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domingo, 25 de octubre de 2026

4° ESPECIAL DE HALLOWEEN: Un Exorcismo en la Capilla de San Antonio Panzacola

El barrio de Coyoacán, en la Ciudad de México, es famoso por sus calles empedradas, sus cafeterías bohemias y ese aire colonial que te hace sentir en otra época. Es un lugar lleno de vida, turistas y artistas. Sin embargo, detrás de esa fachada pintoresca, Coyoacán esconde secretos oscuros en sus rincones más antiguos. Hay callejones por los que nadie quiere pasar de noche y edificios que guardan un silencio que pone los pelos de punta. Uno de estos lugares es la pequeña y antigua Capilla de San Antonio Panzacola. Si se camina por la zona, se podrá ver, de pie, con su estructura de piedra junto a un viejo puente. Pero algo extraño se puede notar de inmediato: sus puertas están cerradas. No es un cierre temporal por remodelación. Es un cierre definitivo, un sello de silencio. Los guías de turistas a veces la mencionan de pasada, pero los vecinos más viejos bajan la voz cuando hablan de ella. Lo que ocurrió en su interior hace unas décadas fue tan intenso y perturbador, que las autoridades eclesiásticas decidieron que nadie más debía cruzar ese umbral. Esta es la historia de la noche en que el mal puro entró a la capilla... y de cómo una parte de él nunca salió.

Todo comenzó a finales del siglo pasado. Era una de esas noches frías y lluviosas en las que las calles de Coyoacán se vacían temprano. Una familia acomodada de la zona llegó a las puertas de la capilla en total secreto. No querían que nadie los viera. Bajaron de un automóvil oscuro con mucha prisa, casi arrastrando a su hija adolescente. La joven llevaba semanas comportándose de una manera que la ciencia y los médicos no podían explicar. Había pasado por hospitales y psiquiatras. Le hicieron todo tipo de estudios, pero los resultados siempre salían normales. Sin embargo, en casa, la realidad era una pesadilla. La chica pasaba días sin dormir, hablaba en idiomas que nunca había estudiado y demostraba una fuerza brutal, capaz de lanzar muebles pesados con un solo brazo. Pero lo peor no era la fuerza, sino la mirada. Sus padres decían que cuando la veían a los ojos, ya no veían a su hija; veían a algo que los odiaba profundamente.

Desesperados y sin más opciones, acudieron al sacerdote de la Capilla de San Antonio Panzacola. El padre, un hombre mayor y de mucha fe, los recibió por la puerta trasera. Al ver a la joven, el ambiente en la habitación cambió de golpe. El aire se volvió helado, como si hubieran abierto la puerta de un gran congelador. La chica, que hasta ese momento venía con la cabeza agachada y el cuerpo débil, levantó el rostro. Su mandíbula estaba tensa y soltó una risa seca, grave, que retumbó en las paredes de piedra. El sacerdote no necesitó más pruebas. Sabía exactamente a lo que se enfrentaba. Les dijo a los padres que se apartaran, que cerraran la iglesia por dentro y que, pasara lo que pasara, no interrumpieran. La joven necesitaba una intervención religiosa urgente. Estaba poseída.

El rito comenzó en el área principal de la iglesia, frente al altar. El sacerdote se puso su estola morada, tomó su libro de oraciones, su crucifijo y un frasco de agua bendita. Al pronunciar las primeras palabras en latín, la chica reaccionó de manera violenta. Se tiró al suelo y comenzó a retorcerse como si sus huesos se estuvieran rompiendo. El sonido de sus articulaciones tronando llenó el lugar, mezclándose con los truenos de la tormenta que caía afuera. Cuando el padre le arrojó la primera gota de agua bendita, la piel de la joven pareció quemarse. Salía un humo ligero de su ropa y ella gritó con una voz doble, como si dos personas, un hombre y una bestia, estuvieran gritando al mismo tiempo. La batalla acababa de empezar, y el demonio no tenía ninguna intención de irse sin pelear.

El exorcismo duró horas. Fue una lucha agotadora, física y mental. El ente dentro de la chica se burlaba del sacerdote, le recordaba sus pecados más íntimos y trataba de quebrar su fe. Hubo momentos en los que todo parecía perdido. Las bancas de madera crujían solas, las velas se apagaban de golpe y un olor a carne podrida y azufre inundó la capilla, haciendo que los padres de la chica vomitaran en una esquina. La fuerza del demonio era tan grande que, en un punto, la joven se levantó del suelo levitando unos centímetros, con los ojos completamente en blanco, y lanzó al sacerdote por los aires de un solo golpe invisible. El hombre cayó fuerte contra las escaleras del altar. Estaba sangrando, cansado y aterrado. Estuvo a punto de rendirse, a punto de aceptar que no la iban a librar y que esa entidad iba a apoderase del alma de la chica esa misma noche.

Pero el sacerdote sacó fuerzas de donde no tenía. Se arrastró de nuevo hacia ella, levantó el crucifijo manchado con su propia sangre y gritó con toda su voz, exigiendo al demonio que abandonara ese cuerpo en el nombre de Dios. Fue un choque de energías brutal. Las ventanas de la iglesia vibraron hasta casi romperse. Un grito desgarrador, que no sonaba humano, salió de la boca de la chica, rebotando en el techo de la capilla, hasta que de pronto, hubo un silencio total. La joven cayó al suelo, desmayada, pero respirando con normalidad. Su rostro había recuperado su color y la tensión en sus músculos desapareció. El exorcismo se había completado. El demonio había sido expulsado y la familia, llorando de alivio, se llevó a su hija lejos de ahí antes de que amaneciera.

