domingo, 5 de abril de 2026

El caso del naufragio del submarino K-141 Kursk y el Szalinc

El sábado 12 de agosto de 2000, en el mar de Barents, tuvo lugar el naufragio del submarino insumergible K-141 Kursk. Fue durante el primer ejercicio naval importante de Rusia en más de diez años. Los barcos cercanos registraron una explosión inicial y, dos minutos y quince segundos más tarde, una segunda explosión que fue mucho mayor, de magnitud suficiente como para quedar registrada en sismógrafos tan lejanos como en Alaska. La marina rusa no se dio cuenta de que el submarino se había hundido, por lo que no suspendió el ejercicio, demorando unas seis horas en iniciar la búsqueda porque la boya de emergencia había sido inutilizada, por lo que se tardó 16 horas en localizar el submarino.

Durante cuatro días, la marina rusa utilizó dispositivos sumergibles para intentar acoplarse a la escotilla de emergencia sin éxito. Al quinto día, el entonces presidente Vladímir Putin autorizó a la marina para aceptar ofertas de asistencia británica y noruega. Siete días después del hundimiento, los buzos noruegos abrieron finalmente la escotilla en el noveno compartimento del submarino, esperando localizar supervivientes, pero lo encontraron inundado. Las 118 tripulantes a bordo: 111 miembros de tripulación, 5 oficiales de la 7.ª División de Submarinos de Misiles y 2 ingenieros de diseño, fallecieron.

Una vez analizados la mayor parte de los restos del naufragio, se realizó una investigación que concluyó que la tripulación del Kursk se preparaba para cargar un torpedo Tipo 65 cuando una soldadura defectuosa en la carcasa del proyectil causó una fuga de peróxido de hidrógeno, lo que provocó que el combustible de queroseno explotara. La explosión inicial destruyó la sala de torpedos matando a todos allí, se incendió, dañando severamente la sala de control, incapacitando o matando a su vez la segunda sección con la tripulación de la sala de control e hizo que el submarino se hundiera. El intenso fuego resultante de esta explosión desencadenó a su vez la detonación de entre cinco y siete ojivas de torpedo después de que el submarino tocara fondo. Esta segunda explosión, de una potencia equivalente a entre 2 y 3 toneladas de TNT, la onda explosiva y expansiva comprimió y destrozó los primeros tres compartimentos y todas las cubiertas, hizo un gran agujero en el casco, destruyó los compartimentos cuatro y cinco, y mató a todos los que aún vivían que estaban adelante del reactor nuclear en el quinto compartimento. 

Luego de las operaciones de rescate, los analistas concluyeron que 23 marineros ubicados entre los compartimentos seis y nueve sobrevivieron a las dos explosiones, se refugiaron en el noveno compartimento y sobrevivieron más de seis horas. Cuando el oxígeno se agotó, los miembros de la tripulación intentaron reemplazar un cartucho de oxígeno químico de superóxido de potasio volátil. Cuando se puso en contacto con el agua de mar mezclada con aceite que se había filtrado en el compartimiento, provocó una explosión y un incendio que consumió el oxígeno restante. La investigación concluyó que la marina rusa no estaba preparada para afrontar el desastre.

El proceso de acoplamiento de escotilla inicial fue criticado posteriormente por haber sido lento e inepto. El gobierno manipuló al principio la información acerca de la hora de los hechos, llegando a declarar que se había establecido comunicación con la nave y que la operación de rescate estaba en marcha, y rechazó ayuda de gobiernos extranjeros.

¿Qué hundió realmente al gigante de acero? K-141 Kursk había desapareció en las gélidas aguas del Mar de Barents. A simple vista, la explicación parece lógica, aunque dolorosa. Se habla de falta de preparación estratégica, de equipos que no habían recibido mantenimiento en años y de una cadena de mando que tardó demasiado en reaccionar. En el papel, el Kursk pudo haber sido víctima de la propia arrogancia humana: una pieza oxidada, una prueba mal ejecutada y un rescate que llegó cuando el oxígeno ya se había agotado.

Sin embargo, cuando bajas a más de cien metros de profundidad, la lógica de la superficie empieza a desdibujarse. El Mar de Barents no es solo un tablero de ajedrez militar; es un abismo oscuro donde el hombre es siempre un extraño. Aunque los informes oficiales señalan la explosión de un torpedo defectuoso, hay detalles que no terminan de encajar para quienes conocen los secretos del océano. ¿Fue realmente un fallo técnico lo que causó aquel estruendo que sacudió los sismógrafos de medio mundo? ¿O acaso el Kursk, en su ruidosa maniobra militar, se topó con algo que habita en las profundidades desde antes de que existieran los mapas?

Existen leyendas antiguas sobre criaturas que no necesitan pulmones ni acero para dominar el frío, seres que consideran nuestra tecnología como una intrusión intolerable. Quizás, mientras los ingenieros buscan culpables en los planos de construcción, la verdad esté escondida en ese rincón del mar donde la luz no llega y donde algo, oculto entre las corrientes, decidió que el gigante de acero no debía volver a subir.

Muchos de los analistas, y hasta los familiares de varios de los tripulantes opinan que, lo que acabo con el insumergible K-141 Kursk, no fue otra cosa que Szalinc (o Szolińc es eslavo), una deidad marina de la mitología casubia, de la tradición eslava occidental del norte de Polonia, rica en criaturas demoníacas y espíritus ligados a la naturaleza, el mar Báltico y la navegación. Es descrito como un hombre grande y fuerte sin cabeza, con algas en lugar de cabello y aletas en lugar de extremidades, de carácter colérico que vive en cuevas de hielo en el norte, Läänemeri (profundidades del Mar Báltico), en tierra de vikingos. Es representado como uno de los seres más peligrosos de las profundidades de los abismos marinos por causar tormentas peligrosas, hundir barcos y poner trampa a los pescadores inconscientes. Se cuenta que es iracundo y furioso por ser despertado por los humanos que se encuentran en el mar.