega. Algo en sus instintos les decía que la respuesta estaba ahí. Finalmente, el 24 de junio de 2019, la presión y la insistencia obligaron a las autoridades a realizar una búsqueda mucho más agresiva y especializada en el taller de Felipe. Lo que descubrieron allí paralizó la respiración de todos los presentes. Bajo gruesas capas de tierra, escombros, cal (usada específicamente para ocultar los olores de la descomposición) y una pesada plancha de cemento, encontraron un bulto envuelto en telas. Eran los restos de Fernanda Maciel. Junto a ella, también estaban los restos fetales de su pequeña hija. La joven madre nunca había salido de ese lugar. Apenas a 50 metros de su propia cama, había estado enterrada en la oscuridad absoluta mientras todo el país gritaba su nombre.
Con el hallazgo del cuerpo en su lugar de trabajo, Felipe Rojas fue acorralado. En un intento desesperado por salvarse, inventó una historia ridícula. Le confesó a una expareja que todo había sido un trágico accidente; que Fernanda se había resbalado, se había golpeado la cabeza con el filo de una mesa, empezó a convulsionar y que él, estando bajo los efectos de las drogas, entró en pánico, la envolvió y la enterró en un pozo. Pero los huesos y la carne cuentan la historia que los asesinos intentan callar. La ciencia forense no miente, y la autopsia reveló una verdad aterradora: la causa de muerte de Fernanda no fue un golpe accidental, sino asfixia. Felipe la había estrangulado con un trozo de tela.
La investigación destapó detalles que hielan la sangre. Aquel día, mientras conversaban en la bodega, Felipe le había tomado fotos al cuerpo y a las piernas de Fernanda sin que ella se diera cuenta. Esas imágenes desataron en él una oscura obsesión sexual momentánea. Lejos de ser un accidente, fue un ataque salvaje. Felipe abusó sexualmente de su amiga de toda la vida, la asesinó posteriormente, sabiendo perfectamente que llevaba un bebé en su vientre, la amarró, le robó el celular para ir a venderlo a un mercado local, y luego pasó horas cavando una fosa profunda, tapándola con cemento para borrar su crimen.
En el año 2023, la justicia finalmente alcanzó a este depredador disfrazado de vecino inofensivo. Felipe Rojas admitió haber realizado actos de penetración sexual y fue declarado culpable de violación con homicidio, aborto e inhumación ilegal, y fue condenado a la pena máxima: presidio perpetuo.
El caso de Fernanda Maciel se cerró, dejando una cicatriz imborrable en la memoria colectiva y la escalofriante lección de que, a veces, los peores horrores no se esconden en callejones desconocidos, no son monstruos que aparecen en un callejón. Muchas veces, lucen "normales", saludando y sonriendo a la gente, dando los buenos días detrás de la sonrisa de un amigo de la infancia.


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