La joven se salvó, pero la capilla no corrió con la misma suerte. El templo sufrió graves secuelas espirituales. Después de esa noche, el lugar nunca volvió a ser el mismo. El aire adentro se volvió pesado, asfixiante. Las flores que ponían en el altar se marchitaban en cuestión de horas. Los pocos feligreses que intentaron entrar a misa en los días siguientes salían con dolores de cabeza insoportables, náuseas y una sensación de tristeza profunda, como si alguien los estuviera observando con odio desde los rincones oscuros. El sacerdote supo que, aunque el demonio había salido del cuerpo de la chica, su rastro y su rabia se habían quedado impregnados en las paredes y en el piso del lugar. La energía era demasiado densa, demasiado peligrosa. Por eso, poco tiempo después, se tomó la decisión definitiva: la Capilla de San Antonio Panzacola sería cerrada al público para siempre.

Muchos de los que conocen la historia del exorcismo se hacen siempre la misma pregunta: si el sacerdote logró ganar la batalla y expulsar al demonio del cuerpo de la joven, ¿por qué la capilla quedó tan maldita? ¿Por qué la energía oscura no simplemente se esfumó en el aire? La respuesta no tiene que ver con la fuerza del sacerdote, ni con la chica, sino con algo mucho más antiguo y poderoso: la ubicación exacta del templo y el agua que corre a su lado.

Y es que, la Capilla de San Antonio Panzacola no está construida en cualquier lugar. Está levantada justo a la orilla del Río Magdalena, el último río vivo y al aire libre que le queda a la Ciudad de México, y para llegar a ella, se tiene que cruzar un antiguo puente de piedra. Este detalle, que para los turistas es solo un paisaje bonito, en el mundo del misticismo y lo paranormal es una trampa perfecta.

Desde hace siglos, en casi todas las culturas y religiones del mundo, se sabe que el agua tiene un poder espiritual inmenso. No por nada se usa el agua bendita para bautizar, purificar y quemar a las entidades oscuras durante los exorcismos. Pero el agua en la naturaleza, como la de un río que corre con fuerza, tiene otra función mucho más aterradora y fascinante: actúa como un muro, una frontera invisible que los espíritus y los demonios no pueden cruzar. El agua corriente absorbe la energía estática, la rompe y no deja que las presencias del bajo astral la atraviesen.

La noche del exorcismo, cuando el sacerdote por fin obligó al ente a soltar a la joven, esa energía negra, pesada y cargada de odio salió disparada del cuerpo de la chica buscando desesperadamente una ruta de escape. Un demonio expulsado necesita huir, esparcirse o encontrar un nuevo lugar oscuro donde esconderse. El ente intentó salir por las puertas y ventanas para perderse en las calles de Coyoacán, pero chocó de frente con la corriente del Río Magdalena. El sonido del agua fluyendo, que desde afuera parecía pacífico, para esa entidad fue como estrellarse contra un muro de concreto y fuego. El río formó una barrera natural impenetrable. El puente no le servía de nada, porque el agua que pasaba por debajo cortaba cualquier puente energético. El demonio estaba acorralado.

Al darse cuenta de que no podía cruzar el río para escapar, esa masa de rabia y pura maldad rebotó violentamente hacia el interior de la capilla. Como si fuera humo tóxico dentro de un frasco de vidrio tapado, la entidad no tuvo más remedio que buscar refugio en la estructura del templo. Se aferró a la piedra volcánica de las paredes, se metió entre las grietas de la madera del altar y se hundió en la tierra misma bajo el piso de la iglesia.

Esa es la verdadera razón por la que la Capilla de San Antonio Panzacola quedó corrompida. El Río Magdalena, en su intento por proteger al resto del barrio de Coyoacán de esa energía demoníaca, funcionó como un candado eterno. El agua selló la zona y la entidad no se quedó ahí porque quisiera, se quedó porque el río la atrapó. Por eso el ambiente adentro es tan asfixiante y es la razón por la que decidieron no volver a abrir las puertas. El río sigue fluyendo todos los días, manteniendo la barrera activa, asegurándose de que lo que sea que quedó atrapado esa noche lluviosa en las paredes de la capilla, no pueda cruzar el puente jamás.

Hoy en día, el misterio sigue vivo. La gente que vive cerca o que tiene que pasar de madrugada por el puente histórico colonial de Coyoacán, cuenta historias que hielan la sangre. Aseguran que la energía alrededor de la capilla es tan pesada que casi se puede palpar. Los perros que pasan por la cuadra bajan la cabeza, gruñendo hacia las puertas cerradas del sacro templo corrompido. Pero lo más aterrador es lo que se escucha. En el silencio de la noche, muchos vecinos juran escuchar ruidos extraños que provienen del interior del templo vacío. Hablan de golpes sordos contra la madera, de murmullos en idiomas irreconocibles y, a veces, de lamentos o gritos desgarradores que te ponen la piel de gallina.

