domingo, 8 de febrero de 2026

La muerte de Lacey Ellen Fletcher

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Hay historias que nos obligan a detenernos y preguntarnos cómo es posible que, en un mundo tan conectado, alguien pueda llegar a ser completamente invisible. El caso de Lacey Ellen Fletcher es un recordatorio desgarrador de lo que sucede cuando la oscuridad se instala en el lugar donde más seguros deberíamos estar: nuestro hogar. Aquí, te contaré uno de los casos que, cuando la noticia salió a la luz, no solo conmocionó a los vecinos de un pequeño pueblo en Luisiana, sino que sacudió los cimientos de toda una nación, debido al nivel de negligencia al que fue sometida una persona. Lo que las autoridades encontraron al entrar en aquella casa superaba cualquier guion de terror.

Lacey Ellen Fletcher nació el 25 de noviembre de 1985 en la ciudad de Baton Rouge, en Luisiana, Estados Unidos. Lacey, hija única de la pareja Sheila y Clay Fletcher, se crio en una familia aparentemente normal. Sus primeros años estuvieron llenos de las mismas alegrías y desafíos que muchos niños experimentan y era conocida por ser una niña brillante y creativa. Sin embargo, al entrar en la adolescencia, comenzaron a surgir indicios de problemas de salud mental.

La dinámica familiar y las presiones de la adolescencia contribuyeron a sus dificultades, llevándola a aislarse de las interacciones sociales. Pronto, además de las dificultades en la interacción social, sumado a la comunicación, comportamientos repetitivos e intereses restringidos, se manifestó el autismo o trastorno del espectro autista (TEA) en la vida de Lacey, donde poco después comenzó a sufrir acoso escolar en la escuela secundaria. Sus padres tomaron la decisión de retirarla de la escuela para que estudiara en casa. 

A partir de los 24 años de edad, Lacey fue diagnosticada con Síndrome de Enclaustramiento, una enfermedad neurológica rara que paraliza por completo a la persona, excepto por los músculos que controlan los movimientos oculares. Si bien su mente estaba intacta, su cuerpo no le permitía llevar una vida independiente. El deterioro de su salud cognitiva empeoró rápidamente y le impidió salir de casa. Lacey Ellen quedó confinada en el sofá de cuero en la sala de la familia. Sheila y Clay no querían ser cuidadores de su hija, cuando se convirtieron en padres. Su estilo de vida era salir y divertirse, vivir de sus aventuras como pareja. 

Ellos colocaban toallas junto a Ellen para que les fuera más fácil limpiar sus heces y orina estando en el sofá. Solían pasar algunos días y el resto de la casa se mantenía limpia, excepto el sofá, donde Lacey no podía moverse sola. Con el pasar del tiempo, la ropa ya no le quedaba bien, simplemente colgaba de su cuerpo ya que no se alimentaba como debía ser.

Cierto día del mes de noviembre de 2021, Clay y Sheila idearon hacer un viaje juntos sin la presencia de su hija. Dichas vacaciones pautadas para mediados de diciembre tendrían una duración de varios días, quizás unas dos semanas. Ellos no querían ya cuidar a Lacey Ellen, así que se fueron y la dejaron morir de hambre. Los músculos de Lacey se atrofiaron y las alimañas comenzaron a devorar sus extremidades debajo del sofá, dejando excrementos de ratón y gusanos que proliferaban en el espacio. 

Antes de morir, había estado intentando levantarse del sofá para evitar el dolor, pero no logró hacerlo debido a la desnutrición severa y la atrofia de los músculos de sus piernas. Su cuerpo se fundió con los cojines de cuero del sofá, cubierta de orina y heces, además de gusanos que vivían en su cabello y su interior y úlceras que exponían sus huesos. Sufrió inanición e infecciones óseas, lo que finalmente le provocó una sepsis que le causó la muerte. 

