miércoles, 7 de noviembre de 2018

El caso de Sheridan Larkman - La mujer cuyos senos no paran de crecer

El sueño de la mayoría de las chicas es tener un busto de tamaño considerable y definido, ya que el concepto de belleza y atención así lo define. En la última década, los implantes han aumentado considerablemente en todo el mundo a nivel estético y muchas mujeres tienen deseos de practicarse este tipo de operación para después lucir prendas acordes para resaltar su operado busto.


En el caso especial de Sheridan Deneka Larkman, una chica de 23 años de edad, nativa de Trafalgar, Victoria, en Australia, el asunto es todo lo contrario. A lo largo de su vida, Sheridan ha tenido muchos inconvenientes gracias a las dimensiones de sus senos.


El busto de Sheridan comenzó a ir en aumento descontrolado a la edad de 8 años, y desde entonces no ha parado de crecer. Para aquel entonces, en repetidas ocasiones le preguntaba a sus padres la razón de ser diferente a otras niñas de su edad, y su madre insistía que su busto dejaría de crecer en algún punto de la pubertad. Con tan solo 10 años, la niña tenía la talla promedio de una chica de 18. Al llegar a esa etapa de crecimiento, Sheridan empezó a usar brasier, llamado también sujetador o sostén, de copa H, equivalente a un contorno de pecho de 26-28 centímetros. Tuvo que lidiar con todo tipo de comentarios crueles y groseros sobre su cuerpo.


"No sabía cómo reaccionar. No sabía si era normal que los niños hicieran eso; no sabía si se burlaban de mí o si intentaban hacerme sentir bien. No podía entender por qué lo estaban haciendo. A menudo me sentía disgustada y quería usar ropa que ocultaba mi cuerpo. Tenía que usar camiseta debajo de mi traje de baño. También tenía que usar alguna tela suave para atar mis senos cuando quería bailar o jugar fútbol"


A los 16 años, ya en la universidad, Sheridan, que usaba copa doble H,  equivalente a un contorno de pecho de 32-34 centímetros, acudió al médico y le pregunto que si ella era normal. La respuesta del doctor especialista fue: "Eres normal. Ya dejaran de crecer, lo que tienes es parte de ser mujer."


“Un día estaba recogiendo algo del suelo cuando hubo un estallido. ¡Uno de los tirantes de mi sujetador se había desprendido por el peso de mis pechos! Traté de sostenerlo y coserlo rápidamente, pero se partió de nuevo. El tirante se clavó en mi piel, y usar el tamaño incorrecto significaba que no tenía el soporte adecuado. Odiaba vivir así”.


A la edad de 18 fue su primer embarazo. En esos meses de gestación, sus pechos crecieron aun más, a la par de su vientre. 


Cuando nació Alaska, su bebé, Sheridan comenzó a usar lencería doble J,  equivalente a un contorno de pecho de 38-40 centímetros. Con el paso del tiempo, empezó a usar brasier copa K, punto en el cual ya padecía de un terrible dolor de hombros y espalda.


Un año después y luego de la llegada de su segunda hija, Kaliese, Sheridan y su esposo Beau comenzaron con los planes de boda. 


Él, quien siempre la ha apoyado en todo momento, haciéndola sentir hermosa sin importar que, ha sido una gran fortaleza para ella. 


En su boda, la chica usó el vestido de sus sueños y pensó en una forma que cubriera a la perfección sus senos, de esta manera se sentiría más cómoda en esa noche tan especial.


Su mayor deseo es poder correr junto a sus hijas en el parque sin pasar por un inmenso dolor de espalda y de sus glándulas mamarias. 


"Mis senos están afectando mi salud y estoy cansada de vestirme para intentar cubrirlos, ya no quiero recibir comentarios molestos como los que he recibido toda mi vida". 


Ya que el tamaño de su busto es fuera de lo común, se ve forzada a comprar lencería especial en el Reino Unido, donde cada brasier tiene un costo de 120 dólares. 


Sheridan asegura que su calidad de vida mejoraría significativamente si pudiera hacerse un procedimiento quirúrgico.


Sin embargo, ella y su familia son de un nivel económico medio, por lo tanto no son capaces de permitirse una cirugía tan cara como lo es la reducción de busto, que tiene un costo aproximado de 14.000 $ (dólares) en su país. 


Por este motivo, Sheridan creó una campaña en una página llamada "GoFundMe" que tiene como objetivo reunir dinero para la intervención quirúrgica que necesita y así lograr tener un cuerpo más saludable y sin dolor alguno.


"Nadie debería vivir de esta manera, estoy en dolor constante. Mi postura es recta pero la presión en mi espalda baja debido a la escoliosis leve que mis senos han provocado, y el dolor en el cuello son una agonía. Así que constantemente me inclino hacia delante. Me siento como un jorobado. Viajar a otro lugar sería más barato, pero no voy a ponerme en ningún riesgo".


"No los he pesado, pero creo que cada seno pesa alrededor de de cinco o seis kilos. Son casi tan pesados ​​como llevar a cuatro bebés recién nacidos. Ayúdenme a financiar una operación privada para salvar mi salud y así poder disfrutar la vida más activamente con mis hijas y mis pasatiempos sin restricciones". 


Además del dolor constante con el que vive Shediran, con frecuencia padece de pequeñas erupciones y pústulas rojas debajo de sus pechos, lo que es sumamente incomodo para ella.


Sheridan posee una rara afección médica llamada macromastia, que afecta el tejido conectivo del seno en el que los pechos se vuelven excesivamente grandes. 


Por lo general, la afección comienza poco después de la primera menstruación en la adolescencia, pero también hay casos donde ocurre antes de la primera regla. Dicha condición a menudo se divide en función de la gravedad en dos tipos, macromastia y gigantomastia. 


La hipertrofia de los tejidos mamarios puede ser causada por una mayor sensibilidad histológica a ciertas hormonas, como las hormonas sexuales femeninas, la prolactina y los factores de crecimiento. La hipertrofia mamaria es un agrandamiento progresivo benigno, que puede ocurrir en ambos senos o solo en uno, experimentando un crecimiento abrupto y significativo en los senos en un período corto de tiempo o en etapas sucesivas.