La advertencia entre los locales es clara: si se camina de noche por Coyoacán y se pasa cerca de la Capilla de San Antonio Panzacola, no se debe detener, se escuche lo que se escuche. Se debe seguir el camino sin mirar atrás, acelerar el paso y no poner atención a las sombras. Porque dicen que la energía es tan oscura que, si se demuestra miedo o curiosidad de más, se corre el riesgo de que la oscura entidad del sitio siga a la persona hasta su casa.

domingo, 23 de agosto de 2026

Un amor venenoso - Myra Hindley e Ian Brady

Hay lugares en el mundo que parecen guardar secretos bajo la tierra. Sitios donde el viento sopla de una manera un poco más fría y el silencio se siente denso, casi pesado. A las afueras de una ciudad de Manchester, en Oldham, donde terminan las calles grises y comienza la naturaleza salvaje, existe una vasta extensión de hierba alta y niebla conocida como el páramo de Saddleworth. Si se transita por allí durante una tarde de otoño, solo se vería belleza desolada. Pero debajo de esa quietud, el suelo esconde la sombra de una de las historias más oscuras y desconcertantes del siglo pasado. No es una historia de monstruos con garras y colmillos, sino de algo mucho más incómodo: dos personas absolutamente comunes que, al encontrarse, crearon una tormenta perfecta.

Corría el año 1961 en Manchester, Inglaterra. Era una época de fábricas, humo y rutinas predecibles. En una de esas tantas oficinas trabajaba Myra Hindley, una joven mecanógrafa de 18 años. Myra era una chica de clase trabajadora, algo tímida y sin grandes ambiciones, cuya vida pasaba sin hacer ruido.

Pero entonces conoció al nuevo empleado de la compañía: Ian Brady. Ian era diferente. Tenía una postura rígida, vestía de forma impecable y casi nunca hablaba con nadie. Mientras los demás empleados bromeaban en la hora del descanso, él leía libros de filosofía oscura, política extrema y textos sobre crímenes. Había algo en su frialdad, en su mirada cortante, que resultaba extrañamente atractivo para Myra.

Al principio, él la ignoró por completo. Pero Myra estaba fascinada. Empezó a escribir su nombre en su diario una y otra vez. Se obsesionó. Cuando finalmente Ian empezó a hablarle, no fue para tener citas románticas comunes. Ian la introdujo en su mundo: le dio a leer libros del Marqués de Sade, le habló de la ideología nazi y le enseñó a ver al resto de la humanidad como seres inferiores. El amor de Myra no era solo romántico; era una devoción ciega. Estaba dispuesta a moldear su mente, su aspecto e incluso su moralidad, solo para complacer al hombre de sus sueños.

Pronto, la pareja se volvió inseparable. Se aislaron del mundo exterior. En su pequeña burbuja, las reglas de la sociedad ya no aplicaban. Ian se sentía un dios intocable y Myra era su devota sacerdotisa. Compraron cámaras de fotos, grabadoras de cinta y alquilaron un automóvil. Los fines de semana, no iban al cine ni a los bailes como los demás jóvenes. Subían al páramo de Saddleworth. Allí, en la inmensidad del paisaje vacío, Ian practicaba tiro al blanco y hablaban de cruzar la línea definitiva. 

Ian quería demostrar que, si uno es verdaderamente superior, puede tomar una vida sin sentir culpa. Myra estaba totalmente de acuerdo a cualquier cosa que él dijera. Si Ian lo quería, ella lo haría. Lo más aterrador de su dinámica es que Myra no era una víctima pasiva de Ian. Ella se convirtió en el cebo perfecto. ¿Quién iba a desconfiar de una mujer joven y de aspecto amable que ofrecía llevar a casa a unos jóvenes en su automóvil en una noche fría?

Entre los años 1963 y 1965, la ciudad de Manchester comenzó a notar algo extraño. Algunos niños y adolescentes simplemente no volvían a casa. El primero fue Pauline Reade, de 16 años. Luego John Kilbride, de 12. Más tarde Keith Bennett, también de 12. Después Lesley Ann Downey, de 10 años. Jóvenes que iban a una feria, a comprar un disco o simplemente caminando por la calle, y que de repente se desvanecían en el aire. Mientras las familias buscaban desesperadamente y la policía buscaba pistas, Ian y Myra seguían yendo a trabajar como si nada. Por las tardes, preparaban té en su casa. Y los fines de semana, volvían a los páramos.

Pero estos viajes tenían un propósito macabro. Tomaban fotografías del paisaje. En las imágenes, Myra posaba sonriente, abrazando a su perro, o Ian miraba fijamente a la cámara con el viento alborotando su cabello. Parecían fotos de vacaciones ordinarias. Lo que nadie sabía era que estaban posando exactamente sobre los lugares donde habían enterrado a sus víctimas. Eran trofeos visuales. Aún más incómodo era lo que guardaban en casa. Ian y Myra grabaron en cinta el sufrimiento de al menos una de sus víctimas, la pequeña Lesley Ann, capturando sus súplicas mientras ellos ponían música navideña de fondo para ahogar el ruido. Guardaban la cinta como quien guarda un recuerdo valioso. La banalidad con la que trataban el mal era espeluznante. Pero, como ocurre a menudo cuando alguien se cree intocable, se volvieron descuidados. Querían presumir.