El lunes 3 de enero de 2022, Sheila llamó al 911 y declaró haber encontrado a Lacey muerta en su sofá. El operador del 911 guio a los Fletcher mientras presuntamente le practicaban RCP. Los servicios de emergencia y el forense llegaron a la casa y encontraron el cuerpo de Lacey, muerto, parcialmente vestido y desnutrido, teniendo un peso de de 43 kilogramos, fundido en el sofá de cuero de la familia, con claros signos de abandono. Se determinó que Lacey llevaba muerta uno o dos días antes de que Sheila finalmente decidiera llamar al 911.

Sheila y Clay mintieron a la policía, diciendo que Lacey había decidido vivir en esas condiciones durante 12 años. La autopsia la realizó el forense Ewell Bickham, quien dictaminó que la muerte fue un homicidio por negligencia. Su cuerpo tenía heces y restos de cojines de sofá tanto bajo las uñas como en el contenido de su estómago, lo que demuestra que intentó salvarse comiendo lo que le rodeaba antes de morir en el sofá. Los investigadores declararon que no pudieron dormir ni comer después de investigar el asesinato debido a la angustia mental que les causó la naturaleza espantosa del caso. 

Para el mes de mayo de 2022, Sheila y Clay Fletcher fueron arrestados y acusados ​​del asesinato en segundo grado de Lacey. Posteriormente, fueron puestos en libertad bajo fianza. Un juez desestimó los cargos, pero Sheila y Clay fueron acusados ​​nuevamente de asesinato por un gran jurado en junio de 2023. Cabe destacar que el mencionado forense de Lacey, facilitó una galería de fotos clínicas gráficas de la autopsia de Lacey para que fueran mostradas al público del tribunal, lo que provocó muecas de disgusto en algunos rostros de la sala, pero era necesario para establecer la gravedad del asunto y la sentencia. En esa oportunidad, se descubrió que los Fletcher habían descuidado a Lacey al menos durante 12 años, justamente algunos meses después que fue diagnosticada con síndrome de enclaustramiento. También se supo que Lacey había desarrollado fobias y ansiedades que la llevaron a rechazar cualquier tipo de interacción social, y que no había atendida por un médico desde su diagnóstico, y antes de ello, no había sido llevada al médico desde el año 2002, cuando tenía solo 17 años.

El 6 de febrero de 2024, Sheila y Clay se declararon no culpables a cambio de que el cargo se redujera a homicidio involuntario, es decir, una condena menor. De ser declarados culpables de asesinato en segundo grado, habrían enfrentado una pena obligatoria de cadena perpetua sin posibilidad de libertad condicional. La fiscalía declaró su intención de solicitar la pena máxima por homicidio involuntario, 40 años de prisión, en un intento de lograr una cadena perpetua de facto para Sheila y Clay. El 20 de marzo de 2024, la Justicia comprobó que Sheila y Clay mantuvieron a Lacey en condiciones deplorables durante años y fueron sentenciados a la máxima sentencia posible, por el Tribunal del Distrito 20 de la ciudad de Clinton, Estados Unidos, a 40 años de prisión por homicidio involuntario, aunque 20 de esos años fueron suspendidos, con una condena condicional supervisada consecutiva de 20 años. Una condena que no fue suficiente para ellos por su negligencia y crueldad.

Durante el juicio, el fiscal Sam D’Aquilla expresó su indignación, ya que quedó comprobado que la pareja abandonó a Lacey en varias ocasiones para irse de vacaciones, lo que implicó dejarla sin comida ni atención por varios días. "Ni a un animal se le trata de ese modo. Esto es simplemente, una crueldad que desafía toda explicación", dijo el funcionario.

Uno de los aspectos más desgarradores de la historia de Lacey es el abandono que sufrió en sus últimos años. Sus problemas de salud mental, agravados por la falta de apoyo, la llevaron a aislarse del mundo. Este abandono no solo fue emocional, sino también físico, lo que finalmente condujo a su trágico fallecimiento. 

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