Con el título de la publicación, comenzamos a profundizar en el tema. Desde hace miles de años, la humanidad ha estado completamente obsesionada con la idea de transformar materiales comunes, como el plomo o el hierro, en el metal más brillante y codiciado del mundo. En la antigüedad, reyes, sabios y los primeros científicos (conocidos como Alquimistas) dedicaron sus vidas enteras y fortunas a intentar resolver este misterio. En el centro de toda esta búsqueda incansable existía un objeto legendario que todos querían encontrar: la famosa Piedra Filosofal. Las leyendas decían que no era necesariamente una roca, sino una sustancia misteriosa (a veces descrita como un polvo rojo o un líquido) que poseía dos propiedades alucinantes. La primera era la transmutación: bastaba con que esta sustancia tocara cualquier metal barato para convertirlo instantáneamente en oro puro. La segunda era aún más fascinante: se creía que de ella se podía extraer el "elixir de la vida", una poción capaz de curar cualquier enfermedad y otorgar la inmortalidad a quien la bebiera. Suena como un cuento de magia o parte del argumento de alguna película, sin embargo, la obsesión por lograrlo fue muy real y empujó a mentes brillantes a realizar experimentos alocados y peligrosos. Queda aún pendiente la pregunta, ¿Es posible convertir plomo en oro? La respuesta es sí.

Se sabe que el plomo y el oro son elementos completamente diferentes desde su origen. Pero en la antigüedad, los alquimistas creían que todos los metales estaban hechos exactamente de los mismos "ingredientes básicos" (principalmente una mezcla de azufre y mercurio). Según ellos, los metales eran como frutas que crecían bajo la tierra. El plomo, el hierro o el cobre eran simplemente metales "inmaduros" o "enfermos". El oro, en cambio, era el metal perfecto, sano y totalmente maduro porque no se oxidaba ni se dañaba con el tiempo. Por lo tanto, la transmutación no era magia negra, sino una forma de "acelerar la naturaleza". Su plan era tomar un metal barato, destruirlo hasta dejarlo en su forma más básica, y luego "curarlo" o purificarlo hasta que madurara de golpe y se convirtiera en oro.

Para lograr dicha transformación, los alquimistas pasaban día y noche en laboratorios oscuros haciendo experimentos, donde se basaban en la idea de que el fuego y los líquidos fuertes podían purificar cualquier cosa. Así pues, construían hornos especiales (llamados atanor) que debían mantener encendidos a la misma temperatura durante semanas o incluso meses. Creían que el calor constante era la clave para "cocinar" el metal barato y hacerlo evolucionar. Si el fuego se apagaba por accidente, sentían que habían arruinado meses de trabajo. Luego, mezclaban sales y minerales para crear líquidos muy corrosivos. Su objetivo era derretir y disolver los metales por completo para separar sus partes "puras" de las "impuras". Aunque no lograron crear oro así, en el proceso descubrieron ácidos reales que seguimos usando hoy en día. Proseguían a usar aparatos de vidrio para hervir líquidos, convertirlos en vapor y volver a recogerlos en forma de gotas. Hacían esto una y otra vez, cientos de veces, pensando que en cada vuelta el líquido se volvía más espiritual y poderoso. Finalmente, medían constantemente mercurio líquido y azufre ardiente. Calentaban estos elementos hasta que soltaban gases de colores extraños y luego los mezclaban con plomo.

El problema, enorme realmente, es que ellos no sabían lo peligrosos que eran estos materiales. Muchos de estos experimentos terminaban en explosiones, y al respirar los vapores tóxicos del mercurio y el plomo en habitaciones cerradas, muchísimos alquimistas perdieron la cabeza, se enfermaron gravemente o perdieron la vida persiguiendo un sueño brillante que nunca lograron alcanzar. Lo que para ellos fue un sueño casi mágico, para la ciencia moderna se convirtió en un reto fascinante hasta poder lograrse... se pudo convertir plomo en oro.

La manera de lograrlo no tiene nada que ver con calderos hirvientes, hechizos o líquidos extraños, sino con entender de qué está hecho nuestro mundo. Para poder entender mejor el proceso, es importante mencionar los átomos, que son las unidades fundamentales y más pequeñas de la materia que componen todo el universo, conservando las propiedades químicas de un elemento. Todo lo que nos rodea, desde el aire hasta el cuerpo humano, está formado por estas diminutas partículas. Imaginemos que los átomos son pequeñas piezas de Lego.

Ahora bien, la única diferencia real entre un pedazo de plomo y un pedazo de oro es la cantidad de protones, que son partículas subatómicas con carga eléctrica positiva que se encuentran en el núcleo de todos los átomos, junto a los neutrones. Son fundamentales para la química y la física, ya que definen a qué elemento químico pertenece un átomo y aportan la mayor parte de su masa. Esas diminutas piezas se encuentran en el centro de los materiales. El plomo tiene exactamente 82 protones, mientras que el oro tiene 79. La matemática es bastante simple: si se logra quitar 3 protones a un átomo de plomo, se transforma instantáneamente en oro.

Claro, suena fácil, pero el detalle está en que los átomos están unidos con una fuerza tan brutal que romperlos requiere una cantidad de energía casi impensable. La historia aquí da giro interesante, cuando recientemente, un grupo de físicos en Suiza lo logró por accidente. Ellos estaban haciendo experimentos haciendo experimentos de colisión de partículas, simulando condiciones similares al Big Bang, en una gigantesca máquina de aceleración de partículas. Estaban acelerando núcleos de plomo a velocidades cercanas a la luz y los estrellaban entre sí. El objetivo era estudiar el plasma de quarks y gluones. Pero en el proceso de ese choque microscópico, algunas colisiones por la fuerza del impacto arrancaron exactamente tres protones en los núcleos de plomo, convirtiéndolos en un átomo de oro.

Ahora que sabemos el proceso y que sí funciona, ¿por qué no somos millonarios? Como bien se dijo anteriormente, los átomos están unidos con una fuerza extremadamente fuerte que requiere una cantidad de energía enorme, además, el resultado del proceso con el acelerador de partículas es un producto de cantidades microscópica, apenas unos átomos. El costo energético del acelerador de partículas es absurdo comparado con el valor del oro obtenido. Pero la respuesta a la pregunta que sirve como título es un rotundo SI. La transmutación de plomo en oro, el sueño imposible de la alquimia medieval, es posible y fue lograda en un laboratorio gracias a la ciencia moderna.