Myra tenía un cuñado de 17 años llamado David Smith. Ian quería impresionarlo, quería reclutarlo para su oscuro mundo y demostrarle lo que era capaz de hacer. Una noche de 1965, Myra invitó a su casa a un joven de 17 años llamado Edward Evans. Con David presente en la casa, Ian asesinó a Edward de manera brutal. Esperaban que David se uniera a ellos, que admirara la violencia. Pero David no era como ellos. Aterrorizado, fingió estar de acuerdo y ayudó a limpiar la escena, pero en cuanto pudo salir de la casa, corrió en medio de la noche hacia una cabina telefónica y llamó a la policía. Cuando las autoridades irrumpieron en la casa a la mañana siguiente, encontraron a Ian y Myra vestidos con ropa de domingo, tranquilos, rodeados de libros oscuros y fotografías extrañas. El cuerpo de Edward seguía allí.

El juicio de los "Asesinos de los Páramos" conmocionó al mundo entero. El contraste entre la crueldad de los actos y el aspecto aburrido y de oficinistas de ambos acusados dejó a la sociedad sin respuestas. Las víctimas eran abusadas físicamente y agredidas sexualmente. En los ojos de la pareja no había locura evidente, solo un vacío absoluto.

Ian Brady nunca mostró una gota de remordimiento. Myra Hindley pasó décadas en prisión intentando convencer al mundo de que Ian la había obligado, de que ella había sido solo una mujer bajo el control de un monstruo. Pero las pruebas, las fotos y las grabaciones decían lo contrario: ella había disfrutado del control y del secreto tanto como él. Ambos murieron en prisión; Myra el 15 de noviembre de 2002, tras una enfermedad de pulmón, e Ian el 15 de mayo de 2017, donde se encontraba ingresado en el hospital de Ashworth en Liverpool, Merseyside, desde el año 1985.

Ambos se llevaron a la tumba la ubicación exacta de una de sus víctimas; el joven Keith Bennett, dejando a una familia buscando en el páramo durante décadas.

Hoy, el páramo de Saddleworth sigue siendo igual de hermoso e igual de desolado. La niebla sigue bajando por las colinas al atardecer. Pero para cualquiera que conozca la historia, el lugar nunca volverá a ser solo un paisaje. Es un recordatorio incómodo de que, a veces, los monstruos no viven bajo la cama; a veces trabajan en el escritorio de al lado.

domingo, 26 de julio de 2026

La isla que miró a los pescadores de Tabasco

Se dice a menudo que conocemos más sobre la superficie de la luna que sobre el fondo de nuestros propios mares. Nuestro planeta es un inmenso mundo de agua, lleno de profundidades oscuras y regiones donde el ser humano nunca ha puesto un pie. ¿Qué criaturas gigantescas y olvidadas por el tiempo se esconden bajo las olas? A veces, el agua nos da pequeñas pistas de que no estamos solos, y de que la naturaleza guarda secretos mucho más grandes que nuestra imaginación. Esta es la historia de uno de esos secretos. Un hecho extraño y casi olvidado que tuvo lugar en el calor asfixiante de agosto de 1978, en las quietas aguas de una laguna en Tabasco, México. Un evento que comenzó como una simple curiosidad geográfica, pero que rápidamente se transformó en una experiencia que heló la sangre de quienes la vivieron.

Antes de sumergirnos en lo que pasó aquel verano, es importante recordar lo inmenso y desconocido que es el mundo acuático. Durante siglos, los marineros han contado historias de monstruos marinos, serpientes gigantes y bestias del tamaño de montañas. Muchas de estas historias eran tratadas como simples cuentos o alucinaciones provocadas por el cansancio. Sin embargo, con el paso de los años, la ciencia ha demostrado que algunas de esas leyendas eran reales. El calamar gigante, por ejemplo, pasó de ser un mito de piratas a un animal documentado por biólogos. Si el océano infinito esconde animales de este tamaño, ¿qué nos asegura que las lagunas profundas, los ríos anchos y los pantanos conectados al mar no albergan a visitantes desconocidos?

Tabasco es un estado del sureste de México, famoso por su capital Villahermosa, su gran cantidad de ríos y su selva tropical. Tabasco es considerado una tierra de agua ya que concentra cerca del 33 % del agua dulce superficial de México y cuenta con una red hidrológica muy compleja de ríos, lagunas y pantanos que son el hogar de pescadores que conocen cada curva, cada corriente y cada banco de arena de la región. Para estos hombres, el agua es su oficina, y conocen su entorno como la palma de su mano.

Fue en una de estas rutas diarias, a mediados de agosto de 1978, cuando un grupo de pescadores notó algo fuera de lugar. A lo lejos, flotando en medio de la laguna, había una pequeña isla. Al principio, no le dieron mucha importancia. En estas zonas, a veces grandes pedazos de tierra, raíces y plantas se desprenden de las orillas por las fuertes lluvias y terminan flotando a la deriva. Lo extraño era que esta masa en particular no figuraba en ningún mapa mental de los pescadores, y parecía tener un tamaño considerable. Estaba cubierta de hierba alta, lodo y raíces largas que colgaban hacia el agua oscura.