La historia de esta chica se hizo viral en todo el mundo gracias a su declaración en un artículo del periódico británico Daily Mail. Se espera que logre su cometido al juntar dinero para el procedimiento que cambiará su vida. Después de lograr su meta seguramente todo mejorará para ella y su familia. Actualmente, Sheridan lleva recaudado casi 13.000 $ (dólares), si deseas apoyarla económicamente, puedes hacerlo a su cuenta de "GoFundMe" dándole clic aquí.


OTROS CASOS SIMILARES.

Kerisha Mark

Un caso similar al de Sheridan Larkman pero en un estado más avanzado. Kerisha Mark, una mujer que es, esposa, madre y trabajadora social de la escuela de Beaumont, Texas comenzó a preocuparse cuando observó que sus pechos crecían de una manera descontrolada. A esto se le agregó dolores agudos que iban de la zona de las mamas hasta el cuello, además de causarle migrañas debilitantes. 


Kerisha temía que fueran los síntomas de un ataque cardíaco o tumor cerebral por lo que decidió tratarse, pero la mujer de 39 años en aquel entonces, no estaba en riesgo por alguna de esas razones.


Los médicos le dijeron a Kerisha que sus malestares era el resultado de sus senos y una condición rara que había desarrollado, la mencionada gigantomastia, un rápido crecimiento de senos debido a una rara condición hormonal causada por una mayor sensibilidad. 


El agrandamiento puede causar dolor muscular y el estiramiento excesivo de la envoltura de la piel, lo que puede llevar a la ulceración. La gigantomastia se diagnostica cuando el peso de las mamas excede el tres por ciento del peso corporal de una mujer.


"No podía correr, saltar o hacer ejercicio en absoluto" asegura Kerisha, que además dice: "Una vez trate de hacer ejercicio y en el movimiento, los tirantes de mi sujetador se rompieron al mismo tiempo. Estaba muy limitada en muchas cosas que podía hacer. No podía encontrar un sujetador deportivo de ese tamaño todas las veces."


Debía de realizarse una cirugía de reducción de busto, así que esperó al día de su cumpleaños numero cuarenta para regalarse la cirugía. 


El doctor Franklin Rose con sede en Houston, realizó la cirugía y comentó que en su carrera de 35 años, nunca antes había visto a una paciente con los pechos tan grandes.


"Fue ciertamente sorprendente ver pechos de esa magnitud en la sala de operaciones. Los pechos realmente le colgaban hasta sus caderas y era como llevar alrededor de tres pelotas de baloncesto en todo momento porque eran enormes. Ella tenía los pechos mas grandes en la historia médica". 


El doctor Rose retiró alrededor de casi 6 kilogramos de busto con ayuda de otro médico, en una operación que duro cuatro horas, quedando finalmente en un copa "DD".


Después de la operación, fue fotografiada para comparar su reducción. 


El drástico cambio era notorio.


"Cuando me puse de pie por primera vez luego de la operación, me sentí tan ligera. Después de llegar a casa, lloré. Fue como si llorara la muerte de mis senos, fue como un divorcio porque desde muy joven fui de gran busto" comenta la mujer. 


La página web dailymail.co.uk. asegura que tenía una copa de brasier 40 NNN. Según Kerisha, la primera cosa que hizo luego de haberse sometido a la reducción de mamas, fue comprarse un bonito sujetador de su nueva talla y un bonito vestido. 


Hoy en día, con 44 años de edad, Kerisha asegura que la operación le cambio la vida, pues le ha permitido comenzar a hacer ejercicio de nuevo, así como el comprarse ropa nueva. Ella ahora espera una etapa llena de aventuras con el lema "Vivir la vida al máximo sin restricciones".




































Yesica Johana Mejía Puentes

En el año 2010, la  joven colombiana Yesica con tan solo 16 años, sufría de otro caso de gigantomastia. La chica, residenciada en las calles de Darío Echandía del barrio de Neiva, en la localidad de Huila, tuvo un desarrollo normal como el de cualquier jovencita hasta octubre del 2009. A partir de allí, sus senos comenzaron a crecer desmesuradamente. La talla pasó de 38 a 50 y los sujetadores parecían no quedarle bien. 


Yesica se mantenía oculta en su hogar de sus vecinos que se burlaban de ella sin consideración alguna. La mirada penetrante de decenas de hombres siempre estaba latente, la observaban con morbo y hasta la provocaban vulgarmente diciendo o gritando cosas como: "Chao tetota". Palabras necias que generaban lagrimas que con frecuencia se deslizaban por sus mejillas. 


Su madre, Silvia Puentes, la trasladó de urgencia en su momento a un centro médico, en donde el médico especialista descartó cualquier anomalía indicando: "Es normal. Es parte de su desarrollo". Yesica, que era en ese momento estudiante de último grado de bachiller en el colegio Técnico Superior, anunció que pretendía paralizar sus clases. Y no solo clases de estudio, sino también de música ya que Yesica era experta en clarinete, su instrumento preferido. Ella ya no podía con su busto y el dolor de la columna que a diario la atacaba, amenazaba con desviarle su cuerpo hacia adelante. "Ya no soporto el peso de mis tetasaseguraba con dolor la joven.


Las medidas de su uniforme la inquietaban. "No podía irme con el vestido de diario, me tocaba ir con el de deporte: una sudadera verde y una camiseta blanca. Los profesores me regañaban al comienzo, pero después entendieron mi enfermedad", comenta Yesica.

Por su parte, John Henry Mejía, padre de Yesica y soldador de oficio, manifestó también su gran preocupación: "Es un verdadero calvario el que pasa mi hija. Entre el peso de las puchas, el dolor que sufre por los comentarios y sus impedimentos".


"Sufre mucho. Ya no le queda bueno el sostén y no consigo uno de su talla por ningún lado. Entonces me toca hacérselos con puros retazos de tela que le arreglo con máquina porque no hay de otra. Las tiras no las venden; menos las copas. Pareciera que les echaran aire. Cada día amanecen más grandes." explicó Silvia, quien aclaraba que el problema no era genético porque su familia es de senos poco protuberantes.

