A lo largo de la historia, la humanidad ha inventado todo tipo de rituales para despedir a sus muertos: velas, flores, cantos y rezos. Sin embargo, en los rincones más neblinosos y apartados de la antigua Europa, existió una costumbre tan fascinante como extraña que parece sacada de un cuento de fantasía. Imaginemo un pueblo pequeño donde hay una casa de luto y una familia asustada por el destino del alma de su ser querido. Para asegurar su paz, no buscaban a un sacerdote o a un médico, sino a un extraño que vivía solo y alejado de todos. A este individuo no se le llamaba para dar abrazos ni palabras de consuelo, sino para realizar un trabajo oscuro que nadie más se atrevía a hacer. Su oficio consistía, literalmente, en comerse las culpas del difunto. Esas personas eran los Comepecados. Estas figuras rodeadas de un misterio profundo, eran temidas por la misma sociedad que las necesitaba desesperadamente.

La historia cuenta que la tradición de despedida, ascenso y "perdón" de un difunto, se hacía como un ritual que se practicaba en algunas regiones de Inglaterra y Escocia, que perduró hasta finales del siglo XIX o principios del XX en Gales, península al oeste de la isla de Gran Bretaña y en las marcas galesas colindantes del condado de Shropshire y la parroquia de Herefordshire, así como en ciertas partes de los Apalaches en los Estados Unidos.

The Sin-Eater (Comepecados o Devorador de Pecados), eran personas aisladas, como mendigos, exiliados de villas y hasta los mismos pobladores que, motivado por un terror profundo al purgatorio por parte de pobladores y a las almas errantes de quienes morían de forma repentina, sin recibir la extremaunción, realizaban un lúgubre ritual. El infame oficio era visto como un servicio espiritual vital para la comunidad, pero esas personas eran tratados como monstruos vivientes, ya que se les consideraba como "hombres malditos" que eran apestados por pecados ajenos y poseedores de ojos que transmitían desgracia. Ellos vivían en deterioradas chozas alejadas de la población y la gente evitaba cruzar palabra con ellos. Desde luego que la Iglesia consideraba el rito como una herejía satánica que usurpaba el poder de Dios, persiguiendo con dureza a quienes lo practicaban. Eran extremadamente marginados por la sociedad y su pago era realmente insignificante por tan despreciable acto, ya que se les daba un pago o "propina" de seis peniques.

Pero, ¿cómo era el ritual? A pesar de que se realizaba para salvar al difunto, los Comepecados asumían una carga espiritual terrible a cambio de un pago miserable. El cadáver era preparado en la casa de la familia y era después colocado encima del féretro. Encima del pecho se colocaba un trozo fresco de pan y una jarra de cerveza fría. Allí, todos los presentes guardaban silencio por un tiempo breve, donde el absorbía simbólicamente los pecados no confesados del fallecido. El Comepecados recitaba una oración y consumía los víveres. Con ese sombrío acto, se transferían las culpas ajenas a su propia alma, garantizando el acceso del difunto al paraíso.

Esa tétrica tradición se fue extinguiendo lentamente con la modernidad. El último comepecados conocido, era una leyenda local de Shropshire, Inglaterra. Su nombre era Richard Munslow, falleció en el año 1906, cerrando un ciclo histórico donde los hombres más pobres devoraban la culpa de los ricos para que estos descansaran en paz eterna. En su tumba, hay un escrito que reza:
"Al comer pan y beber cerveza, y dando un breve discurso en su tumba, el Comepecados tomaba para sí los pecados del fallecido". Hay una frase final por parte de la comunidad que dice: "Te doy alivio y descanso ahora, querido hombre. No vengas por nuestros caminos o a nuestros prados. Y por tu paz empeño mi propia alma. Amén"
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