domingo, 23 de agosto de 2026

Un amor venenoso - Myra Hindley e Ian Brady

Hay lugares en el mundo que parecen guardar secretos bajo la tierra. Sitios donde el viento sopla de una manera un poco más fría y el silencio se siente denso, casi pesado. A las afueras de una ciudad de Manchester, en Oldham, donde terminan las calles grises y comienza la naturaleza salvaje, existe una vasta extensión de hierba alta y niebla conocida como el páramo de Saddleworth. Si se transita por allí durante una tarde de otoño, solo se vería belleza desolada. Pero debajo de esa quietud, el suelo esconde la sombra de una de las historias más oscuras y desconcertantes del siglo pasado. No es una historia de monstruos con garras y colmillos, sino de algo mucho más incómodo: dos personas absolutamente comunes que, al encontrarse, crearon una tormenta perfecta.

Corría el año 1961 en Manchester, Inglaterra. Era una época de fábricas, humo y rutinas predecibles. En una de esas tantas oficinas trabajaba Myra Hindley, una joven mecanógrafa de 18 años. Myra era una chica de clase trabajadora, algo tímida y sin grandes ambiciones, cuya vida pasaba sin hacer ruido.

Pero entonces conoció al nuevo empleado de la compañía: Ian Brady. Ian era diferente. Tenía una postura rígida, vestía de forma impecable y casi nunca hablaba con nadie. Mientras los demás empleados bromeaban en la hora del descanso, él leía libros de filosofía oscura, política extrema y textos sobre crímenes. Había algo en su frialdad, en su mirada cortante, que resultaba extrañamente atractivo para Myra.

Al principio, él la ignoró por completo. Pero Myra estaba fascinada. Empezó a escribir su nombre en su diario una y otra vez. Se obsesionó. Cuando finalmente Ian empezó a hablarle, no fue para tener citas románticas comunes. Ian la introdujo en su mundo: le dio a leer libros del Marqués de Sade, le habló de la ideología nazi y le enseñó a ver al resto de la humanidad como seres inferiores. El amor de Myra no era solo romántico; era una devoción ciega. Estaba dispuesta a moldear su mente, su aspecto e incluso su moralidad, solo para complacer al hombre de sus sueños.

Pronto, la pareja se volvió inseparable. Se aislaron del mundo exterior. En su pequeña burbuja, las reglas de la sociedad ya no aplicaban. Ian se sentía un dios intocable y Myra era su devota sacerdotisa. Compraron cámaras de fotos, grabadoras de cinta y alquilaron un automóvil. Los fines de semana, no iban al cine ni a los bailes como los demás jóvenes. Subían al páramo de Saddleworth. Allí, en la inmensidad del paisaje vacío, Ian practicaba tiro al blanco y hablaban de cruzar la línea definitiva. 

Ian quería demostrar que, si uno es verdaderamente superior, puede tomar una vida sin sentir culpa. Myra estaba totalmente de acuerdo a cualquier cosa que él dijera. Si Ian lo quería, ella lo haría. Lo más aterrador de su dinámica es que Myra no era una víctima pasiva de Ian. Ella se convirtió en el cebo perfecto. ¿Quién iba a desconfiar de una mujer joven y de aspecto amable que ofrecía llevar a casa a unos jóvenes en su automóvil en una noche fría?

Entre los años 1963 y 1965, la ciudad de Manchester comenzó a notar algo extraño. Algunos niños y adolescentes simplemente no volvían a casa. El primero fue Pauline Reade, de 16 años. Luego John Kilbride, de 12. Más tarde Keith Bennett, también de 12. Después Lesley Ann Downey, de 10 años. Jóvenes que iban a una feria, a comprar un disco o simplemente caminando por la calle, y que de repente se desvanecían en el aire. Mientras las familias buscaban desesperadamente y la policía buscaba pistas, Ian y Myra seguían yendo a trabajar como si nada. Por las tardes, preparaban té en su casa. Y los fines de semana, volvían a los páramos.

Pero estos viajes tenían un propósito macabro. Tomaban fotografías del paisaje. En las imágenes, Myra posaba sonriente, abrazando a su perro, o Ian miraba fijamente a la cámara con el viento alborotando su cabello. Parecían fotos de vacaciones ordinarias. Lo que nadie sabía era que estaban posando exactamente sobre los lugares donde habían enterrado a sus víctimas. Eran trofeos visuales. Aún más incómodo era lo que guardaban en casa. Ian y Myra grabaron en cinta el sufrimiento de al menos una de sus víctimas, la pequeña Lesley Ann, capturando sus súplicas mientras ellos ponían música navideña de fondo para ahogar el ruido. Guardaban la cinta como quien guarda un recuerdo valioso. La banalidad con la que trataban el mal era espeluznante. Pero, como ocurre a menudo cuando alguien se cree intocable, se volvieron descuidados. Querían presumir.

Myra tenía un cuñado de 17 años llamado David Smith. Ian quería impresionarlo, quería reclutarlo para su oscuro mundo y demostrarle lo que era capaz de hacer. Una noche de 1965, Myra invitó a su casa a un joven de 17 años llamado Edward Evans. Con David presente en la casa, Ian asesinó a Edward de manera brutal. Esperaban que David se uniera a ellos, que admirara la violencia. Pero David no era como ellos. Aterrorizado, fingió estar de acuerdo y ayudó a limpiar la escena, pero en cuanto pudo salir de la casa, corrió en medio de la noche hacia una cabina telefónica y llamó a la policía. Cuando las autoridades irrumpieron en la casa a la mañana siguiente, encontraron a Ian y Myra vestidos con ropa de domingo, tranquilos, rodeados de libros oscuros y fotografías extrañas. El cuerpo de Edward seguía allí.

El juicio de los "Asesinos de los Páramos" conmocionó al mundo entero. El contraste entre la crueldad de los actos y el aspecto aburrido y de oficinistas de ambos acusados dejó a la sociedad sin respuestas. Las víctimas eran abusadas físicamente y agredidas sexualmente. En los ojos de la pareja no había locura evidente, solo un vacío absoluto.

Ian Brady nunca mostró una gota de remordimiento. Myra Hindley pasó décadas en prisión intentando convencer al mundo de que Ian la había obligado, de que ella había sido solo una mujer bajo el control de un monstruo. Pero las pruebas, las fotos y las grabaciones decían lo contrario: ella había disfrutado del control y del secreto tanto como él. Ambos murieron en prisión; Myra el 15 de noviembre de 2002, tras una enfermedad de pulmón, e Ian el 15 de mayo de 2017, donde se encontraba ingresado en el hospital de Ashworth en Liverpool, Merseyside, desde el año 1985.

Ambos se llevaron a la tumba la ubicación exacta de una de sus víctimas; el joven Keith Bennett, dejando a una familia buscando en el páramo durante décadas.

Hoy, el páramo de Saddleworth sigue siendo igual de hermoso e igual de desolado. La niebla sigue bajando por las colinas al atardecer. Pero para cualquiera que conozca la historia, el lugar nunca volverá a ser solo un paisaje. Es un recordatorio incómodo de que, a veces, los monstruos no viven bajo la cama; a veces trabajan en el escritorio de al lado.

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