ANTES DE COMENZAR A LEER LES INDICO QUE LA SIGUIENTE PUBLICACIÓN TIENE COMO TEMÁTICA CENTRAL, UN ASUNTO DELICADO QUE ES CONSIDERADO DESDE MÚLTIPLES PERSPECTIVAS (LEGAL, ÉTICA, PSICOLÓGICA Y SOCIAL), COMO UN TABÚ DE RECHAZO Y CONDENA. DESDE EL MALTRATO ANIMAL Y LAS PARAFÍLIAS, HASTA ABOMINACIONES Y RIESGO SANITARIO. EL CONTENIDO DEL ARTÍCULO PUEDE AFECTAR LA SENSIBILIDAD DEL LECTOR. ÉSTA DIRIGIDO A MENTES ABIERTAS Y MADURAS, SE RECOMIENDA DISCRECIÓN.
No es la primera vez que se toca este polémico tema en el Blog. En su oportunidad, se publicó el artículo titulado Claudine de Culam y Kenneth Pinyan - Dos casos polémicos de zoofilia, donde se dio una introducción al tema. Como se mencionó en la mencionada publicación, la cuestión de relaciones entre humanos y animales no es algo nuevo y se pueden encontrar rastros de esa inclinación del ser humano en copular con bestias desde tiempos inmemoriales. Esas personas que mantienen relaciones sexuales con animales, ya sea con penetración o sexo oral, se conocen como zoófilicos. Según el tipo de actividad, hay dos tipos de zoofilia; la atracción sexual, que incluye prácticas menores como masaje de genitales, uso de la lengua para la excitación de ambos, etc. Y el bestialismo, que es cuando hay acto de penetración.

Año 1961. En San Miguel Canoa, una junta auxiliar de Puebla, en México, ubicado a una distancia de doce kilómetros al noreste de la ciudad de Puebla de Zaragoza, capital del Estado, se encontraban las tierras de la familia Solís; Don Bernardo Solís, su esposa Marisol Solís y sus tres hijos. La región estaba llena de campos de maíz y albergaba un establo que tenía cuatro burros de carga, animales fuertes y saludables que utilizaban para transportar mercancía entre Puebla y los pueblos cercanos. Don Bernardo, al ser un comerciante que pasaba semanas enteras fuera del pueblo, le pedía a su vecino de parcela, Don Esteban Ramírez, un campesino de 62 años, que pasara de vez en cuando por el establo para velar que todo fuera bien.
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Terminando la madrugada de un día del mes de marzo. Cuando el viento soplaba con fuerza y la tierra húmeda cubría los campos de maíz, Don Esteban Ramírez caminaba de regreso a su parcela cuando algo llamó su atención. Notó que la puerta del establo de los Solís estaba entreabierta. Con precaución, Ramírez se acercó a la puerta con pasos lentos, con su machete colgando de su cinturón. Aunque no era raro que estuviera así, lo sospechoso era el silencio que reinaba. Allí, donde los burros normalmente eran ruidosos llegando al amanecer, se encontraban en calma y sigilo. Estaban, con escalofrío, se acercó lentamente al interior del establo y vio algo que lo hizo enmudecer. Entre una montaña mediana de paja y estiércol de animal, se encontraba el cuerpo de Marisol Solís.
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Don Esteban, horrorizado, vomitó de inmediato y corrió al pueblo gritando por ayuda. Regresó pronto junto al padre Juventino, padre de la iglesia local y el doctor Morales, el médico del pueblo, quien revisaría el cuerpo sin vida de Marisol. Para ese momento ya se había congregado una pequeña multitud alrededor del establo. De inmediato, el sacerdote ordenó a los presentes que se alejaran un poco de la zona mientras el médico revisaba el cuerpo. Los burros se encontraban inquietos y nerviosos, no dejaban de relinchar mientras el doctor comenzaba a examinar el cuerpo. El cadáver presentaba lesiones internas masivas que el doctor no sabía cómo explicar. Sin embargo, lo más perturbador de todo no eran las heridas en sí, sino su naturaleza que había detrás de ellas. Al revisar a uno de los burros, un macho de pelaje gris llamado Cenizo, observaron que mostraba marcas de rasguños en el lomo y los flancos, que correspondía a las uñas de Marisol. Dentro de la mujer había rastros biológicos, evidencia parecía indicar algo que desbordaba la comprensión de todos, indicios de algo tan aberrante que la comunidad profundamente católica no estaría dispuesta a aceptar ni comprender.

El doctor Morales había atendido partos difíciles, accidentes con maquinaria agrícola, incluso un caso de violación años atrás, pero lo que tenía delante de él era algo bizarro. Mientras tanto, los burros permanecían inquietos en su comportamiento, relinchando nerviosamente cada vez que alguien se acercaba al cuerpo de la mujer. El doctor Morales escribió en el certificado de defunción que Marisol había muerto de hemorragia interna causada por una caída. Los burros fueron sacrificados esa misma noche y sus cuerpos enterrados en una fosa común lejos del cementerio.