"La llevé al ginecólogo, le hizo una ecografía; pero todo salió bien, nada maligno. Aún así, los senos le seguían creciendo. El médico me pidió que la hiciera bajar de peso, pero ella no es tan gorda", cuenta la madre, quien al ver la desproporción optó por cambiar de especialista, que le recomendó una mamoplastía reductora, una cirugía que busca destruirle los senos por completo y reconstruirselos después.


Los especialistas en cirugía plástica y ginecología insistían en operar a Yesica lo antes posible pero la demora burocrática de los servicios de salud lo impidieron. "Está deforme, son como unas masas que tiene en los senos, no son malignos, no hay amenazas de cáncer. Vamos hacer una reunión junta médica con otros expertos en el tema. Sino se le pone en debido cuidado, seguirán creciendo", recomendó el médico especialista José Ignacio Tovar, cirujano plástico, quien abanderaba el tema en el Hospital Hernando Moncaleano de Neiva, máximo centro asistencial de los neivanos.

"Es duro, soy diferente. Nunca me había enfermado, empezaron a crecerme lentamente y después muy rápido; me siguen aumentando. Si uno sale a cualquier lado todo el mundo lo mira, empiezan hablar de uno y se ríen de mis senos". En el armario de Yesica se encontraban sus blusas abandonadas y sus sujetadores corrieron con la misma suerte. Con su talla anormal las cosas cambiaron y su familia de escasos recursos económicos no tuvo otro remedio que recurrir a sus ahorros para comprarle cuatro blusas y dos pedazos de tela para armarle el sostén. "No tiene sino dos, uno que se quita y otro se pone porque no se consiguen".


"Tengo novio y está en el ejército. Él no quiere que me operen porque es peligroso y me adora así. Cuando duermo, sólo puedo hacerlo boca arriba, boca abajo es imposible" relató la chica, cuyo novio indicó que se llama Luis Eduardo Ariza.

"No se registran con frecuencia en menores de edad. La intervención quirúrgica es complicada, porque presenta un cuadro de hipertrofia mamaria virginal, además de un trastorno hormona, pero la vamos a realizar porque merece estar bien. Después de la cirugía garantizamos una mejoría de un 90%", explicó en su oportunidad el especialista, quien descartó que pueda amamantar cuando tenga hijos.

Finalmente, Yesica tuvo una intervención quirúrgica de cuatro horas, pero el procedimiento terminó siendo otroLos cirujanos tenían pensado sacarle un 70 % de tejido graso, ya que las ecografías previas mostraban tejido normal en sus senos, que le llegaban al ombligo. Sin embargo durante la cirugía encontraron dos inmensos quistes, uno en cada seno, similares a bolsas de agua que pesaban cuatro kilogramos. 


Esta circunstancia impidió una remodelación estética ya que el tejido que quedó era algo de piel y los pezones de la chica. Después de dos meses, mientras salían los resultados de patología, le reconstruyeron el busto con silicona con otra cirugía para dar volumen a sus pecho; pero siempre tendrá las cicatrices resultantes de la reducción y extirpación de los quistes. Dicha operación fue un gran logro para Yesica ya que le prometió a sus amigas de estudio que que regresaría con los senos más pequeños y les dijo a todos aquellos compañeros que se burlaban de ella, que les taparía la boca.

"Te amé como eras y te amo como quedaste" le dijo Luis Eduardo Ariza, su novio, a Yesica después de verla recuperándose luego de la operación. Ariza llegó desde el Valle donde prestaba servicio militar desde hace unos meses atrás. De inmediato se lanzó encima, le dio un beso en la frente y le confesó de nuevo su amor.

Julia María Manihuari

A mediados del mismo año 2010, otra mujer fue noticia de los medios por la misma razón, su busto. Julia Manihuari, una mujer india peruana de 29 años, de estatura mediana, no pudo moverse después de que su pecho creció a una gigantesca copa N en los últimos seis meses. El crecimiento desmedido comenzó poco después del nacimiento de su cuarto hijo hace siete meses atrás. "Es horrible. Si tratara de levantarme por mi misma, me desmayaría porque mis senos son muy pesados" asegura la mujer.



Julia, que es la esposa de un agricultor llamado Asunción, y madre de cuatro hijos, vive en el norte de Perú en una casa tradicional de madera en el borde de la selva, en la comunidad Emilio San Martín, provincia de Requena Loreto. Ella recibió ayuda cuando los medios locales le pagaron un viaje en bote de tres días a la ciudad de Iquitos, el sitio con civilización más cercano para obtener ayuda médica. 


Allí, los especialistas de Hospital Nacional Arzobispo Loayza del Ministerio de Salud (Minsa), le diagnosticaron una forma extrema de ginecomastia bilateral. 


En el hospital, tuvieron que cortar dos y media masa de carne de sus senos por temor a que pudieran aplastar sus pulmones y matarla, y ella salió con una taza de 34 B después de la operación de seis horas, retirando 15 kilogramos de masa mamaria benigna. 


El seno derecho pesaba ocho kilos y el izquierdo, casi siete. Durante la cirugía tuvo problemas de mastitis, hongos debajo de los pliegues y dolor en la zona lumbar por el peso de los senos, por si fuera poco, corría riesgo de desangrarse durante la operación, todo acabó exitosamente. 


"Me siento increíble, no sé la última vez que me sentí libre. Antes de la operación no podía hacer nada, solo tenía que vivir con eso, me sentía tan mal que mis senos me tocasen las piernas", dijo Julia. 


"Mis pechos estaban creciendo por el día. No podía moverme porque mis tetas y mi vientre eran del mismo tamaño. Mis senos se volvieron tan grandes que mi piel tenía llagas y tuve problemas para respirar", agregó. 


Julia volvió a tener una vida normal, después de pasar tanto tiempo en cama. La mujer agradeció la atención que recibió por parte de los especialistas del Minsa y confió recuperarse plenamente para llegar en la brevedad de tiempo a atender a sus 4 hijos quienes encontraban en ese momento, bajo el cuidado de un familiar.