El verdadero misterio comenzó en los días siguientes. Los pescadores que salían al amanecer se daban cuenta de que la isla no estaba donde la habían dejado el día anterior. Un lunes, la masa de tierra estaba cerca de la orilla norte. Para el miércoles, había cruzado gran parte de la laguna y descansaba en el centro. Las corrientes de esa zona no eran lo suficientemente fuertes como para mover un pedazo de tierra tan pesado con tanta rapidez, y mucho menos en direcciones contrarias al flujo del agua. La pequeña isla parecía estar explorando la laguna, como si bailara. Cambiaba de posición, a veces desaparecía entre la niebla de la mañana y luego volvía a aparecer en una zona completamente distinta. La curiosidad en los pueblos cercanos empezó a crecer, mezclada con un sentimiento de inquietud. ¿Cómo podía moverse sola?

El miedo a lo desconocido siempre compite con la curiosidad humana, y casi siempre gana la curiosidad. Después de varios días de observar esta rareza desde lejos, un grupo de pescadores valientes decidió que ya era hora de descubrir qué estaba pasando. Se subieron a sus pequeñas lanchas de madera y comenzaron a remar hacia la isla flotante. El día estaba tranquilo, el sol brillaba con fuerza y no había viento. A medida que se acercaban, el silencio en la laguna se hacía más profundo y pesado. Desde unos metros de distancia, la isla se veía normal. Había vegetación húmeda, raíces gruesas y lo que parecía ser tierra oscura. Sin embargo, al llegar a la orilla de esta misteriosa masa, el olor no era el de tierra mojada o plantas podridas. Era un olor distinto, fuerte y vivo.

Uno de los pescadores extendió su remo para tocar la orilla y tratar de anclar la lancha. Fue entonces cuando todo cambió. El remo no golpeó lodo suave ni roca dura. Rebotó de una manera extraña. El hombre se inclinó, extendió la mano y tocó la superficie. Lo que sintió lo dejó sin aliento. No era tierra. Era una superficie cálida, gruesa y áspera. Era piel. Aquella cosa no era un trozo de tierra flotante. La vegetación, el lodo y las raíces no habían crecido de un suelo fértil, sino que se habían acumulado y pegado sobre el lomo de un animal gigantesco que descansaba justo debajo de la superficie.

Antes de que los hombres pudieran gritar o dar la vuelta a sus lanchas, la "isla" se movió. El agua alrededor comenzó a agitarse y a burbujear. Un sonido sordo y profundo vibró debajo de las lanchas, como el latido de un corazón enorme. En ese momento de pánico absoluto, a pocos metros de los pescadores, la piel cubierta de raíces se arrugó, la superficie se partió y un inmenso ojo se abrió. Era un ojo brillante, antiguo e inteligente, del tamaño de una llanta de camión. Miró directamente a los hombres en sus pequeñas lanchas de madera. En esa mirada no había enojo, solo la fría y aterradora tranquilidad de una criatura que pertenece a un mundo mucho más antiguo y profundo que el nuestro.

El terror se apoderó de los pescadores, quienes remaron con todas sus fuerzas de regreso a la costa, sin mirar atrás. Escucharon el sonido de mucha agua moviéndose, como si una pequeña montaña se estuviera hundiendo. Cuando finalmente llegaron a tierra firme y se atrevieron a mirar hacia la laguna, la isla había desaparecido. El agua volvía a estar plana y tranquila, como si nada hubiera pasado. Nadie volvió a ver a la criatura. Las búsquedas posteriores en la laguna no arrojaron ningún resultado. Lo que sea que fue, tal vez encontró su camino de regreso al vasto y desconocido océano, o tal vez simplemente volvió a dormir en el lodo profundo, esperando otra década u otro siglo para salir a tomar el sol.

Hoy, la historia de la isla que abrió los ojos en 1978 sigue viva entre los más viejos del lugar. Y nos recuerda una verdad incómoda, pero fascinante: cada vez que miramos la superficie oscura del agua, en realidad no tenemos ni la menor idea de qué nos está devolviendo la mirada.

domingo, 28 de junio de 2026

PUBLICACIÓN ESPECIAL: Terremotos en Venezuela

Tomando en cuenta el lamentable y trágico hecho ocurrido el 24 de junio del presente año 2026, realizo esta publicación especial para hacer un paréntesis en la historia de mi país natal, Venezuela, en cuanto a un antes y un después del gran sismo. Venezuela es un país bendecido con paisajes naturales impresionantes y una rica cultura, pero más allá de eso, desde más de 100 años ha sido testigo de acontecimientos sísmicos en varios momentos de su historia, que han dejado una huella imborrable en el territorio y en la memoria colectiva de muchos. En un rincón del mundo lleno de contrastes y belleza, los terremotos han sido recordatorios de la fuerza de la naturaleza y de la fragilidad de la vida. Aquellos que han vivido la experiencia de un temblor en este país latinoamericano recuerdan con nostalgia y asombro esos momentos de incertidumbre, como si la tierra bajo sus pies les estuviera hablando.

La geografía de Venezuela es un mosaico de montañas, llanuras y costas, pero también de placas tectónicas en constante actividad. La interacción entre la Placa del Caribe y la Placa Sudamericana ha hecho que esta región sea propensa a movimientos sísmicos. Aunque muchos temblores son leves y pasan desapercibidos, otros han tenido consecuencias devastadoras. A continuación, revisaremos algunos de los terremotos más notables en la historia de Venezuela, ya que el primer reporte que se tiene, es del siglo XVI, en el año 1530 en Cumaná, capital del Estado Sucre. Tuvo una magnitud de entre 7.1–7.5 en la escala de Richter.