Bernardo Solís llegó al pueblo dos días después. El telegrama de lo sucedido lo había alcanzado en la ciudad de Tehuacán, al sureste de Puebla, donde negociaba la venta de artesanías. Cuando le explicaron las circunstancias de la muerte de su esposa, el hombre se desplomó. No de tristeza, sino de vergüenza. La vergüenza de saber que todo el pueblo, toda la región conocería pronto la depravación que había ocurrido bajo su propio techo. Marisol Solís, su esposa, madre de sus tres hijos, había muerto. Ella tenía 34 años de edad.
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El alcalde, presionado por la comunidad y por la iglesia, decidió que el caso debía manejarse con discreción. No podían permitir que esta historia llegara a los periódicos de la capital. Pero pronto, la noticia se dio a conocer y se extendió por todo San Miguel Canoa como un incendio en temporada de sequía. Las mujeres se persignaban y susurraban oraciones mientras los hombres se reunían en las cantinas para hablar de semejante situación. Hasta el punto en que secretos comenzaron a salir a la luz, como el hecho de que Marisol había sido vista a horas inadecuadas entrando al establo, siempre cuando Bernardo estaba fuera por negocios, o que había ido a ver a Doña Refugio, la partera del Pueblo, unos meses antes del suceso por una infección vaginal, preguntando por remedios, pero sin querer dar explicación de la causa del malestar. La verdad, como una herida abierta, había comenzado a sangrar y los comentarios sobre el caso se escuchaban en todas partes.
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Tres semanas después del entierro de Marisol Solís, llegó al pueblo una mujer que nadie conocía ni había visto antes. Su nombre era Eulalia Cortés y se presentó como prima lejana de Marisol, venida desde la ciudad de Oaxaca para presentar sus respetos. Ella traía consigo una caja de repleta de cartas, correspondencia que Marisol le había enviado durante los últimos dos años. Dichas cartas revelaban el estado de una mente fracturada, un alma destruida por años de abuso y soledad. El padre Juventino la conoció y accedió a reunirse con Eulalia en la rectoría. Lo que ella le mostró al hombre religioso le hizo cuestionar su fe y su comprensión de la naturaleza humana. Las cartas no eran simplemente las confesiones de una mujer perturbada, eran el testimonio de un descenso gradual hacia la locura, una crónica meticulosa de como el aislamiento y la desesperación pueden corroer el alma hasta dejarla irreconocible.
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La primera carta estaba fechada de abril de 1959, y en ella Marisol describía su matrimonio con Bernardo Solís, un comerciante exitoso que tenía quince años mayor que ella, pero que era frío y distante, que la trataba como un objeto de su propiedad. Bernardo pasaba semanas enteras fuera del pueblo, dejándola sola en esa casa alejada del centro, con tres niños pequeños y una suegra que la culpaba de todo lo que salía mal en el hogar. Cada carta posterior se iba volviendo más sombría. Marisol hablaba de los golpes, de las noches en que Bernardo llegaba borracho y la obligaba a cumplir con sus deberes conyugales, sin importar si ella estaba enferma o exhausta. Describía que, después del nacimiento de su tercer hijo, Bernardo dejó de tocarla por completo, como si hubiera perdido total interés en ella como mujer. Pero aun así, la trataba como si nada más fuera una sirvienta en su propia casa.
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Fue en las cartas de mediados del año 1960 cuando apareció la primera mención a los burros. Mencionaba que los fuertes animales de carga parecían ser los únicos que la escuchaban, comprendían y no la juzgaban. Podía pasar horas nocturnas con ellos en el establo sin represión. Así continuaron las cartas haciendo más mención a los burros y mostrando un sentimiento cada vez más carnal.

Las tres últimas cartas fueron reveladoras; en la primera, Marisol manifestaba que en dos noches acabaría con ese deseo que le hacía tener esos animales de gran falo y que comenzaría a estar con Cenizo, uno de los burros de pelaje gris. Que estaba cansada de esperar a Bernardo y ser tratada como migajas. La segunda, que tenía tres semanas de diferencia, Marisol se mostraba eufórica contando su experiencia con dos de los burros en un momento de intimidad en la madrugada de días anteriores. Decía que el placer estaba ligado con un dolor intenso en su interior pero que era soportable y placentero. La tercera carta, que tenía una fecha cercana a su muerte, fue catalogada como la más vulgar y bestial de todas, en donde mencionaba que había alcanzado su clímax, que ya no le importaba su esposo o su suegra, solo sus hijos, pero que su felicidad estaba al lado de los animales de carga, los burros, a los que en menos de una semana le entregaría su cuerpo a los cuatro. La mujer había desafiado las leyes de la naturaleza y la naturaleza había pasado factura.
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"Me siento como un animal enjaulado... Ni siquiera los animales del establo están tan solos como yo. Estoy sola y he sufrido. Soy una mujer y necesito ser amada."
Marisol Solís
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