Isabel Vacol

Para el mes de julio del año 2012, una adolescente de 14 años de edad nativa de San Pedro de Macorís, República Dominicana, fue noticia internacional por su impactante situación. Isabel sufría de un estado avanzado de gigantomastia, por lo cual, sus senos crecían desorbitantemente, al grado que su busto le pesaba 18 kilogramos y le miden 145 centímetros de ancho. Además de su enfermedad, Isabel sufría las burlas en la escuela, la perdida del habla, y una carencia económica que no le permitía conseguir un tratamiento adecuado para su enfermedad. Sumado a todo esto, Isabel tenía una afección en la columna vertebral por el peso y también tenía ocho meses de embarazo. Su embarazo se descubrió cuando fue sometida a estudio en el Instituto Dominicano de Oncología “Dr. Heriberto Pieter”, en Santo Domingo.


"Cuando tenía 9 años, descubrí en la escuela que botaba un líquido de los pezones de los senos y comuniqué a mi madre, ella me llevó al médico, pero la falta de recursos económicos paralizaron la investigación médica", contó Isabel quien vive en un barrio muy pobre de la provincia de Hato Mayor, a 20 kilómetros de San Pedro de Macorís, junto a su madre en unos barracones con piso de tierra, sin baño, ni energía eléctrica. En el hogar se cocinaba con leña porque no tenían estufa y escaseaba el agua potable. Solo dos sillas plásticas arrugadas y que habían perdido su color con el tiempo servían para que la familia de unos cinco miembros pudieran comer sentado uno primero y otro después.


Los años siguieron pasando y el líquido que le brotaba de los pezones se detuvo, pero los senos nunca dejaron de crecer y ahora le llegan a la cintura a casi dos pies de largo. El padre de la adolescente, que no fue identificado por su nombre, huyó a la ciudad de Barahona, abandonando a la familia.


Una tía, apodada "Nina" la llevó a una ciudad cercana en donde un médico la observó y propuso como solución cortarle un pedazo de seno para llevarlo fuera del país para unos estudios. La niña se negó. "Yo quiero me ayuden con este mal que me está matando emocionalmente, pero no quiero que me corten los senos" dijo Isabel.


Las autoridades del municipio de Boca Chica y la fundación Álvarez Almonte asumieron la responsabilidad del caso de la menor, quien fue visitada por especialistas quienes mostraron su preocupación por la situación de la joven que vivía en una extrema pobreza. El gobernador de la provincia, doctor Juan Frías, explicó que como funcionario a cargo de la gobernación seguirría muy de cerca todo lo concerniente al bienestar y salud de la joven Isabel.


Dijo que este caso en particular lo conoció a través del médico cirujano plástico Orlando Vargas, por lo que desde ahí se haría un trabajo social tal como lo ha querido el presidente Danilo Medina en ir en auxilio de las personas más necesitadas del país. A la visita a la joven el gobernador Juan Frías, y el alcalde de la caleta, Jesús Mercedes les hicieron entrega a la joven de raciones alimenticias, mosquiteros, un abanico y colchones.


Para octubre de 2012, Isabel había dado a luz a una niña y su situación no mejoraba. Luego del parto, Isabel tenía los senos más grandes aún ya que están cargados de leche y le pesaban más. La bebé, de tez blanca y pelo lacio, nació de 6 libras tenía un peso y estad de salud. Nació por cesárea en el centro hospitalario de Boca Chica. A pesar de, la niña no podrá lactar por tener tumoraciones y visos de ulceraciones en las mamas.


La adolescente fue atendida por pediatras, endocrinólogos, cirujanos y por todo el “staff” del hospital que le practicó radiografías, análisis médicos y hasta una biopsia se le realizó para registrar en un documento médico todo lo recabado, conocer la causa de esa anomalía y luego certificar lo diagnosticado con una “inmunointoquímica”.


Se sabe que para continuar con su tratamiento y registro de sus análisis, viajó a EEUU, en convenio con médicos americanos y dominicanos. 


Allí, su vida social mejoró totalmente y de ese modo también conoció a otra pareja y tuvo un hijo. Se negó a operarse para un reducción de busto ya que recibía mucha atención y comentarios que los tomo de manera positiva. 


En la actualidad, Isabel, con 20 años, es una modelo de adultos que se dedica a enseñar sus inmensos senos en lencería, acto que le llevó a tener fama y atención del público masculino. 


Su nombre en la industria es Yviana.


Sheyla Hershey

Este es un caso diferentes a los anteriores ya que este se trata de un caso estético. Conocida como "El Boombshell Brasileño", nació como Sheyla Almeida, el 19 de diciembre de 1979, en Vitória, Espírito Santo, Brasil. Era una ama de casa pero se convirtió en una modelo en el año 2005, una personalidad de la televisión y una celebridad mediática que vive en Houston, Texas, desde fines de la década de 2000. 



Su fama y atención radica en sus extremadamente grandes implantes mamarios. Con una altura de 5 pies y 3 pulgadas (1,60 m), su tamaño natural de los senos era una copa B. En mayo de 2008, después de 8 operaciones y un galón de silicona, tenía un tamaño asombroso de sostén registrado de 34FFF, estableciendo así un nuevo récord: los senos más grandes de Brasil y quizás del mundo. 


Para ese entonces, dio una entrevista a Fox 26 en Houston indicando: "Quiero lucir cada día mejor, por esa razón, esto no ha terminado. Me gustaría que fueran más grandes". Desafortunadamente para Hershey, el estado de Texas tiene límites en la cantidad de silicona que se puede inyectar en los implantes mamarios, y el Dr. Malcolm Roth, el director de cirugía plástica en el Centro Médico Maimonides en Brooklyn, Nueva York, y el vicepresidente de política de salud y asesoría para la Sociedad Americana de Cirujanos Plásticos, dice que es por una buena razón: "Sabemos que cuanto más grande sea el implante, más probabilidades habrá de problemas en el futuro. Tal vez sea afortunada y no tenga problemas, pero esos son senos muy, muy grandes. Los problemas que pueden surgir con los implantes mamarios podrían ser la separación de la herida que podría conducir a la exposición del implante, infección, cicatrización, ciertamente dolor y contracciones capsulares". A fines de enero de 2009, luego de someterse a otra operación en su Brasil natal, se informó que tenía un tamaño de 38KKK.