  • El Terremoto de 1812

El jueves 26 de marzo de 1812, que era Jueves Santo, los líderes patriotas planificaban una campaña contra la provincia de Guayana, aún monárquica, y detener la ofensiva enemiga desde el oeste. La ciudad de Caracas estaba adornada y con el pueblo congregado en las iglesias. A las 04:05 de la tarde empezó una rápida sacudida en la tierra que duró 26 segundos. Al final de este, los edificios estaban en ruinas y miles sepultados; escenas similares se produjeron en otras ciudades y pueblos. Curiosa pero razonablemente, en la ciudad de La Guaira, conocido antes como Estado Vargas, no quedó edificación en pie, a excepción de la casa de la Aduana y las murallas. Horas antes, a las 2:30 de la tarde, tembló en Santa Cruz de Mompox, pueblo de Colombia en el distrito Bolívar, y al día siguiente en la isla San Vicente, donde el volcán La Soufrière entró en erupción. La reacción inmediata del gentilicio fue de consternación. En las plazas públicas se reunieron grupos de sobrevivientes a suplicar de rodillas a cielo, mientras otros movían los escombros para rescatar a los familiares y amigos que gemían pidiendo ayuda. Las mujeres empezaron a cambiar sus vestidos elegantes por trajes humildes en señal de penitencia. Muchos hombres dejaron sus trajes de gala para hacer procesiones usando únicamente una ancha correa, con los pies descalzos, sus barbas sin afeitar, en sus cuellos una cuerda sujetando una gran piedra y en sus espaldas cruces de madera. Iban a los cerros cercanos a las ciudades a implorar, hambrientos, clemencia divina y a besar reliquias de los santos.

La situación sólo empeoraba por las constantes réplicas. A la medianoche de la jornada del terremoto principal vino una fuerte réplica de entre 5 y 6 segundos, luego otra de entre 10 a 12 y una tercera más breve. El gobierno local se reunió en la plaza frente a la catedral de Santa Ana, en la Parroquia Catedral del Municipio Libertador, y envió ayudas a los extremos de la urbe, sin embargo, no había medicinas, alimentos ni provisiones. Finalmente, ese mismo día, el gobierno federal declaró la ley marcial para impedir saqueos y ordenan quemar todo cadáver que se encontrara para evitar una epidemia de cólera (en la época se creía en la teoría miasmática: antigua hipótesis médica que atribuía enfermedades como el cólera o la peste a los miasmas: emanaciones fétidas provenientes de materia orgánica en descomposición, suelos impuros y aguas estancadas). En el pánico, los vecinos se acusaron entre sí haber traído la ira de los cielos y muchos, al no encontrar sacerdotes, confesaron públicamente sus crímenes en la calle, incluyendo robos y asesinatos. En los dos días siguientes más de 2000 personas que vivían en concubinato se casaron, muchos niños ilegítimos porque sus madres eran prostitutas fueron reconocidos por sus padres y personas abandonadas por sus familias a causa de su pobreza fueron acogidos por sus parientes. Muchos empezaron a buscar a sus parientes desaparecidos o huyeron a los campos y montañas.

Los primeros estudios científicos del evento fueron realizados por Melchor Centeno Grau en su libro Estudios Sismológicos (1940), quien planteó que el fenómeno fue tectónico y tuvo un carácter multifocal. Basado en los registros de los daños, creía que un epicentro estaba en el mar Caribe, entre el archipiélago de Los Roques y la costa de La Guaira, y fue el que causó los daños en la capital y su puerto; otro entre San Felipe, Barquisimeto y El Tocuyo; y un tercero al sur del lago de Maracaibo, en la cordillera de los Andes, causante de la destrucción de Mérida.

El hecho que ocurriera un Jueves Santo y que ciudades republicanas como Caracas, La Guaira, Mérida, El Tocuyo, San Felipe, Maiquetía, Antímano, Chacao, Baruta y La Vega acaban destruidas, que Barquisimeto, La Victoria y Valencia fueron afectadas en menor medida, y en cambio, urbes monárquicas como Coro, Siquisique, La Vela, Carora, Maracaibo y Angostura salieron relativamente indemnes. Sirvió a los frailes y sacerdotes realistas para predicar que había sido un castigo del cielo por alzarse contra Fernando VII de España. También señalaron que sucedía en el segundo aniversario de la deposición de Vicente Emparan, lo que convenció a muchos de ponerse en contra de los republicanos. Se dice que en esa situación, el coronel y Libertador Simón Bolívar dijo: "¡Si la naturaleza se opone, lucharemos contra ella y haremos que nos obedezca!", en respuesta a los clérigos realistas.

Luego, nueve días después tras el primer evento, el 4 de abril de 1812, se produjo una réplica histórica. Aunque el sismo fue más suave que el principal, el temblor destacó por registrarse casi sin pausa por ocho horas ininterrumpidas, una duración inusualmente larga. Ese día, a las 4:00 de la tarde, la tierra volvió a estremecerse con una de las réplicas más fuertes registradas en la época. Este evento prolongado terminó de derrumbar las estructuras que habían quedado en pie, sembrando el terror absoluto entre la población sobreviviente, que se vio obligada a congregarse permanentemente en plazas y espacios abiertos.

