domingo, 14 de diciembre de 2025

La higiene de la Edad Media y el infame desastre de las Letrinas de Erfurt

La Edad Media era sucia, pero a medias. Hay registros que indican que los baños con agua eran poco frecuentes, que el hedor era terrible en algunas zonas y la gente solía tener mugre en la piel. Era un escenario gris, húmedo y lleno de enfermedades. Había suciedad, si, pero la historia es más compleja y polémica, ya que es un tema lleno de contradicciones, creencias curiosas y costumbres que hoy en día nos parecería fuera de lugar, pero en esa época, tenían su lógica. 

Antes de adentrarnos en el tema, hablemos de higiene de la época... En los primeros siglos medievales, bañarse era común. Había baños públicos en muchas ciudades europeas, pero con el tiempo, la Iglesia empezó a ver estos espacios como lugares de "tentación", y su popularidad bajó. También existía la idea de que el agua caliente abría los poros y dejaba entrar enfermedades, así que muchos preferían evitarla. El resultado fue una mezcla rara: algunos se bañaban cuando podían, otros lo hacían muy poco, y otros solo se lavaban por partes. Algo curioso es que, aunque no se bañaran con frecuencia, sí cambiaban la ropa interior más seguido de lo que pensamos. Para ellos, ponerse ropa limpia equivalía a "mantenerse limpios". Para su lógica, si la ropa absorbía el sudor y la suciedad, cambiarla era una forma de higiene. No era perfecto, pero era lo que tenían.

En el caso del hedor, hay que mencionar que la Edad Media olía fuerte. Imaginemos por un instante como era el medio: calles llenas de basura, animales domésticos y no domésticos dentro de hogares o muy cerca de las casas, los sistemas de alcantarillado estaban a la vista y los perfumes se usaban para disimular olores, más no para "oler bien". Así pues, la vida cotidiana estaba rodeada de aromas intensos, y la gente estaba acostumbrada ya a ellos. Lo que hoy nos parecería insoportable, para ellos era parte de lo habitual. 

Uno de los puntos más interesantes es que la higiene no era solo un tema práctico, sino moral. Es decir, gracias a la Iglesia, el hecho de bañarse seguido era visto como vanidad, los baños públicos luego fueron asociados con comportamientos poco apropiados y la suciedad, en algunos casos, se interpretaba como humildad o devoción. Esto creó un choque entre lo que era saludable y lo que se consideraba correcto. Y esa tensión marcó muchas decisiones de la época. En el caso del cuidado dental, era particularmente especial. Los intentos de limpieza era el uso de paños para limpiar los dientes al frotarlos, tambien se solía masticar hierbas aromáticas o el uso de recetas caseras para el blanqueo de los dientes, aunque algunas de ellas eran abrasivas.

Dentro de la misma Edad Media, había enormes diferencias entre regiones, clases sociales y creencias. La polémica surge porque solemos mirar el pasado con ojos modernos. Pero para entender la higiene medieval, hay que verla desde su propio contexto. La Edad Media fue un periodo lleno de cambios, miedos, creencias y costumbres que hoy nos parecen raras, pero que en su momento tenían sentido. Hablar de higiene medieval es hablar de cultura, de religión, de ciencia y de supervivencia. Y aunque nos cause curiosidad, o incluso un poco de asco, también nos recuerda algo importante: la forma en que entendemos la limpieza es cultural, no natural.

Ahora bien, con ese conocimiento y perspectiva de la época que nos sirve de introducción, nos adentramos de lleno en la publicación. Como bien se dijo, la Edad Media fue sucia, a medias, pero lo que ocurrió en Erfurt, ciudad de Alemania, en julio del año 1184, supera cualquier ficción y todo límite de suciedad. El rey Enrique VI (hijo de Federico I Barbarroja y Beatriz, Condesa de Borgoña), emperador del Sacro Imperio Romano Germánico (nacido en la ciudad de Nimega, en Paises Bajos, en noviembre de 1165- fallecido en la ciudad de Mesina, en Silicia, el 28 de septiembre de 1197), rey de Alemania desde 1190 hasta 1197 y emperador de 1191 a 1197, además de rey de Sicilia de 1194 a 1197 por su matrimonio con Constanza I de Sicilia, convocó una reunión (Hoftag) para resolver disputas territoriales y traer la paz en la Iglesia de San Pedro (Peterskirche). A la asamblea asistieron nobles, condes y príncipes, para establecer lazos y acuerdos de armonía, tanto para los poblados como para el propio país. El lugar de encuentro sería en la corte real, en el segundo piso del monasterio.

Habían tantas personas presentes que el suelo de madera del segundo piso no aguantó el peso y cedió. Después que las vigas crujieron, el suelo colapso y los presentes cayeron, rompiendo incluso el suelo del primer piso. Los sesenta hombres fueron a caer, pero no en el sótano de la Iglesia, sino dentro del pozo negro, la enorme fosa séptica del monasterio, que estaba justo debajo de todo. Los poderosos sesenta hombres, representantes del Sacro Imperio Romano Germánico murieron ese día. 

Algunos por heridas graves por la caída de vigas y piedras, pero la mayoría por ahogamiento en excremento líquido. Solo hubieron tres sobrevivientes, entre los que se encontraba el propio rey, que sobrevivió solo porque estaba sentado en el alféizar de una ventana de piedra. Además del arzobispo Conrado de Maguncia, y el landgrave (conde de una tierra) Luis de Turingia.

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