El 14 de julio de 2010, se informó que Hershey sufría una infección por estafilococos en ambos senos después de su sesión de cirugía de seno más reciente. Aunque sus implantes fueron removidos, la especulación de sus doctores fue que la infección también requeriría la extracción de los senos. El 27 de julio de 2010, surgieron informes de que después de las complicaciones durante su cirugía del 5 de julio, estaba "bien" y "se está recuperando", y que la cirugía continuó sin más complicaciones.


El 15 de septiembre de 2010, a Sheyla Hershey le extrajeron los implantes mamarios y le extrajeron la mayor parte de su propio tejido mamario. Al salir de la sala de operaciones y notar que ya no tenía su apreciado busto, entró en una terrible depresión. "Sin mis pechos no soy nada, prefiero morirme" aseguraba con tristeza. La noticia se hizo pública después cuando Sheyla se intentó suicidar tomando una sobredósis de medicamentos. Los médicos indicaron que la regresarían pronto a una talla normal. Ella esta divorciada y tiene dos niños.

viernes, 2 de noviembre de 2018

El Llamado - El relato completo de Fredric Brown

En la entrada de blog anterior titulada "Algunos relatos cortos de terror", parte del presente relato sirvió de preámbulo para empezar los relatos. Dicha micro historia contaba con solo dos oraciones que decía:

"El último hombre sobre la tierra estaba sentado solo en una habitación. De repente, tocan a la puerta."


Como ya quedó establecido, es la historia más corta de terror llamada "Knock", publicada por Fredric Brown (1906-1972), por primera vez en la edición de septiembre de 1948 de la revista Startling Stories, luego publicada en la revista Thrilling Wonder Stories en su edición de Diciembre de ese mismo año y reeditado en la antología de 1949: The Best Science Fiction Stories (Lo mejor de la Ciencia Ficción).

El cuento a continuación expande de forma brillante el clásico micro relato de terror, dando una explicación total. He aquí el relato completo:

El último hombre sobre la Tierra —o en el universo, es igual— estaba sentado solo en una habitación. Era una habitación bastante peculiar. Se había dedicado a averiguar la razón de esta peculiaridad. Su conclusión no le horrorizó, pero le molestó.

Walter Phelan, que había sido profesor adjunto de antropología en la Universidad Nathan hasta el momento en que, hacía dos días, la Universidad Nathan dejó de existir, no era hombre que se horrorizara fácilmente. Ni con un gran esfuerzo de imaginación se habría podido calificar a Phelan de figura heroica. Era de escasa estatura y carácter apacible. No se hacía mirar, y él lo sabía.

No es que ahora le preocupara su aspecto. Ahora mismo, en realidad, era incapaz de sentir gran cosa. De una forma abstracta, sabía que dos días antes, en el espacio de una hora, la raza humana había sido destruida, a excepción de él y, en algún lugar... una mujer. Y éste era un hecho que no preocupaba en modo alguno a Walter Phelan. Probablemente jamás la había visto y no le preocupaba demasiado que jamás llegara a verla.

Las mujeres no habían constituido un factor importante en la vida de Walter desde que Martha falleció un año y medio antes. No es que Martha hubiera sido una buena esposa... Era excesivamente dominante. Sí, había amado a Martha, de una forma profunda y tranquila. Ahora sólo tenía cuarenta años, y treinta y ocho cuando Martha falleció, pero la verdad es que desde entonces no había vuelto a pensar en las mujeres. Su vida fueron sus libros, los que había leído y los que había escrito. Ahora ya no tenía objeto seguir escribiendo libros, pero disponía del resto de su vida para leerlos.

Realmente, tener compañía habría sido agradable, pero se las arreglaría sin ella. Quizá al cabo de un tiempo llegara a disfrutar la compañía de algún Zan, aunque no le parecía probable. Sus pensamientos eran tan extraños y distintos de los suyos, que la posibilidad de encontrar un tema de conversación interesante para ambos resultaba muy improbable. Eran inteligentes en cierto aspecto, pero también lo eran las hormigas. Ningún hombre ha logrado comunicarse jamás con una hormiga. Sin saber por qué, pensaba en los Zan como si fueran hormigas, unas súper hormigas, aunque no se parecieran a ellas, y tenía el presentimiento de que los Zan consideraban a la raza humana tal como la raza humana consideraba a las hormigas vulgares. Lo que habían hecho con la Tierra era lo que los hombres hacían con los hormigueros, aunque lo hubieran hecho de un modo más eficiente.

Pero le habían dado gran cantidad de libros. Fueron muy amables en eso, en cuanto él les dijo lo que quería. Y se lo dijo en el mismo momento de comprender que estaba destinado a pasar el resto de su vida en aquella habitación. El resto de su vida, o lo que los Zan habían expresado con las palabras: pa-ra-siem-pre.

Incluso una mente brillante, y los Zan tenían una mente brillante, tenía sus peculiaridades. Los Zan habían aprendido a hablar el idioma de la Tierra en cuestión de horas, pero se empeñaban en separar las sílabas. Sin embargo, estamos divagando.

Sonó un llamado a la puerta.

Ahora ya está todo explicado, a excepción de los puntos suspensivos, la elipsis, y yo me encargaré de completarlos y demostrarles que no fue nada horrible.

Walter Phelan exclamó: adelante, y la puerta se abrió. Naturalmente, era un Zan. Era exactamente igual que los demás Zan; si había un medio de distinguirlos, Walter no lo había descubierto. Medía un metro y medio de altura y no se parecía a nada de lo que pudiera haber existido sobre la Tierra, es decir, nada que hubiera existido en la Tierra antes de que los Zan aparecieran.

Walter dijo:

—Hola, George.

Cuando se enteró de que ninguno de ellos poseía un nombre propio, decidió llamarlos a todos George, y a los Zan no pareció importarles. Este contestó:

—Hola, Walter.

Esto era el ritual, la llamada a la puerta y los saludos. Walter aguardó.

—Punto uno —dijo el Zan—. Harás el favor de sentarte con la silla de cara al otro lado.

—Ya me lo imaginaba, George. Esa pared es transparente por el otro lado, ¿verdad?

—Lo es.

Walter suspiró.