  • Terremoto de 1900

El 13 de octubre de 1900, otro terremoto significativo ocurrió. Este evento también llamado Terremoto de San Narciso, ya que ese día se celebraba el día de San Narciso, santo por la Iglesia católica, tuvo una magnitud desconocida, pero se presume que fue de entre 7.6 y 8.0, siendo uno de los eventos más destructivos en sus tiempos, sacudiendo a Caracas y sus alrededores. Comenzó a las 4:42 de la tarde, causando el colapso de 237 casas en Guatire y 72 en Guarenas, ambas ciudades pertenecientes Estado Miranda. También se produjeron deslizamientos de tierra y licuefacción del suelo en el territorio de los actuales estados de Amazonas, Bolívar, Anzoátegui, Miranda, Aragua, Carabobo, La Guaira y el Distrito Capital. Además, se reportó una enorme grieta de 300 metros de largo que se originó en el sector de Camurí en La Guaira, además de derrumbes que afectaron el ferrocarril Caracas-La Guaira. Además, se reportaron efectos de licuefacción en la zona de Barlovento, mientras que en zonas de Naiguatá y Macuto registraron un tsunami que dañó considerablemente la zona. Allí, nuevamente muchos edificios sufrieron graves daños o se derrumbaron durante el terremoto, el Archipiélago de Los Roques también sufrió fuertes efectos.

Se reportaron algunos daños leves en zonas tales como; San Antonio de Los Altos, Panaquire, Paparo, Guarenas, Capaya, Isla La Tortuga, Archipiélago de Los Roques, Güigüe, Clarines, Puerto Cabello y Caucagua. La Iglesia de San Francisco en Caracas fue severamente dañada por el terremoto y otra iglesia en Naiguatá fue completamente destruida. El pequeño pueblo de Paparo estuvo parcialmente sumergido por las olas del tsunami formado, cuya altura máxima fue de 5 metros en Barlovento, se registraron más de 250 réplicas en los meses posteriores al evento principal, las réplicas fueron perturbadoras para la población local. Las crónicas de la época indican que el sismo causó daños considerables a edificios y viviendas, así como la pérdida de vidas humanas. Aunque las cifras exactas de muertos y heridos no se registraron de manera precisa, como sucede con muchos eventos de ese periodo histórico, se estima que el gran sismo y sus consecuencias impactaron profundamente a la población. 

Los relatos de los sobrevivientes reflejan un sentimiento de temor y vulnerabilidad ante el poder de la naturaleza. Las estructuras de la ciudad, construidas en su mayoría de materiales débiles en comparación con los estándares modernos, no estaban preparadas para un evento de tal magnitud. Al igual que en terremotos posteriores, la reconstrucción fue un proceso lento y complicado. El evento de 1900 destacó la necesidad de diseñar edificaciones más seguras y de implementar medidas de prevención.

  • Terremoto de 1967

Fue uno de los terremotos más contundentes en la historia moderna de Venezuela. El 29 de julio, a las 8:05 de la noche, El Distrito Federal (actual Distrito Capital) fue sacudido por un sismo de 6.5 a 6.7, con una duración de 35 a 55 segundos. En la zona de Caracas dejó un balance de 2000 heridos y 236 muertos. Los daños materiales de más de 10 millones de dólares estadounidenses. Tuvo como su epicentro el litoral central o la zona costera de La Guaira, a 20 kilómetros de Caracas. Este fenómeno telúrico afectó mayormente a las zonas de Altamira, Los Palos Grandes y el Litoral Central. Después del terremoto, le siguieron un total de 30 réplicas de menor intensidad, todas de menor intensidad, cada una de las cuales llenaba de pánico a quienes las sentían, ya que tenían el temor del primer gran sismo. 

En los días subsiguientes funcionarios de los organismos competentes y miles de voluntarios rescataron los cuerpos que yacían entre los escombros. Los restos de los edificios y derrumbes fueron transportados a la Base Aérea de La Carlota para su revisión. Durante 6 meses los conductores que circulaban por la autopista podían ver el panorama de lo ocurrido aquel día. En Maracay, capital del Estado Aragua (ubicada a unos 80 kilómetros al suroeste de Caracas), se registraron cinco personas fallecidas y 100 heridas. En otras ciudades se reportaron únicamente daños estructurales.

La infraestructura de la ciudad, que aún estaba en desarrollo, se vio severamente afectada. Muchos ciudadanos recuerdan el sonido de los edificios crujiendo, seguidamente de una ola de pánico. En cuestión de segundos, muchos perdieron sus hogares y seres queridos. La reconstrucción de Caracas fue un esfuerzo monumental, que marcó un antes y un después en la forma en que los venezolanos ven la seguridad sísmica.

Y es que, a raíz de este terremoto el entonces presidente de Venezuela, Raúl Leoni, dispuso la creación de dos comisiones que se encargarían de evaluar los daños producidos y, entre las conclusiones de las mismas, se planteó al Poder Ejecutivo la creación de un instituto que se encargara del estudio e investigación de los sismos en Venezuela. Posteriormente, durante la primera presidencia de Rafael Caldera, se creó (mediante el decreto N° 1053, del día 27 de julio de 1972) la Fundación Venezolana de Investigaciones Sismológicas (Funvisis).

  • Terremoto de 1997
La costa venezolana, debido a su ubicación, es susceptible a sismos y tsunamis, y el terremoto ocurrido el miércoles 9 de julio de 1997 a las 3:23 de la tarde, fue un claro ejemplo de ello. Con una magnitud de entre 6.6 y 7.0, y una duración de 51 segundos, el sismo afectó principalmente al Estado Sucre en la localidad de Cariaco, causando daños estructurales y desplazando a numerosas personas. 


Fueron 73 las víctimas fatales y este sismo en particular, resultó irregular la ruptura superficial que se produjo en el segmento de la Falla del Pilar, con desplazamientos cosísmicos de aproximadamente 0,25 m y un proceso de batición de suelos registrados en la línea de la costa. El desastre natural revivió el recuerdo del terremoto de 1967, haciendo que muchos temieran lo peor. La comunidad se unió en un esfuerzo de solidaridad y reconstrucción, reflejando la resiliencia del pueblo venezolano.
  • Terremoto de 2012
Otro episodio significativo tuvo lugar el 21 de agosto de 2012, cuando un intenso temblor de magnitud 5.6 sacudió el Estado Táchira, en la frontera con Colombia. Aunque afortunadamente no se registraron pérdidas humanas, muchas familias quedaron inquietas y los edificios sufrieron daños considerables. 


Este evento renovó la preocupación entre los ciudadanos sobre la actividad sísmica en la región andina. Las imágenes de las grietas en las calles y los edificios inestables quedaron grabadas en la memoria colectiva.

  • Terremoto de 2026 (aun en desarrollo)

El miércoles 24 de junio a las 6:05 de la tarde, dos terremotos consecutivos (de magnitud 7,2 y 7,5) dieron un temblor enorme, no solo a la capital sino en la mayoría del país. La parte norte de Venezuela se encuentra justo en una zona donde chocan dos grandes placas de la tierra (la del Caribe y la Sudamericana). Esa tensión acumulada durante tanto tiempo, se liberó de golpe. 

Los expertos lo llamaron un doblete sísmico. Es decir, no fue un solo terremoto, sino dos golpes casi seguidos. Aunque el susto más grande empezó la tarde del miércoles, la pesadilla no terminó ahí. El viernes 26 de junio, cuando apenas los sobrevivientes asimilaban la experiencia, la tierra volvió a sacudirse con fuerza. Con el doblete sísmico, se han registrado más de 300 réplicas de magnitud moderada en varias zonas del territorio nacional. Se estima que el doble sismo, realizó una liberación de energía similar a la detonación de 260 bombas nucleares.

Por el sacudón sísmico, 250 edificios colapsaron o sufrieron derrumbes severos a nivel nacional. El desastre dejó, hasta el día de publicación de este artículo, en el reporte oficial de 1450 víctimas mortales. Al menos 27 países han desplegado con valiosa y gran solidaridad rescatistas, ayudas humanitarias y donaciones a Venezuela ante tal tragedia. La ayuda internacional incluye insumos, evaluaciones logísticas, médicos y provisiones.

La Guaira, al ser la localidad más afectada, hay muchos edificios derrumbados. También zonas como Altamira y Los Palos Grandes en Caracas. Maracay, en el Estado Aragua, también sufrió daños serios en sus edificios y vías. Las sacudidas del 26 de junio dejaron claro que no se puede bajar la guardia. Mucha gente sigue sin poder volver a sus casas, ya sea porque se dañaron o por puro miedo. El cuerpo de los venezolanos está en modo alerta, a punto tal, que no ha dado oportunidad de poder procesar con detenimiento la situación.

Si algo bueno podemos sacar de todo esto, es la gente. En cuestión de minutos se vio a vecinos ayudando a vecinos, personas sacando escombros con las manos y filas de voluntarios donando comida, agua y ropa. Desde el interior del país hasta rescatistas especializados como los Topos Mexicanos, por ejemplo, organizaciones civiles de búsqueda y rescate, integradas por voluntarios altamente capacitados, que surgieron tras el histórico terremoto de la Ciudad de México en 1985. Son reconocidos mundialmente por su valentía, especialización en el colapso de estructuras y rápida respuesta en desastres tanto nacionales como internacionales.

Los terremotos en Venezuela no solo son eventos naturales, sino que también son parte integral de la historia del país. Cada temblor deja una marca, no solo en la tierra, sino en los corazones de quienes lo experimentan. En un mundo donde la naturaleza demuestra su poder, el pueblo venezolano ha aprendido a ser resiliente, a reconstruir y a honrar los recuerdos de aquellos que han sufrido y enfrentado la adversidad.

P.D. Me encuentro bien, estoy en compañía familiar y estamos a salvo. Agradezco grandemente por ello. Esta publicación es particularmente especial porque se trata de mi país, un país que amo y admiro, por su cultura y su gente, sus lugares y su clima, sus costumbres y el día a día en donde uno aprende algo nuevo. Esta publicación es personal también, porque fue una experiencia aterradora para mí y los míos, para mis vecinos, conocidos y ciudadanos en general. Hago esta publicación en honor a los que tristemente ya no nos acompañan físicamente... Aquellos que sobrevivieron y perdieron todo en cuestión de segundos... Aquellos que perdieron a algún familiar y/o amigo y que la tristeza está allí, latente... Aquellos que quedaron sumamente afectados física y mentalmente... Aquellos que están, hasta el día de hoy, desaparecidos, pero pueden ser próximos a ser encontrados... Esta publicación es en honor a ustedes, y desde este humilde pero muy querido espacio, quiero decirles que saldremos adelante una vez más.