—Lo sabía. Esa pared es lisa y está vacía, no hay ningún mueble adosado a ella. Además, parece distinta de las otras paredes. Si insisto en sentarme de espaldas, ¿qué pasará? ¿Me mataras? Casi lo desearía.

—Nos llevaríamos tus libros.

—Me has convencido, George. De acuerdo, me pondré de cara a la pared cuando lea. ¿Cuántos animales, aparte de mí, tienen en este exótico zoológico suyo?

—Doscientos dieciséis.

Walter meneó la cabeza.

—No está completo, George. Incluso un zoológico de segunda fila puede superar al suyo, podría superarlo, quiero decir, si hubiera quedado algún zoológico de segunda fila. ¿Nos escogieron al azar?

—Muestras al azar, sí. Todas las especies habrían sido demasiadas. Un macho y una hembra de cien especies.

—¿Con qué los alimentan? Me refiero a los carnívoros.

—Fabricamos comida sintética.

—Muy ingenioso. ¿Y la flora? También han reunido una buena colección, ¿verdad?

—La flora no ha sido dañada por las vibraciones. Sigue creciendo.

—Me alegro por la flora. Así pues, no han sido tan duros con ella como con la fauna. Bueno, George, has empezado hablando del punto uno. Deduzco que existe un punto dos. ¿Cuál es?

—Hay algo que no comprendemos. Dos de los otros animales duermen y no se despiertan. Están fríos.

—Eso ocurre hasta en los zoológicos mejor organizados, George. Probablemente no les ocurra nada a excepción de que estén muertos.

—¿Muertos? Esto significa detenidos. Nada los ha detenido. Cada uno de ellos estaba solo.

Walter miró fijamente al Zan.

—¿Quieres decir, George, que no sabes lo que significa la muerte natural?

—La muerte es cuando se mata a un ser, cuándo se detiene su vida.

—¿Cuántos años tienes, George? —preguntó.

—Dieciséis... no comprenderás el sentido de la palabra. Tu planeta ha girado unas siete mil veces en torno a tu sol. Aún soy joven.

Walter dejó escapar un silbido.

—Un niño de pecho —dijo—. Mira, George, tienes que saber ciertas cosas respecto al planeta donde ahora estás. Aquí hay un tipo que no existe en el lugar de donde tú vienes. Es un viejo con una barba, una hoz y un reloj de arena. Sus vibraciones no lo han matado.

—¿Qué es?

—Llámalo La Muerte, George. La Muerte. Nuestra gente y nuestros animales viven hasta que la Muerte, les arrebata la vida.

—¿Ha detenido a las dos criaturas? ¿Detendrá a más?

Walter abrió la boca para contestar, pero volvió a cerrarla. Algún indicio en la voz de George le indicó que vería un ceño de preocupación en su rostro, en el caso de que tuviera un rostro reconocible como tal.

—¿Qué te parece si me llevas a ver esos animales que no se despiertan? —preguntó Walter—. ¿Es contra las reglas?

—Ven —dijo el Zan.

Esto ocurrió por la tarde del segundo día. Fue a la mañana siguiente cuando regresaron los Zan, varios de ellos. Se llevaron los libros y los muebles de Walter Phelan. Después, se lo llevaron a él. Se encontró en una habitación mucho más grande, a unos cien metros de distancia de la anterior. Se sentó y esperó lo que vendría a continuación. Cuando llamaron a la puerta, supo lo que ocurriría y se puso cortésmente en pie mientras decía:

—Adelante.

Un Zan abrió la puerta y se apartó ligeramente. Una mujer entró. Walter se inclinó.

—Walter Phelan —dijo—, en caso de que George no le haya informado de mi nombre. George intenta mostrarse educado, pero no conoce todas nuestras costumbres.

La mujer parecía tranquila; se alegró de constatarlo. Dijo:

—Yo me llamo Grace Evans, señor Phelan. ¿Qué significa todo esto? ¿Por qué me han traído aquí?

Walter la examinó mientras hablaba. Era alta, tan alta como él, y bien proporcionada. Daba la impresión de tener unos treinta años escasos, casi la misma edad que Martha. Poseía la misma tranquila confianza en sí misma que siempre había admirado en Martha, a pesar de que contrastara con su propia informalidad. En realidad, pensó, se parecía bastante a Martha.

—Creo que ya puede imaginarse la razón por la que la han traído aquí —repuso—, pero retrocedamos un poco. ¿Sabe qué ha sucedido?

—¿Se refiere a que han... matado a todo el mundo?

—Sí. Siéntese, por favor. ¿Sabe cómo lo hicieron?

Ella se dejó caer en un cómodo sillón cercano.

—No —dijo—. No sé exactamente cómo. Creo que no importa demasiado, ¿verdad?

—No demasiado. Pero voy a explicarle toda la historia, todo lo que sé después de hacer hablar a uno de ellos y unir los cabos sueltos. No son muchos, por lo menos, aquí no hay muchos. No sé si constituyen una raza muy numerosa en su lugar de origen, que no sé dónde está, aunque me imagino que debe de encontrarse fuera del sistema solar. ¿Ha visto la nave espacial en la que vinieron?

—Sí. Es casi tan grande como una montaña.

—Casi. Bueno, está equipada para emitir una especie de vibración. Ellos la llaman así en nuestro idioma, pero yo supongo que más que una vibración sonora es una onda radioeléctrica, que destruye cualquier clase de vida animal. La nave está protegida contra la vibración. No sé si su radio de acción es tan amplio como para aniquilar de una vez a todo el planeta, o si volaron en círculo en torno a la Tierra, emitiendo las ondas vibratorias. Pero la cuestión es que aniquiló inmediatamente a todos los seres vivos, y confío en que lo hicieran sin dolor. La única razón por la que nosotros, y los otros doscientos dieciséis animales de este zoológico, no hemos muerto también, es que nos hallábamos dentro de la nave. Nos han escogido como muestra. ¿Sabía que esto era un zoológico?

—Bueno, lo sospechaba.

—Las paredes frontales son transparentes por la cara exterior. Los Zan han demostrado ser muy hábiles al reproducir en el interior de cada cubículo el hábitat natural de la criatura que contiene. Los cubículos, como éste donde nos encontramos, son de plástico, y ellos poseen una máquina capaz de fabricar uno en menos de diez minutos. Si la Tierra hubiera tenido una máquina y un proceso como éste, no habría habido ningún problema de vivienda. Bueno, de todos modos, este problema ya no existe. Y me imagino que la raza humana —específicamente usted y yo— puede dejar de preocuparse por la próxima guerra. Es indudable que los Zan nos han resuelto un gran número de problemas.

Grace Evans sonrió ligeramente.

—Otro caso en qué la operación tuvo éxito, pero el paciente murió. Las cosas estaban realmente muy mal. ¿Se acuerda de cuándo le capturaron? Yo, no. Una noche me fui a dormir y me desperté en una jaula de la nave espacial.

—Yo tampoco me acuerdo —repuso Walter—. Tengo el presentimiento de que primero usaron las ondas a muy baja intensidad, lo justo para que perdiéramos el conocimiento. Después descendieron y recogieron muestras para su zoológico más o menos al azar. Cuando tuvieron las que deseaban, o las que cabían en su nave, abrieron la válvula al máximo. Y eso fue todo. Hasta ayer no supe que cometieron un error al sobreestimamos. Pensaban que éramos inmortales, como ellos.

—¿Que éramos qué?

—Se les puede matar, pero no saben lo que es la muerte natural. Por lo menos, hasta ayer. Dos de los nuestros fallecieron ayer.

—Dos de... ¡Oh!

—Sí, dos de nuestros animales que estaban en su zoológico. Dos especies que se han extinguido irrevocablemente. Y, por la forma en que los Zan miden el tiempo, los restantes miembros de cada especie no vivirán más que unos minutos. Supusieron que tenían especies permanentes.

—¿Quiere decir que no sabían lo que eran criaturas de corta vida?

—Así es —contestó Walter—. Uno de ellos es joven a los siete mil años, según me confesó él mismo. A propósito, cuando ayer se enteraron de la vida ridículamente corta que tenemos los animales terrestres, debieron de escandalizarse hasta la médula, si es que tienen médula. La cuestión es que han decidido reorganizar su zoológico: dos y dos en vez de uno y uno. Se imaginan que duraremos más si vivimos colectivamente en vez de individualmente.

—¡Oh! —Grace Evans se levantó y un ligero rubor cubrió su rostro—. Si usted cree... si ellos creen... —Se dirigió hacia la puerta.

—Estará cerrada —dijo tranquilamente Walter Phelan—, pero no se preocupe. Quizá ellos lo crean, pero yo no lo creo. No necesita decirme que no se fijaría en mí aunque yo fuera el último hombre sobre la Tierra; sería absurdo en las actuales circunstancias.

—Pero ¿es que piensan tenernos encerrados, a los dos juntos, en esta habitación tan pequeña?

—No es tan pequeña; nos las arreglaremos. Yo puedo dormir bastante cómodamente en uno de esos esponjosos sillones. Y no crea que no estoy totalmente de acuerdo con usted. Dejando aparte todas las consideraciones personales, el mínimo favor que podemos hacer a la raza humana es permitir que se extinga con nosotros y no perpetuarla para que la exhiban en un zoológico.

Ella dijo: Gracias, de forma casi inaudible, y el rubor desapareció de su cara. La ira se reflejaba en sus ojos, pero Walter sabía que no era por su causa. Con los ojos lanzando chispas como en ese momento, se parecía mucho a Martha, pensó.

Le sonrió y dijo:

—O si no...

Ella se levantó de un salto y por un momento él creyó que se acercaría y le pegaría. Después volvió a desplomarse en su asiento.

—Si usted fuera un hombre, pensaría en una forma de... ¿Ha dicho que se les puede matar? —Su voz era dura.

—¿A los Zan? Oh, desde luego. Los he estado estudiando. Su aspecto difiere totalmente del nuestro, pero creo que tienen un metabolismo parecido, el mismo tipo de sistema circulatorio, y probablemente el mismo tipo de sistema digestivo. Creo que cualquier cosa capaz de matarnos a nosotros podría matarlos a ellos.

—Pero usted ha dicho que...

—Oh, naturalmente, hay diferencias. Ellos no poseen el factor que hace envejecer a los hombres. O bien ellos tienen una glándula de la que el hombre carece, algo que renueve las células. Más frecuentemente que cada siete años, quiero decir.

Ella había olvidado su ira. Se inclinó ansiosamente hacia delante. Dijo:

—Creo que tiene razón. Sin embargo, no creo que sientan dolor, de ninguna clase.

El había estado esperando eso. Dijo:

—¿Qué le hace pensar eso?

—Encontré un trozo de alambre en la mesa de mi cubículo y lo estiré frente a la puerta para que el Zan se cayera. Así fue, y el alambre le hizo un corte en la pierna.

—¿Observó si le salía sangre roja?

—Sí. pero no pareció importarle. No se enfadó; ni siquiera hizo un solo comentario, lo único que hizo fue desatar el alambre. Al volver pocas horas después, el corte había desaparecido. Bueno, casi. Conseguí ver un pequeño rastro de él y por esto estoy segura de que era el mismo Zan.

Walter Phelan asintió lentamente.

—Es natural que no se enfadara. No experimentan ninguna clase de emoción. Quizá, si matáramos a uno de ellos, ni siquiera nos castigaran. Se limitarían a darnos la comida por un agujero y no se acercarían a nosotros, nos tratarían como los hombres trataban a los animales de un zoológico que habían matado a su guardián. Probablemente se limitarían a asegurarse de que no atacáramos a otro de nuestros guardianes.

—¿Cuántos hay?

—Unos doscientos, según creo, en esta nave concreta. Pero, indudablemente, hay muchos más en el lugar de donde proceden. Sin embargo, tengo el presentimiento de que esto sólo constituye un escuadrón, encargado de limpiar el planeta y preparar la ocupación de los Zan.

—Resulta indudable que han hecho un buen...

Llamaron con los nudillos a la puerta. Un Zan la abrió y se quedó en el umbral.

—Hola, George —saludó Walter.

—Hola, Walter.

El mismo ritual. ¿El mismo Zan?

—¿Qué es lo que te preocupa?

—Otra criatura duerme y no se despierta. Una llamada comadreja.

—Son cosas que ocurren, George. La Muerte. Ya te he hablado de él.

—Algo peor. Un Zan ha muerto. Esta mañana.

—¿Es eso peor? —Walter le miró imperturbablemente—. Bueno, George, tendrás que acostumbrarte a eso, si piensan quedarse aquí. 

El Zan no dijo nada. Se quedó donde estaba. Finalmente, Walter dijo:

—¿Y bien?

—Respecto a la comadreja, ¿recomiendas lo mismo?

—Lo más probable es que no sirva de nada. Pero ¿por qué no?

El Zan salió. Walter oyó sus pasos, alejándose. Sonrió entre dientes.

—Quizá dé resultado, Martha —dijo.

—¿Martha? Me llamo Grace, señor Phelan. ¿Qué es lo que quizá dé resultado?

—Yo me llamo Walter, Grace. Dejémonos de formulismos. Verás, Grace, tú me recuerdas mucho a Martha. Era mi esposa. Falleció hace un par de años.

—Lo siento. Pero ¿qué es lo que quizá dé resultado? ¿De qué has hablado con el Zan?

—Mañana lo sabremos —dijo Walter.

Y no pudo sacarle una palabra más.

Aquél era el tercer día de estancia de los Zan. El día siguiente fue el último. Era cerca de mediodía cuando apareció uno de los Zan. Después de la ceremonia, permaneció junto a la puerta, con un aspecto más extraño que nunca. Resultaría interesante poder describirlo, pero no existen palabras para hacerlo. Dijo:

—Nos marchamos. El consejo se ha reunido y lo ha decidido.

—¿Acaso ha muerto otro de los suyos?

—Anoche. Este es un planeta de muerte.

—Ustedes han hecho su parte. Dejan a doscientos trece con vida, aparte de nosotros, pero esto no es demasiado entre muchos millones. No tengan prisa en volver.

—¿Podemos hacer algo?

—Sí. Pueden darse prisa. Dejen nuestra puerta abierta y las demás cerradas. Nos ocuparemos de los otros.

El Zan asintió y se fue.

Grace Evans se había levantado, y tenía los ojos brillantes; Preguntó:

—¿Cómo? ¿Qué?

—Espera —le advirtió Walter—. Déjame oírlos despegar. Es un ruido que quiero oír y recordar.

El ruido se produjo a los pocos minutos, y Walter Phelan, adquiriendo súbitamente conciencia de lo tenso que estaba, se dejó caer en una silla y se relajó. Repuso apaciblemente:

—En el Jardín del Edén también había una serpiente, Grace, y ella nos causó muchos problemas. Pero ésta nos los ha solucionado y ha compensado la acción de aquélla. Me refiero a la pareja de la serpiente que murió anteayer. Era una serpiente de cascabel.

—Quieres decir que por su causa murieron los dos Zan? Pero...

—No sabían nada acerca de las serpientes. Cuando los Zan me llevaron a ver las primeras criaturas que «estaban dormidas y no se despertaban», vi que una de ellas era un serpiente de cascabel. Tuve una idea, Grace. Se me ocurrió pensar que las criaturas venenosas eran unas especies características de la Tierra y que los Zan no debían de conocerlas. Además, cabía la posibilidad de que su organismo fuera tan parecido al nuestro que el veneno les matara. De todos modos, no se perdía nada por intentarlo. Y ambas suposiciones fueron acertadas.

—¿Cómo lograste que la serpiente de cascabel...?

Walter Phelan esbozó una sonrisa.

—Les expliqué lo que es el cariño. Ellos no lo sabían. Sin embargo, descubrí que les interesaba conservar el mayor tiempo posible al miembro restante de las especies, para estudiarlo antes de su muerte. Les dije que moriría inmediatamente porque había perdido a su pareja, a menos que tuviera un cariño y afecto constantes. Se lo demostré con el pato, que era la otra criatura que había perdido a su pareja. Por fortuna, era un pato doméstico y no me resultó difícil estrecharlo contra mi pecho y acariciarlo, para enseñarles cómo debían hacerlo. Después dejé que ellos lo hicieran con el pato... y luego con la serpiente de cascabel.

Se levantó y estiró su cuerpo lo más que pudo. Después volvió a sentarse más cómodamente y continuó:

—Bueno, ante nosotros se extiende un mundo que debemos organizar. Tendremos que sacar a los animales del arca, y antes habrá que pensar y decidir varias cosas. Podemos dejar en libertad a todos los animales salvajes que sean herbívoros, para que se las arreglen como puedan. En cuanto a los domésticos, es preferible que los conservemos y nos encarguemos de ellos; los necesitaremos. Pero los carnívoros, los predadores... Bueno, habrá que decidirse. Pero mucho me temo que todo sea inútil, al menos que encontremos y sepamos manejar la máquina que usaban para fabricar alimentos sintéticos.

La miró fijamente.

—También hemos de pensar en la raza humana; habrá que tornar una decisión respecto a ella, una decisión muy importante.

Ella volvió a sonrojarse un poco, como el día anterior; se sentó rígidamente en la silla.

—No —dijo.

El simuló no haberlo oído.

—Ha sido una hermosa raza, incluso en el caso de que hubiera llegado a extinguirse. Ahora renacerá si nosotros hacemos que renazca, y puede que tropiece con grandes dificultades durante cierto tiempo, pero nosotros podemos reunir libros y conservar la mayoría de sus conocimientos intactos; los importantes, por lo menos. Podemos...

Se interrumpió al ver que ella se ponía en pie y se dirigía hacia la puerta. Así habría reaccionado Martha, pensó, en la época que él la cortejaba, antes de casarse. Dijo:

—Piénsalo, querida, y tómate todo el tiempo que quieras. Pero vuelve.

Se oyó un portazo. Él permaneció sentado, pensando en todas las cosas que debían hacerse en cuanto empezaran, pero sin prisas para empezarlas. Y al cabo de un rato, oyó los vacilantes pasos de Grace que regresaba.

Sonrió ligeramente. ¿Ven? No fue horrible, en realidad.

El último hombre sobre la Tierra estaba sentado solo en una habitación. De pronto, algo o alguien tocó a la puerta...